Caleta Lenga. Foto de Graciela Olave Ramos.
Lo recordado
el río Biobío
me hizo el recuerdo natal
de quien fui
o tejió la máscara
de quien soy
Lo primero que noto al entrar a la casa de la poeta Graciela Olave Ramos (Concepción, Chile, 1995) es una casa de juguete pintada a mano por ella y su novio, ubicada en la mesita de centro con vista al Tibidabo.
Un elemento metafórico pensando que el poemario El lado torcido del mar (Ril Editores, 2025), es también entrar al refugio de sus penas e incertidumbres al regresar al que alguna vez fue su lugar seguro en el sur de Chile.
Escrito en 2021, Olave hace una cartografía por los lugares donde enfrentó las reminiscencias de una enfermedad que no le pertenecía, pero que igual la hirió poco a poco. Un sufrimiento escondido, como muchos silencios en una pandemia global que decidimos superar, olvidando todo lo que contrajo.
La poeta con sus referencias marcadas en sus versos nos devuelve a Concepción, octava región. Un imprevisto retorno al origen, donde Olave tomó nota de “la broma hipócrita del Pacífico”, recuperando recuerdos tan lejanos como el quinto terremoto más fuerte del mundo, mientras imágenes tan cotidianas como los lobos marinos o los pelícanos comenzaron a susurrarle sensaciones concretas. Todo esto mientras mira a su madre enfrentar un cáncer, sin saber si seguirá siendo carne o fantasma.
“El lado torcido del mar para mí es como el lado más allá del charco… En ese instante era el espacio hostil o el espacio simbólico de la enfermedad”, plantea sobre un libro que, como el irónico mar del océano que golpea las costas del Biobío, enfrenta inhóspitas imágenes tras volver a un país que había dejado en 2018.
“Fue un regreso torcido y no buscado… Yo no buscaba volver a Chile, tampoco buscaba quedarme tanto tiempo”, dice quien también admite que gran parte de lo que escribe la devuelve al sur.
Hija de una madre soltera, Graciela tuvo que cambiar de roles y ser ella la cuidadora de quien la cuidó. Al mismo tiempo, como ha hecho desde los diez años, escribió. Escribió inconscientemente de sus penas, de las calles y de sus sentires.
“No había visto mi ciudad con esos ojos hasta que salí de ella. La vi con ojos cariñosos, pero también con la ansiedad de querer estar y también de querer huir”, confiesa. A ello, luego agrega: “Recuperar esas imágenes para mí misma, para mi propia identidad y mi imaginario, era muy importante. Darles un valor poético”.
Graciela Olave escribió hasta que su madre terminó la quimioterapia y pudo regresar a España. Cuatro años después, esas experiencias se transformaron en su primer poemario. Y esa casa de la que sentía que no podía salir, hoy está escondida en el secreto de un libro.

Lo sufrido
es el fin del mundo
y mi grito no es tan brusco como quisiera
Dividido en cuatro secciones, El lado torcido del mar destaca por exponer un miedo permanente. No solo el miedo de todo chileno que regresa a Chile y siente el imán que le impedirá volver a cruzar la cordillera, sino también el de no saber qué hacer con la lentitud del tratamiento, con las frustraciones propias de la juventud en un país que tuvo las mayores restricciones de movilidad en pandemia.
“No hay nada para gritar/ ningún mensaje de auxilio/ para lanzar por la ventana del baño” implora al avanzar las páginas, mientras que otras veces dice que “pedir permiso/ no da licencias para hacer memoria”.
En ese sentido, Olave plantea cómo la lectura y la escritura fueron los ungüentos que protegieron un corazón que anhelaba sentir mucho más que pena. “Abrir un libro de poemas en ese contexto era como abrir un botiquín. Una especie de salvavidas”, dice. Graciela se pregunta ¿salvarse de qué?, y se responde a sí misma: del hastío y la decadencia.
“La poesía parece como un objeto muy medicinal, pero no para sanarte de algo en específico, sino para sacudirte, devolverte a la sensibilidad”, reflexiona.
Con la distancia, parece fácil dar nombre al miedo. Pero cuando el desequilibrio familiar está presente, todo afuera parece sobrar. “Crear este libro era una forma importante de darle cuerpo a todos estos momentos que pasaron”, aclara.
Olave regresa a un momento específico. Ella, leyendo Las edades de Lulú, de Almudena Grandes, en un pasillo del hospital, mientras su madre estaba sola en quimioterapia. Con la mascarilla puesta, Graciela veía el vapor de su boca nublar los lentes, generando a la vez una imagen erótica de un cuerpo que por más que sufre, desea y admite ser deseada.
Entonces volvíamos a casa desfilando
arrastrando en los pies un montón de cables y drenajes
encadenados a esa cruz que sellaba puertas
Lo erótico
ya no es suficiente tanto amor
necesito
inmortalizar este abrazo líquido
el sexo acogedor como un plato de legumbres
Empapelados hasta el hartazgo con la cruda realidad, los genocidios y la crueldad mundial, los humanos pasamos por alto que muchos de quienes sufren las consecuencias de la maldad, también quieren ver una película de mierda una noche de martes, ir a comprar una fruta que no han probado o sentir un orgasmo para olvidarse de todo lo antes escrito.
Cuando Graciela Olave regresó a Barcelona tras la exitosa recuperación de su madre, notó que buena parte de los poemas escritos mostraban que “la cuarentena era muy incitadora del onanismo.. Había un estado de autoerotismo constante”.
En sus palabras, “un líbido totalmente contenido pero también dispuesto en la literatura”, dice ante lo que podemos señalar que son los poemas más efectivos a lo largo de la obra, como agentes del deseo.
Provocar, desear, encaramarse arriba de un otro y dejar que la lengua, el labio y el sexo hablen por ellos. Bien dice un poema “abro un pomelo a medianoche/ como se abren los libros de poemas/ como se abre todo pecho en caso de emergencia”.
La metaforización de la comida y del instinto animal son elaborados con pulcritud, logrando que el verso pueda erotizar a otros. Aquí, la poeta no es mezquina con lo sentido. Quiere que otros también puedan disfrutar, puedan hacer suyo el deseo.
“A mí me encanta la comida. Y me encantan los animales. Y me encanta el sexo. Siento que entre todas estas cosas hay puntos en común, esa sensación de comodidad, de placer, satisfacción, familiaridad”, añade.
Sobre la mezcla de miedo y erotismo que transitan las páginas, Graciela es crítica sobre cómo la poesía erótica también implica una discusión de género. “Siento que a las mujeres siempre se nos ha tratado como objetos y no como agentes de deseo. Para mí es satisfactorio poder poner mi propia voz en alto y decir: yo también soy agente de deseo”, reflexiona.
Al hacerse cargo de lo que siente, sin otra preocupación que darle nombre a sus pasiones, también ella logra sobrevivir en un mundo hostil que a veces no escucha. Por eso Olave quiere seguir escribiendo por placer. “Es importante, creo, que no nos roben el placer”, sentencia.




