Eclipse total

Cartas al siglo XX. 17 de abril de 1912, miércoles.

Mi madre me trajo a este mundo a dos pasos de la plaza del Cascorro con la intención de que no saliera nunca de su tela de araña. No se me da mal cumplir órdenes, aunque también aliento, en secreto, el deseo de conocer sitios exóticos. Nací en otro siglo, uno con más encanto, y el que ya me acoge, ni fu ni fa, pero creo que no ocurre lo mismo con los lugares. Existen ahí fuera paisajes por los que se puede abandonar La Latina con provecho. Soy estudiante, por ser algo, y lo voy estirando todo cuanto puedo. Sería petulante confesar ahora que no apruebo las asignaturas en ocasiones para no pasar de curso y mantener mi estatuto, porque nadie me creería, pero lo cierto es que antes que los contenidos aprecio el valor que tienen los estudios para situarle a uno frente a ocasiones que no se prodigan en el barrio. Es el caso que he vivido esta primavera. Un colega de ciencias, de los que al salir se encaminan hacia Recoletos, al que conocí una tarde de ocio por casualidad, me propuso un viaje a León para acompañar y echarle una mano a un tío suyo, que es astrónomo. Me dijo que no pagaban sueldo, pero tampoco nada tendría que gastar en el desplazamiento y la estancia. Miel sobre hojuelas.

Había oído hablar, aunque entonces era un niño, primero, y un adolescente, después, de los eclipses de inicios de este nuevo siglo. Una vaga idea tenía sobre el asunto, como para asentir si alguien contaba algo, pero sin aportar a la conversación ni un ápice de sentido. Pasar unos días lejos de Madrid, donde no hubiera tranvías alborotando por todas partes, bastaba para saciar mis teóricos deseos de paz campestre. Hacia León, que desde el Cascorro sonaba a paraíso incógnito, cogimos un tren. Partimos una mañana, temprano, desde la estación del Norte. Qué bien y cómodo se viaja en ferrocarril, aunque a veces, según sea la curva, la carbonilla que lanza la locomotora invada el compartimento. Nada de eso me distrae del viaje. Cada parada es el descubrimiento de un lugar donde pienso que podría haber nacido. Por eso me gusta mirarlo fijamente. También me encanta comer en el vagón restaurante y saber que no voy a pagar la cuenta. Ver cómo va quedando todo atrás, consumido por la velocidad a la que nos movemos, me pone de buen humor.

A media tarde, casi diez horas después, llegamos a la estación de León como quien desembarca en otro mundo. Otro olor, otro clima, otro paisanaje. Dormimos en una pensión y al día siguiente aún tuvimos que tomar otro tren, el que cruza por el puerto del Manzanal por unas pendientes de cuidado hasta llegar a nuestro primer destino, Ponferrada. Donde han de llegar también los trescientos cristales ahumados, asunto que de momento es el que más preocupa a quienes acompaño en este viaje casi como un porteador, porque poco entiendo de lo que hablan. Sin los cristales, no habrá observadores posibles durante el eclipse. Reclutarlos entre los maestros, oficiales, guardias y personas que supieran escribir de los pueblos será la tarea siguiente. Mi amigo, entre tanto, me ha ido ilustrando poco a poco sobre esta historia y qué pintamos nosotros. Ante la previsión de un eclipse en 1912, su tío, director de un observatorio astronómico, pidió al gobierno, como era preceptivo, mil pesetas para comprar anteojos, cámaras, cronómetros, prismas, un telescopio, un celostato y un espectrógrafo. Le dijeron que no había fondos y que la expectativa era que el eclipse sería solo humo, nada que valiera la pena consignar. Y sin aparatos no se puede establecer con exactitud el tipo de fenómeno astronómico que ocurre, su línea de centralidad y la anchura de su franja. Aspectos todos ellos que en los cálculos previos tampoco se había logrado determinar. «Entonces a mi tío se le ocurrió una genialidad, y además sin gastar ni un duro, o mejor, solo un duro para los cristales», me dijo mi amigo. Y añadió: «Escucha».

Foto de José Ángel Cilleruelo.

Lo resumo en los términos que entiendo, porque hay otros, más técnicos que se me escapan. Para el día del eclipse su tío había dispuesto, en ausencia de aparatos específicos, tres líneas de diez kilómetros y cien observadores en cada una, uno cada cien metros. Una línea en Galicia, otra en León, en la que nos integraríamos mi amigo y yo, y la tercera en Asturias. Ese era el recorrido por España previsto para el eclipse. Las tres filas de observadores, perpendiculares a la más o menos prevista línea de centralidad, conseguirían establecerla con exactitud gracias a las observaciones de cada participante, así como también la dimensión de la franja de totalidad. E incluso determinar qué tipo de eclipse iba a ser, si parcial, si total o anular. Que tampoco se había determinado con precisión. Los políticos afirmaban que sería parcial y los astrónomos suspiraban por su totalidad.

El miércoles 17 de abril amaneció nublado, quizá solo para aumentar el pesimismo propio de las empresas innovadoras. Desde bastante antes de salir el sol abandonamos Cacabelos, donde nos habíamos instalado, en carros y calesas. La plaza, de madrugada, parecía un mercado persa. Cien hombres, más los curiosos, abultan lo suyo. Se repartieron los cien cristales ahumados, junto a una nota con explicaciones, gráficos e instrucciones. Papel para las anotaciones y lápiz. A las ocho de la mañana ya estaba cada cual en su lugar. A veces era una loma, otras un camino o una viña y a algunos les tocó aguardar el eclipse en mitad de un corral. Por poco me libré de esta opción, la peor de todas, que le cayó a quien tenía el número posterior. A mí, me tocó junto a un aprisco, pero fuera del vallado. Dentro había un perro que me estuvo oliendo un rato, curioso, al otro lado de la cerca. Se iba y volvía para ver si ya me había ido, pero en ningún momento me ladró. Era un perro juicioso que enseguida comprendió que conmigo las ovejas no corrían ningún peligro. Durante la larga espera me pareció que se acostumbraba a mi presencia sin problemas.

Pasadas las once de la mañana, de repente, entramos en tensión. Algo empezaba a ocurrir en el cielo, que ya se había despejado de las nubes que lo ocultaban. Coloqué el cristal ahumando frente a los ojos y percibí una uña que arañaba la superficie solar. El eclipse había empezado. Me olvidé del mundo. Y el mundo se olvidó de nosotros. El sol oscurecido que veía por el cristal lentamente fue extendiéndose por los campos de alrededor, como si el mediodía se confundiera con la medianoche, aunque de un modo diferente. No es que anocheciera, es que los colores, cómo lo diré, se desvanecían ante los ojos. Perdían los colores su color. Un silencio, que parecía emerger de las piedras, clausuró la realidad. Una quietud que no solo era una expectativa, sino casi una petrificación. La uña se convirtió en dedo y durante un instante ocupó al completo la esfera solar. Fue un momento mágico, sí, pero también tenso por el trabajo a realizar. Quise contar los segundos que duraba, pero no conseguí llegar al primero. Cuando lo nombré, «Uno», ya había asomado la uña de luz por el otro costado. En ese momento el perro del redil se acercó a mí. Y por primera vez me ladró, pero no eran ladridos para asustarme, al contrario, me parecieron ladridos muy humanos, como si me estuviera preguntando si yo sabía qué pasaba. Y le hablé con claridad: «Es un eclipse —le dije—, no te apures, no les pasará nada malo a tus ovejas». Y el perro, como si me hubiera comprendido, se dio media vuelta y se fue muy despacio, sin correr, meneando con la cabeza como si meditara: «¿Un eclipse? ¿Qué demonios será un eclipse?».

Autor

  • José Ángel Cilleruelo

    José Ángel Cilleruelo (Barcelona, 1960) es escritor y crítico literario. Su obra poética ha sido antologada en 'La mirada' (2017). Es autor de varias novelas —entre las que destacan 'El visir de Abisinia' (2001) y 'Al oeste de Varsovia' (2009)—, diversos volúmenes de diarios, el último 'Azada de jardín' (2023). Mantiene blogs de creación literaria ('El visir de abisinia'), de crítica literaria ('El balcón de enfrente') y de prosa memorialista ('Ventanilla de vagón').

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