La nevera de Auden. Álvaro García. RIL Ediciones. Riells i Viabrea (Girona), 2026. 131 pp.
Más conocido por su brillante trayectoria poética, Álvaro García (Málaga, 1965) ha venido desarrollando en los últimos años una personalísima obra novelística que abarca cuatro títulos. Ya en el primero, El tenista argentino (2018), definió algunos de los mimbres que iban a caracterizar esta nueva faceta de su escritura; en especial, su mirada entre esquinada e irónica, y también levemente teñida de nostalgia, hacia su ciudad natal y su clase media-alta, atrapada entre el cosmopolitismo aportado por la irrupción masiva del turismo, los viejos prejuicios de clase y la pérdida, entre las nuevas generaciones, de esos prejuicios y valores, trocados por un llamativo nihilismo, un refinado sensualismo y un palpable desencanto vital y social.
Su recién publicada cuarta novela, La nevera de Auden, participa de estos rasgos, pero los integra, en mayor medida que en las anteriores, en una biografía completa –es decir, desde el nacimiento hasta los umbrales de la vejez– que logra resonancias de memoria generacional y, en ese sentido, de balance en el que cabe reconocer algunas lecciones de vida muy probablemente extraídas de la propia biografía del autor, que a veces explicita ese vínculo con cierto humor: por ejemplo, cuando atribuye a su protagonista, compositor de canciones y poeta, haber ganado los premios de poesía “Hespérides y Lancôme”, cuando el propio autor ha sido ganador de los prestigiosos premios Hiperión y Loewe.
Antes de alcanzar esa cima, digamos, de su sobrevenida carrera poética, José-Mónaco Álvarez, el protagonista, prueba suerte en el mundillo musical madrileño, del que se desencanta pronto, es víctima de alguna intriga urdida por otro artista local y asume muy tempranamente una actitud de íntimo descreimiento ante cualquiera de sus logros, aun siendo estos muy estimables. Al hilo de estos acontecimientos, entretejidos con una historia sentimental de largo alcance y otra más breve pero no menos intensa, los escenarios de la novela van cambiando. Un breve pero esclarecedor episodio madrileño define la temperatura vital e incluso moral de lo que entonces se llamó –la novela evita ese término– la movida, de la que el novelista nos hace ver, sin la moralina o el tremendismo que han derrochado otros al abordar esa época, su lado oscuro. Otro escenario relevante es Oxford, una especie de burbuja en la que el protagonista macera su desencanto e incluso, un tanto metaliterariamente, se reconoce como personaje de una de las muchas “novelas de Oxford” que se han escrito, entre ellas Todas las almas del español Javier Marías, a quien el autor dedica más de un guiño.
El episodio oxoniense es sin duda el punto álgido de la novela, no sólo porque, pese a su relativa brevedad, capta muy convincentemente la atmósfera actual de la vieja ciudad universitaria, ella también un tanto desencantada y nihilista, sino porque pone marco a una tristísima, y no por ello menos emotiva e incluso dolorosamente sensual, historia de amor, en la que comparecen algunos de los personajes mejor diseñados que cabe atribuir a la amplia galería de seres peculiares que debemos ya a la narrativa de nuestro autor. Sobre la importancia que la sexualidad tiene en sus narraciones cabría escribir todo un ensayo. Digamos que en sus personajes hay una propensión a someter su intimidad a exploración, de reconocerse en la intimidad expuesta –no quiero desvelar ahora hasta qué punto– de otros.
De Oxford proviene también el fantasmal coro profesoral que ocasionalmente se presenta como narrador de la historia, diluyendo la condición de narrador omnisciente que el lector en principio podría haber atribuido al propio novelista. Es éste precisamente uno de los rasgos del modo de narrar de Álvaro García: evitar los clichés o utilizarlos de un modo laxo, como ya hemos visto que sucede en su modo de definir el punto de vista desde el que se cuenta su relato. Prescinde también el novelista de los largos preámbulos que suelen usarse para presentar los antecedentes de sus personajes: desde la primera página sumerge al lector en una narración de la que éste no posee todavía las claves, que sólo con cierto esfuerzo irá adquiriendo, de modo que algunos de los muy precisos detalles iniciales sólo cobran pleno sentido en una segunda lectura. Esa aparente dificultad, no obstante, redunda pronto, para ese ya atrapado lector, en la satisfacción de comprobar la extraordinaria cohesión del relato, su pertinencia, su posible referencia autobiográfica y la emoción derivada de percibir que contiene una verdad relevante sobre el protagonista, quizá también sobre el propio autor y, por supuesto, sobre el propio lector concernido.
Porque he aquí uno de los valores de esta novela, la mejor de las cuatro que ha dado a la imprenta Álvaro García: de ella se desprende un relato que verdaderamente emociona, tanto en su vertiente de balance biográfico individual como en la de retrato generacional.


