Escribir y maternar

Mujer escribiendo (Marie-Thérèse). Pablo Picasso, 1934.


“Con la llegada del niño y el inicio de un amor,
tal vez el único amor genuino que una mujer
siente por una persona […] se tiene la oportunidad
de acceder a esta relación tan difícil para una mujer,
la relación con el Otro: con lo simbólico y lo ético.
Si el embarazo es un umbral entre naturaleza
y cultura, la maternidad es un puente
entre lo singular y lo ético”.
Julia Kristeva.

Hace veintiocho años dio comienzo mi aventura como madre. Una carrera de obstáculos en la que aún compito –ya en la retaguardia moral, como me dijo un sargento el día de la jura de bandera de mi hijo I.– y que nada ha tenido que ver con lo que me habían vendido acerca de la maternidad, ni para bien ni para mal. Tenía, precisamente, veintiocho años cuando tuve a mi primera hija. Ya había publicado dos libros por encargo y traducido una decena, pero mi vida laboral no estaba del todo asentada. Contratos temporales, trabajos precarios y una búsqueda constante por encontrar un hueco estable en el mundo editorial. Trabajaba como administrativa, pero era un trabajo de supervivencia que me producía más desasosiego que tranquilidad, a jornada parcial, y no todos los días. Además, mi matrimonio fue uno más en la gran y dolorosa historia de las mujeres maltratadas.

M. nació tras un parto largo y difícil que se complicó con una preeclampsia; descubrí lo que era sufrir de verdad y la dimensión absoluta del trabajo del parto para alumbrar (¿quién alumbra a quién?) a otro ser humano. Ya no era únicamente el dolor lo que entraba en juego en aquella batalla por el nacimiento; el miedo, la impotencia, la debilidad extrema, me llenaron de angustia; una angustia por todo lo que sucedía dentro de mí, fuera de mí, alrededor de mí, de la que tardé casi un año en recuperarme física y psicológicamente. Un año vacío intelectualmente, en el que apenas podía ocuparme de mí y del resto de responsabilidades domésticas –sólo me dedicaba ocasionalmente a la traducción de textos y libros-, junto a una madre anciana que, además, a pesar de tener dos hermanos más, dependía exclusivamente de mí por el real mandato del patriarcado.

Leía, cuando M. dormía, pero era estéril en el sentido literario; ni siquiera pensaba en escribir una línea. Estaba vacía; por mucho que escudriñara en mi interior sólo veía un gran abismo negro, donde no habitaban las palabras, o estaban mudas, o muertas. No obstante no sentía que mi yo se hubiera escindido, ni me sentía resignada o desesperada. Simplemente, sabía que tocaba esperar. M. no era el problema. No era un simple bloqueo. Era una cuestión de inteligencia emocional, aunque esto lo entendí muchos años más tarde.

A los dos años, su padre nos abandonó a las dos. Este hecho, común en muchas mujeres, en mí fue un acontecimiento liberador; me libró del maltrato cotidiano y me despertó la creatividad dormida. El momento había llegado. Las palabras no estaban muertas, simplemente no se atrevían a salir a la superficie; una superficie con muchas piezas que encajar, mucho conflicto que gestionar, muchas tareas que desempeñar. Comencé a trabajar a jornada completa mientras mi madre, con sus limitaciones, se ocupaba de M., y cuando llegaba a casa, apenas las dos se dormían, yo me sentaba a escribir cualquier cosa. Pero escribía. La poesía se convirtió entonces en un abrigo. En un espacio confortable donde yo podía ser madre, pero también mujer, yo misma, sin ninguna etiqueta y, por supuesto, sin culpa. Un espacio de libertad que me sirvió para crecer junto a mi hija, para no vivir la maternidad como un obstáculo o un impedimento, sino como una experiencia transformadora que podía experimentar en plenitud.

M. creció sin padre, como miles de niños y niñas en el mundo, pero con una madre que se duplicó en esfuerzo y cariño sin renunciar a ella misma. Cuando leo las experiencias terribles de mujeres que han vivido su maternidad como un lastre, siento una profunda tristeza hacia ellas. Jane Lazarre, en su libro El nudo materno, narra una experiencia descorazonadora, con momentos de euforia y momentos verdaderamente angustiosos, donde ve comprometida incluso su salud mental por el peso de ser madre y no poder tener una vida propia.

Si miro hacia atrás, no sé cómo lo hice. El caso es que, poco a poco, me di cuenta de que aquello que llenaba los folios no era exclusivamente mío; no estaba narrando una experiencia íntima e individual, si no que estaba haciendo lo que muchas mujeres escritoras habían hecho desde hacía siglos. Contar. Trascender las vivencias. Sacarlas fuera y ponerles nombre. Siempre, desde una profunda gratitud.

No fue nada fácil al principio. Descubrir emociones, entenderlas y describirlas no es una tarea sencilla. Aprender a distinguir con claridad mis estados de ánimo me ayudó a construir sistemas de sentido, abriendo campos semánticos a partir de imágenes, relacionándolos y activando emociones, a veces, dispares, pero que me servían para construir la arquitectura del poema y que fuera –no pareciera– verdadero. Ahí comencé a aprender el oficio. Devoraba relatos y poemas de mujeres que hablaban sin tapujos de sus maternidades, de sus frustraciones, de sus deseos, de sus alegrías. Jane Lazarre decía que lo corriente ha sido siempre escribir sobre “las madres desde el punto de vista de los niños”, lo que nos ha proporcionado sólo una parte de la historia. Las madres no se escriben, están escritas. Escribir sobre mí misma, sobre la subjetividad maternal, sobre el amor, el cansancio, el dolor, me resultó revelador y se convirtió en un trabajo al que di prioridad.

‘Mi nacimiento’. Frida Khalo.

A los tres años de comenzar una nueva relación, sana y sin maltrato, nació I., mi segundo hijo. Un niño que superó cualquier expectativa que pudiera tener sobre la maravilla de la maternidad. Su parto fue sencillo, sin complicaciones, pese a mis antecedentes de hipertensión gravídica. Pude vivirlo en plenitud y disfrutar del alumbramiento con una emoción inexplicable. Su crianza fue dulce y apacible, tanto, que nos lanzamos a por el tercer hijo en cuanto I., cumplió los dos años. Yo ya tenía un trabajo estable en una ONG a media jornada. Por las tardes disfrutaba de los dos hermanos, y por las noches, o incluso en el trabajo, me dedicaba a escribir. No me daba ninguna tregua; aunque fuera un párrafo al día, una nota, un sólo verso.

Cuatro años después, falleció mi madre y ese mismo día supe que estaba embarazada de S., mi tercer hijo, nuestro niño de luz. La preeclampsia volvió a complicar el parto que terminó en cesárea. S., se alzó por encima de la sábana quirúrgica como un haz de luz, llorando a pleno pulmón, rebosando vida y desafiando a la muerte por primera vez (no iba a ser la única). Yo también logré agarrarme a un hilillo de vida mientras me transfundían dos bolsas de sangre, flotando en una nebulosa confusa a causa de los fármacos para bajar la tensión, de la que sólo recuerdo su pequeño rostro pegado al mío en brazos de la anestesista.

Escribía con S. pegado al pecho, mientras lo amamantaba o lo dormía con la cabeza apoyada en mi hombro, con una sonrisa de satisfacción en los labios, oliendo su piel, sintiendo su calor en mi cuello. Desarrollé la habilidad de teclear muy rápido con una sola mano y, dos años, más tarde, salió a la luz mi primera plaquet, gracias al premio de poesía Victoria Kent.

Ahora, veo a madres escritoras en las redes sociales que hacen esto con total normalidad –y aparente facilidad–, y llevan a sus retoños en mochilas canguro pegados al pecho, de presentación en presentación, de continente en continente. Yo no tenía la cobertura familiar, social y económica para hacerlo y, hace veinte años, las cosas eran aún bastante diferentes a como son ahora. A pesar de todo, lo conseguí.

A partir de Mujer bajo la lluvia (Canto y Cuento, 2013), asumí que la poesía no era mi oficio, sino parte de mi vida y de mi cuerpo, como un pulmón o un corazón de repuesto. La poesía me salvó de muchas cosas y me hizo entender que las vivencias, si una no las trasciende, si no las cuenta, si no las escribe, se pierden y no se transforman en experiencias vitales.

El sacrificio y el sufrimiento son la definición de la feminidad en nuestra cultura dominada por el orden simbólico patriarcal, y yo he querido siempre romper ese patrón hablando de una maternidad plenamente disfrutada, sin imposiciones de ningún tipo, con sufrimiento, claro, pero también con plenitud. Una maternidad enriquecedora que nunca ha coartado ni reprimido mi condición de escritora, ni de feminista convencida. Una mujer que decide ser madre, elije si la maternidad es algo transformador o algo limitador. Yo elegí la trasformación y el crecimiento a la vez que criaba a mis tres hijos, no atrapada en el estereotipo del amor incondicional que hemos visto en la literatura como una identidad unívoca, sino viviendo una experiencia integral que nadie me había impuesto y dónde siempre tuve una reciprocidad que considero más que justa, en el dar y el recibir, por parte de mis hijos.

Hablar de poesía, en mi caso, es hablar de un ser y un estar en el mundo. Lo que comenzó siendo un oficio ha ido diluyendo su perfil con los años –contenido en una definición de lo que hago y a lo que me dedico–, para convertirse en algo connatural a mi vida y al discurrir del tiempo. Las experiencias vitales han ido formando parte de mis libros a lo largo de mi historia. La infancia, la muerte, el dolor, la relación con la naturaleza y, sobre todo, la maternidad en todas sus fases, me han ido llevando por un camino que ha sido totalmente improvisado, donde no he tenido ningún plan preestablecido, ni siquiera una brújula que guiara mis pasos.

Me ha interesado contar las historias tal y como han sucedido, desde mi condición de mujer que me vino dada por el azar, y renunciando a tonos impersonales, quizá de más calidad poética, pero vacíos en el fondo, de la verdad y la profundidad que ha acompañado siempre mi escritura. Hablar de mí, como mujer, madre y escritora, ha significado entender que registrar las experiencias cotidianas puede ayudar a otras mujeres a comprender su historia. A sentirse, en fin, menos solas.

La poesía, en este caso, puede ser el sitio donde existir siendo mujer, madre o simplemente “una misma”, sin etiquetas. Dice Adrienne Rich: “La maternidad tiene una historia, una ideología. Mi dolor individual, aparentemente íntimo como madre, es el dolor individual y aparentemente íntimo de las madres que me rodean, de las que fueron y de las que serán”. Yo añado, no sólo el dolor, sino la alegría y la gratitud.

Ser madre no es mi identidad permanente, es una parte de mi vida, pero una parte que ha sido fundamental en mi desarrollo como ser humano y como escritora. Las feministas teóricas y ortodoxas se pondrán las manos en la cabeza al leerme. Hablar de los hijos, desde una perspectiva directa y profunda, tiene una significación muy amplia y de un valor incalculable para la humanidad por la carga emocional, social y política –en contraposición a la violencia, a la muerte y a otras narraciones más propias del ámbito de los hombres–, que es casi obligatorio contar, porque no prescriben.

La poesía puede que no sirva para cambiar el estado de las cosas, pero acompaña a lugares interiores donde nada ni nadie puede acompañarte.


Lecturas recomendadas:

Davey, M. (ed). Maternidad y creación. Alba. Barcelona, 2020.
Lazarre, Jane. El nudo materno. Ed. Las afueras. Barcelona, 2018.
Salas, I. Materfiesto. Ed. Raigal. Buenos Aires, 2026.

Imagen de portada: Mujer escribiendo (Marie-Thérèse). Pablo Picasso, 1934.

Autor

  • Julia Bellido

    Julia Bellido (Jerez, 1969) es humanista y traductora. Ha compaginado su oficio de escritora con el estudio del feminismo en la historia de la antropología, la literatura y el arte. En 2009 publica la plaquette 'La decisión de Penélope', con la Asociación de mujeres progresistas Victoria Kent. Le siguen 'Mujer bajo la lluvia', su primer poemario (Canto y Cuento, 2013), 'Las voces del mirlo' (Renacimiento, 2018) y 'Hojas de Ginkgo' (Cypress, 2020). En 2023, tras un giro de timón en su travesía poética, publica 'Desobediente' (Garvm), al que le sigue 'Lucernario' (Garvm, 2024). Su última publicación es 'Flor de calabaza' (La Garúa, 2025), que es su primera incursión en las formas poéticas del Tanka y el Haiku.

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