Ilustración de Teresa Chacón.
«Cierro los ojos y veo a todas las personas que estaban en la sala esta tarde», confiesa Antonio desde el asiento de atrás del coche. Es lo primero que decimos desde hace un rato, desde que salimos de la prisión del Puerto III y, a nuestras espaldas, volvieron a cerrarse las numerosas puertas que atravesamos un par de horas antes, ilusionados y nerviosos, dispuestos a leer a los reclusos un relato gracias a la invitación de la Asociación de Personas Lectoras La voz a ti debida. Koki, Juanma y yo le damos la razón y comentamos algunas cosas, pocas, preferimos continuar en silencio, procesando las sensaciones que borbotean en nuestro interior. «Yo tampoco puedo dejar de pensar en esa gente», afirmo y sigo preguntándome en qué momento la fortuna se olvidó de ellos y tomaron la decisión —o no la tomaron, simplemente la vida les empujó— de hacer lo que les envió a cárcel, a verse privados de libertad, a tener que esperar años para volver a pisar la calle, para ver a sus seres queridos sin que se interponga un cristal o en un vis a vis después de esperar treinta largos días».
Quedan apenas cinco kilómetros para llegar a Cádiz y estoy deseando subir a casa para escribir lo que bulle en mi interior. No quiero que se me olvide ningún detalle: siempre he creído que las sensaciones en caliente son menos fieles a la realidad, pero más auténticas.
Cuando por fin llegamos, tomo el ascensor y aprieto varias veces el botón del séptimo piso; tarda tanto en obedecer que siento cómo la impaciencia va trepando por mis piernas. Esta tarde hasta el ascensor parece ir más lento. Tan lento como los recuerdos que pasan por delante de mis ojos montados en un tiovivo que gira y gira devolviéndome sensaciones que nunca antes había experimentado.
Un tiovivo sobre en el que van montados Rocío y su novio, la pareja que se sentó en la primera fila y que permaneció cogida de la mano durante todo el tiempo que duró la lectura. Al final, me enteré de que ella escribe relatos y había ganado tres premios. «Cuando supe que venías, encargué unas fotocopias para que te las llevaras», me dijo mientras me tendía unos cuantos folios. Se lo agradecí de corazón y le prometí que los leería con gusto. Al despedirnos, imaginé lo duro que debía ser separarse de su amor hasta la próxima vez que pudieran reencontrarse.
Giran Ramón, el venezolano que levantó la mano tímidamente cuando invitamos al público a intervenir, que nos dijo que le había gustado mucho el relato porque hablaba de inmigración. «Yo soy inmigrante y, aunque llevo dieciocho años en España, sigo sintiéndome extranjero. Mucha gente nos mira mal. Ya no se acuerda de cuando fueron los españoles los que tuvieron que salir de España, cuando la guerra civil, exiliados políticos, y después, en la posguerra, exiliados económicos. Más de dos millones de personas se fueron a Alemania, Francia, Suiza o a Sudamérica para poder enviar divisas a sus familias». Me sorprende la corrección de su discurso, el conocimiento que revela y, aunque no sé si es adecuado, me atrevo a preguntarle a qué se dedicaba en su país.
Cuando me contesta que era geólogo, se me cae el alma a los pies.
Francisco, un tipo menudito, calvo, de gesto bonachón y una sonrisa amable que estuvo asintiendo todo el tiempo y que, al final, nos pidió que volviésemos pronto «porque ellos no tenían muchas oportunidades de divertirse allí dentro y en esa hora que les habíamos dedicado, se habían sentido libres».
Si antes el alma yacía a mis pies, en ese instante hizo un agujero en el suelo.
También, un joven alto y bien parecido, imposible recordar su nombre, que nos ayudó con el sonido y la colocación de las sillas en el escenario. Estudiaba tercero de derecho y se le veía resuelto, diligente y muy servicial. «Hacedle caso a Francisco y volved, por favor», nos dijo mientras nos dedicaba una sonrisa que correspondimos con la promesa de regresar en otoño con un nuevo relato.
Y una mujer elegantemente vestida y muy bien maquillada que se acercó a mi marido para preguntarle cómo se llamaba el instrumento que había tocado. «Handpan —le contestó Juan—. Su procedencia es Suiza y es relativamente reciente, del año 2000». La mujer apuntó la información en una libreta y le dio las gracias mientras se llevaba la mano al corazón. Al salir, incapaz de reprimir mi curiosidad, pregunté qué había hecho esa señora tan elegante para estar encerrada. «No preguntes, querida. Aquí no todo es lo que parece y lo que parece, a veces, muchas veces, es pura simulación», me responde Jana. Ella sabe bien lo que dice: conoce todas y cada una de sus historias, no en vano lleva varios años tratando de hacer más llevadero su encierro a través de la lectura.
Siguen girando en mi mente el tipo que se sentó en la segunda fila y que no movió las pestañas en todo el rato. Su mirada fija y penetrante nos intimidó y, sin embargo, cuando terminamos, se acercó a darnos las gracias con gesto cordial. También ese otro de mediana edad, vestido con un jersey de pico y un pantalón de pinzas, que no perdió detalle del relato y que, al final, aplaudió con entusiasmo. Y el joven que, cuando dije que todos necesitábamos una red de familiares y amigos que nos protegiera, me contradijo con firmeza: «Yo no necesito a nadie. Yo me las apaño solo». Pensé en lo que habría sufrido ese hombre y cómo le habrían fallado las personas de su vida para mostrar ese convencimiento. Y la mujer que llegó tarde hablando en alto y riendo a carcajadas y que, en cuanto comenzó la lectura, guardó un respetuoso silencio. Y la joven de pelo negro negrísimo y ojos tristes que estuvo mirando por la ventana durante todo el acto…
Todos se me quedaron grabados: sus rostros, su manera de estar, su actitud, sus palabras. Pero, por encima de todo eso, conservo el recuerdo del golpe seco de las puertas cerrándose a mi espalda, la sensación de que todos los que dejamos allí dentro oyeron un día ese mismo chirrido. Y no fue el día en que su madre los acunó, ni aquel en que celebraron su cumpleaños, se enamoraron, consiguieron su primer empleo o nacieron sus hijos…, sino el maldito día en que se ejecutó la orden de ingreso en prisión, desenlace final de aquel otro en el que la suerte se les puso de culo y comenzaron a resbalar por la pendiente del delito. Y ya no hubo vuelta atrás.
Un día cualquiera.
Un maldito día.
El día…


