Ceibo. Foto de J.B.
«Todo era verdad bajo los árboles,
todo era verdad. Yo comprendía
todas las cosas como se comprende
un fruto con la boca, una luz con los ojos».
Antonio Gamoneda
Era primeros de noviembre, pero el calor aún rezongaba perezoso sin ganas de marcharse. Tuvimos que desprendernos de nuestros jerséis cuando nos bajamos del coche en el parking del cuartel. La mañana había despuntado luminosa y clara, sin visos ni colores otoñales; ni una nube en el cielo, ni una pizca de viento, ni un asomo de bruma. La playa estaba cerca y percibíamos un fuerte olor a salitre que flotaba en el aire y lo envolvía todo. El sol brillaba rotundo encima de nosotros y nos deslumbraba la vista. Casi podíamos sentir la arena dorada y cálida bajo nuestros pies. Mientras caminábamos todo parecía en calma, como si aún fuera verano. Una especie de libertad sobrecogedora nos acompañaba.
El mar siempre me produjo esa sensación de libertad, ese desdoblamiento de la mirada que va mucho más allá del horizonte, que busca y siempre encuentra un lugar al otro lado del agua, imaginado quizá, pero tan real que la piel y los sentidos lo presienten. Vivir cerca del mar siempre me hizo mirar a lo lejos, siempre he necesitado encontrar su franja azul al final de la carretera. Me consuela que esté ahí, como esperándome, al bajar por la autovía, al doblar una rotonda. Constantemente, la lámina serena y plana donde acaba el límite preciso de la tierra, inmóvil desde lejos, en constante movimiento a medida que me acerco, viva, fulgurante, como si no existiera el invierno, ni el dolor, ni la tristeza.
Sin embargo, aquella sensación se desvaneció nada más ver a nuestro hijo desaparecer detrás de los muros del acuartelamiento. Aquella libertad se había quedado fuera, muy cerca, allí mismo, a unos metros del arco de la entrada, y casi podías tocarla, pero, al mismo tiempo la sentíamos lejana y ajena a nosotros, como si nos hubiera abandonado de repente, y ya no fuéramos libres, ni felices, ni afortunados. I. comenzaba su carrera militar en un centro de formación del Ejército de Tierra, contra todo pronóstico, contra cualquier rocambolesco juego del azar. Para nosotros, sus padres, suponía una ruptura demasiado abrupta con su vida anterior: estudios brillantes, una carrera deportiva, su afición a la montaña… Todo lo que hacía de él la gran persona que era, lo que nos hacía sentirnos orgullosos y, también, lo que nos hacía sentir seguros. Padres y madres, a veces, tenemos muy clara la teoría de las cosas, pero la práctica se nos presenta como un hueso duro de roer cuando llega el momento. Esté revés, no sólo en su carrera, sino en su vida, fue inopinadamente duro, como un manotazo en la cara. De la noche al día, desaparecía de nuestra vida cotidiana para entrar a formar parte de otra vida, tan ajena a nosotros, a nuestros ideales, como ansiada y amada por él, cultivada con ilusión –y en su silencio interior– desde hacía años. En pleno conflicto gazatí, con la guerra de Ucrania aún palpitando en las noticias, con Trump y sus desvaríos en Venezuela y Groenlandia… El mundo se nos echó encima como una losa y aquel día, las lágrimas brotaban de nuestros ojos con tristeza y con impotencia, sin poder controlarlas ni siquiera en su presencia, anticipándonos aturdidos y torpes, a un duelo que aún no había tenido lugar.
No obstante, una vez que hubo traspasado la garita del control de acceso de los nuevos alumnos y se nos perdió de vista, antes de darnos la vuelta y marchar de regreso a casa, miré hacia el árbol bajo el que nos habíamos despedido fundiéndonos en un abrazo. Fue un gesto puramente instintivo, algo en mi interior me hizo alzar los ojos, un gesto involuntario que aún hoy no puedo explicar. Siempre he pensado que la belleza, como concepto, no existe. No hay nada bello per se. Lo que a unos nos parece bello no tiene porqué parecerle bello a otras personas. Es, por encontrar un término sencillo, un concepto muy relativo y muy ligado a la sensibilidad personal. No sé qué pensarán de esto los artistas, pero a mí me parece muchísimo más bella la Pietá Rondanini de Miguel Ángel, que contemplé al natural, sin cristal de por medio, en el Castello Sforzesco de Milán, hace quince años, que la que se expone en el Vaticano, más pulida, más acabada, más mediática y perfecta.
Pero, ¿qué tiene que ver esto con el contexto del que estoy hablando? –pensarán los lectores–. Lo aclaro en seguida. Cuando miré hacia arriba, pude ver un árbol del cual había leído en alguna guía sobre naturaleza, pero que nunca había visto en vivo, pues se supone que es una especie nativa de América del Sur y, de hecho, es la flor nacional de Argentina (crece en la ribera del Paraná y el río de la Plata). Un ceibo. Un ceibo en plena floración. ¡¿Qué hacía allí ese árbol, en un pequeño terreno, rodeado de palmitos y yucas?! Por un momento, pensé que era una alucinación.
Al ver aquel milagro, con una cascada de flores de un rojo intenso derramándose sobre mi cabeza, mi pulso cambió, mi corazón se apaciguó y esbocé una sonrisa de agradecimiento mirando aquellas flores, absolutamente absorta y ensimismada, de una intensidad imposible de describir, como me tendían sus corolas abiertas.
Rocé mis dedos por una de sus flores y sentí un estremecimiento. Realmente, no acababa de creerme aquel encuentro inesperado en un lugar tan alejado de cualquier interpretación de la belleza como un cuartel, con cañones y municiones como adornos en la puerta; un lugar que representaba para mí la brutalidad de la guerra, de la barbarie, de lo inhumano. Aquel ceibo y su belleza, habían logrado cambiar mi ánimo triste por un sentimiento de gratitud a lo único que adoro, alabo y venero, a lo único en lo que creo, mi madre Naturaleza. Unas personas interpretan señales divinas en hechos o gestos en momentos cruciales que simplemente provienen del azar o la casualidad –este, sin duda, también lo era; aquel ceibo no estaba allí para consolarme–, y otras, como yo, vemos esas señales en algo más tangible, como un río, un árbol, una flor o una montaña. El árbol estaba allí, y era verdad, podía tocarlo. Recordé el poema de Gamoneda y pensé en que yo también era parte de esa verdad y que estaba allí porque, en ese momento, no podía estar en otro lugar.
Aquel ceibo transformó mi día y fue una forma de reconducir de manera serena la vuelta a casa. Cuando llegué, volví a leer la preciosa leyenda que envuelve a este árbol tan peculiar. Os la dejo aquí colgada, como su flor escarlata:
La leyenda narra el sacrificio de Anahí, una joven indígena que, tras defender sus tierras de los conquistadores españoles, fue apresada y condenada a morir en la hoguera. En lugar de gritar, cuando las llamas consumían su cuerpo, cantó invocando su selva querida. Al llegar los resplandores del alba, cuando el fuego había consumido su cuerpo, los guerreros que la habían inmolado, pudieron comprobar que sobre las cenizas que había dejado la hoguera, algo se agitaba. La luz del alba mostró que, en el lugar del tronco que había servido para atar a la joven de dulce voz, se había erguido un árbol cuya rugosa corteza formaba unos canales que parecían unas llamas danzando y en sus verdes ramas, en lugar de llamas, lucían ramilletes de flores rojas. El ceibo representa el alma indomable y altiva de una estirpe que no quiere morir, la guaraní.
Han pasado los meses y sigo yendo al cuartel a recoger a I. cuando sale de permiso. Han pasado los miedos, las inseguridades y sigo viendo en mi hijo todas las cualidades que creí que perdería al iniciar su carrera militar. Mi ceibo también sigue allí, como un tótem desnudo de hojas y flores, esperando a la primavera. No obstante, la prodigalidad de la naturaleza y sus misterios, me tenía reservada otra tierna sorpresa en la boca del cañón de la entrada. Pero esa es otra historia, que contaré otro día.


