Los más de veinte años de edad que separaban a Federico García Lorca y Manuel de Falla no fueron impedimento para una amistad que cimentó la música pero que, sobre todo, se basó en la ilusión que cada uno despertó en el otro, hasta el punto de que podría decirse que su relación fue infantil en el más candoroso, noble y mágico sentido de la palabra.
Visto desde la distancia histórica, parece inevitable que sucediera así. Tanto el gaditano como el granadino tenían la convicción sentimental de que sus creaciones provenían de una doble rama: la que les otorgaba su formación canónica literaria y musical, y aquella otra que les había nutrido como primera y poética leche, las canciones y los cuentos oídos a sus nodrizas: “Los niños ricos saben de Gerineldo, de Don Bernardo, de Tamar, de los Amantes de Teruel, gracias a estas admirables criadas y nodrizas que bajan de los montes o vienen a lo largo de nuestros ríos para darnos la primera lección de Historia de España y poner en nuestra carne el sello áspero de la divisa ibérica: solo estás y solo vivirás”, comentaba sobre ellas Lorca en su conferencia sobre las nanas infantiles.

Por eso, cuando Lorca y Falla se encontraron en Granada y el joven Federico le propuso a Don Manuel componer la música para un retablillo de títeres que le rondaba en la imaginación, la respuesta del músico no fue sólo afirmativa, sino también ilusionada, entusiasta y feliz. Junto a Hermenegildo Lanz –quien se encargó de diseñar y construir los cristobicas– prepararon una representación del viejo cuento tradicional de La niña que riega la albahaca, dramatizado por Lorca, celebrándola la tarde de reyes de 1923 como regalo a la pequeña Isabel García Lorca y sus amigas.
La obrita –cuento y drama- se articula en sucesivos diálogos entre una niña que cada día sale al balcón a regar su matita de albahaca y un “príncipe preguntón”, que intenta seducirla a base de preguntas “inteligentes” y acaba siendo seducido por las respuestas y el ingenio de la niña: “- Niña que riega la albahaca, ¿cuántas hojitas tiene la mata? / – Príncipe zaragatero, ¿cuántos peces tiene el mar y estrellitas tiene el cielo?”. Para trazar el perfil delicado y seductor de la niña Irene, Lorca puso en su boca canciones populares que años más tarde armonizaría al piano y grabaría junto con La Argentinita: “Con el vito, vito, vito / con el vito, vito, va, / yo no quiero que me miren / que me pongo colorá” o “Tengo los ojos azules / y el corazoncito igual / que la cresta de la lumbre”… Para dibujar al príncipe seducido, le hizo decir algunos de sus versos más evocadores sobre la melancolía: ¡Ay, amor, que vengo muy mal herido, / herido de amor, herido, / herido, muerto de amor”.
El esmero musical y poético que Lorca y Falla pusieron en esta representación infantil trasciende lo anecdótico: nos habla del momento artístico y cultural deslumbrante que se vivía en la España de las primeras décadas del siglo XX, de la sensible comprensión de la belleza de la cultura popular por parte de la cultura “de élite”, de la necesaria –y perdida- aniquilación de fronteras entre niños y adultos cuando de saborear el arte se trata, de –en fin- la posibilidad arrebatada de apasionarnos con la belleza de lo insignificante.


Gracias a Mariángeles Robles, es un lujo publicar así. Que nadie se pierda este Vito vito, a Lorca y Falla les hubiera encantado