En la esquina del verso. Enrique Villagrasa. Prensas de la Universidad de Zaragoza. Zaragoza, 2026. 137 pp.
Enrique Villagrasa (Burbáguena, Teruel, 1957), afincado en Tarragona, es poeta, editor, crítico literario, periodista y un gran lector. Colabora como crítico en las revistas Librújula y Turia. Dirige la colección “Rayo azul” de la editorial Huerga & Fierro. Comenzó esta colección de la mano de Óscar Ayala en 2019 pero, desgraciadamente, su gran amigo murió en 2024 y Enrique prosiguió en solitario esta tarea editorial.
Tras muchos años como poeta, sus últimos libros publicados son: Queda tu sombra (Madrid, Huerga & Fierro, 2019), La poesía sabe esperar (Montblanc, Tarragona, Igitur, 2019), Arpegios y mudanzas (Zaragoza, Los Libros del Gato Negro, 2021) y Fosfenos (Madrid, Huerga & Fierro, 2024). A ellos se une ahora En la esquina del verso, publicado por la Universidad de Zaragoza en la colección que dirige Fernando Sanmartín, con precioso diseño y excelente papel.
Como en libros anteriores, encontramos en esta nueva entrega un doble homenaje. Por un lado, su pueblo natal, Burbáguena, adonde el poeta no deja de regresar a la viña del padre, la calle El Temple del barrio Moral, las voces escolares camino del colegio, las riberas del Jiloca y sus cañas, el olor de los membrillos, el cerezo que su madre regaba y los fríos coletazos del cierzo. Años de infancia que quedaron grabados y nunca ha olvidado. Tal vez, tras su muerte, sus cenizas sean esparcidas al pie de las vides para servir de abono a las uvas garnachas, en vez de reposar en el cementerio. Pero, sobre todo, este libro es un homenaje a la poesía. Escribe Enrique entre destellos de luz que hablan del pasado, el presente y el futuro, reflexionando sobre su escritura, como ya hizo en libros suyos anteriores. Canta un trabajo riguroso en que pone tesón y lucidez, con el deseo de explicar el mundo y su belleza. Son sus poemas una declaración de amor a la palabra escrita, un hilo entre el poeta y el lector con quien conversa en muchos versos.
A lo largo de estas páginas encontramos continuas referencias a la palabra: “el lenguaje es tu vida” (pág. 46), “un poema desnudo/ es mi paisaje” (47), “descienda la palabra y rompa página./ Libere al verso por el verso fértil” (10), “un poema es como tu ágil sonrisa inmóvil” (26), “llega el verso/ y todo resplandece en tu rostro” (15), “pura belleza, puro ritmo,/ pura poesía pura, serena, jubilosa” (15), “tu mano arrastró los versos por la mesa” (16), “el verso retrocede ante el pensamiento” (17), “la verdad anida en el verso” (42), “toda poesía es mirada errante y todo/ poema es palabra ida” (20), “palabra: cuerpo abierto” (23), “tenso carcaj donde esperan los versos” (24), “el lenguaje habla a través del poeta” (30)…
Escribe Villagrasa de la soledad del escritor (solo, si bien rodeado de palabras), soledad en que ha de buscar su lugar en el mundo. No es fácil encontrar el lugar que el poeta ocupa, pelear con las palabras y hacer las paces con ellas, sostener la tensión verbal, fusionar vida con poesía y memoria con lenguaje. La poesía va creciendo como vid –nos dice– en el interior del poeta, sin prisas va adquiriendo fuerza y voz. Necesita paciencia para adquirir su geometría. La vida abona el poema y el poema, florecido, se convierte en racimo de uvas con todos los aromas que a lo largo del vivir fue adquiriendo. Es el verso una luz hecha fuego, una luz que ilumina la página en blanco, que procede de la noche y su tiniebla. Consiste la labor del poeta en buscar ese fulgor, hallar el placer de la palabra que sale a su encuentro.
Los versos de Enrique Villagrasa son “versos doctos pero claros,/ cultos pero transparentes”. Él conduce su pluma y nos confiesa que Burbáguena y la poesía son toda su luz.


