Ilustración de José Manuel Benítez Ariza
Bajo una fría losa, te esperaré
INTRO
—Me duele, Thomas. Me duele mucho. Aquí, en el costado, por la parte de atrás.
—El doctor estuvo en casa ayer tarde. ¿No lo recuerdas? Te recetó unos preparados específicos y la morfina.
—Qué dolor, Thomas.
—Dijo que el tratamiento te aliviaría. Tienes que seguir sus indicaciones. Vamos arriba, cariño. Se te pasará.
—Es terrible, insoportable.
—Lo imagino, Emma.
—No. Ni tú ni nadie puede. Este dolor de daga helada que se hunde a la altura de mi zona lumbar es inimaginable.
—Te curarás. No le des más vueltas. Es peor. Ahora, hazme caso. Sube, tómate la medicación con la tisana que te llevará Ferguson y métete en la cama. Te recuperarás.
—Es el terror al golpe final del escalpelo —dice Emma, con los ojos muy abiertos, atenta a otra realidad que tal vez se oculte tras el papel pintado de la pared y se le revele de pronto como una amenaza, al charlar con su marido—, a la guadaña que corta los hilos que retienen mi alma al cuerpo. Lo sé. Me da miedo la partida a la que como todo ser humano he de atender.
—No pienses en ello, Emma.
—¿Te das cuenta, Thomas? En mi caso, se anuncia con una punzante agonía y la amargura de mujer huidiza y extraña, una intrusa recluida en un desván. ¿Cuántas historias de esas habrá en nuestra literatura? ¿Qué o quién las originaría?
—Hablaremos de eso más tarde, con tranquilidad —procura calmarla Thomas, impaciente—. Vamos arriba, cariño. Verás que no es nada. Te acompaño hasta la puerta.
—Thomas, dime que no me dejarás sola.
—Volveré en un momento. La cortesía me reclama abajo. Tengo trabajo pendiente. De un momento a otro, llegará alguien para hacerme una entrevista. Ando con los preparativos. No hace falta que te explique cómo son estas obligaciones. Las conoces de sobra.
I
Seguro que lo recuerdas. Cuando empezaron mis depresiones, no siempre se repetía la misma escena. Regresabas de tu paseo por las cercanías, pasabas por las cocinas y me subías una bandeja sobre la que humeaba la preciosa tetera de porcelana floreada de tus abuelos. Al lado, se ordenaban en espiral pastas de mantequilla sobre un delicado platillo de loza blanca y azulada, una servilleta de bordes perfilados con hilvanes.
Lo hacías en persona. No dejabas que Ferguson se empleara en esas atenciones. Aprovechabas que ambos nos encontrábamos a solas. Me cubrías dulcemente con mi chal. Me recogías el cabello. Me estrechabas los hombros. Me dabas un tierno beso sobre la frente. Otro, excitante, en el cuello.
A continuación, me servías una taza, una nube de crema, dos cucharaditas de azúcar, la removías. Me la ofrecías. Te sentabas a mi lado y encendías un cigarrillo.
Nos demorábamos entonces en minutos de una felicidad compartida, sin límites. Mirábamos ambos a través de la ventana abierta las copas de los robles, las líneas mansas de las colinas. Adivinábamos apenas el campanario de la aldea mientras tomábamos el té a sorbitos y mordisqueábamos distraídamente una galleta en un silencio cómplice o departíamos sobre temas interesantes.
«—Estos aguaceros otoñales y las heladas harán de los caminos barrizales impracticables —me decías».
Luego, yo me interesaba por la grave enfermedad de la cocinera.
«—Es una lástima. No sabemos si sanará y volveremos a verla en casa. Sigue en manos del doctor. La inexperiencia torpe de su sustituta es abiertamente comentada por todo el servicio y ha llegado hasta mis oídos. También es comidilla de los criados el escándalo del guapo herrador que, después de dejar embarazada a la hija de los Williams, se ha largado a Londres con viento fresco».
«—Y con la yegua preñada del carruaje, ¿qué pasó? ¿Salió todo bien?».
«—Sí. Parió en la madrugada del viernes un potrillo patilargo, empapado y tembloroso que muy pronto cobrará fuerzas, crecerá y tirará del coche. De lo que no te he hablado —añadías, dando una calada a tu cigarrillo— es del fallecimiento del alcalde de Casterbridge, ni del crimen de la de los Uberville».
Y, aunque yo no respondiera a tus preguntas o hiciera caso omiso de tus parrafadas, por repetidas o porque no las compartiera, incluías conversaciones sobre poesía o narrativa. Editores, estampaciones, tiradas, ventas, derechos, colaboraciones… ¿qué podía importarme todo aquello, presa ya de una angustia recién iniciada y sin retorno?
Era la felicidad, Thomas, la felicidad de aquellos primeros días en mi nueva estancia, que duró tan poco, que huyó a pasos agigantados para no regresar jamás.
II
Hace ya catorce años que éste es mi verdadero apartamiento. Se dice pronto. Aquí tengo mi mobiliario, mis estanterías llenas de libros, mis fotografías y mis grabados, mi piano, mi gramófono, mis creaciones mentales y escritas, mi placer sin compañía, mi retraído y discreto sufrimiento. Tengo lo que me queda de mi memoria y de mis papeles de lucha y actividad femenina por círculos, clubes, ateneos y calles.
Antes de su reforma, este retiro, tú lo sabes mejor que nadie, era un desván lleno de trastos. En él, se amontonaba lo inútil, lo viejo, objetos que habían dejado escapar el alma del tiempo y andaban cargados con la ceniza polvorosa del olvido. Era el lugar ideal al que cualquier niño hubiera acudido con asombro soñador para buscar tesoros e historias del pasado.
Mandar obrar aquel espacio desamparado fue idea tuya, Thomas. Contrataste a unos operarios que acudieron desde los caseríos cercanos y se quedaron a dormir en el cobertizo. Durante el proceso de renovación, lo que se libró de la quema, fue cuidadosamente restaurado. Y, entre una agitación de idas y venidas, un bullicio de martillazos, arrastrado de mobiliario, entremezclado de voces, carcajadas, imprecaciones y el olor a resina, yeso y papel pintado, lo convirtieron en una estancia no sólo limpia y bien decorada, sino confortable.
En los cuatro meses que duraron los trabajos, me vi obligada a seguir viviendo abajo. Aparte la prohibición de entrada a la biblioteca, me cerrabas el paso al despacho-estudio y, contigua a la de matrimonio, me vi relegada a una habitación minúscula —ese deseo, a petición propia.
No te lo recriminé. En mi todavía ligera confusión, si yo necesitaba mi espacio, tú necesitabas el tuyo. Si tú tenías tus escritos y tus libros, yo tenía los míos. Si bien a mí no me importaba compartirlos, a ti sí.
III
A su culminación, partieron los trabajadores y la mansarda embelleció. Por contra, todo se hundió en un agudo silencio. Las paredes, la puerta, habían sido revestidas para que su aislamiento fuese completo. Y si la puerta no quedaba entreabierta, hasta esas alturas, como era de imaginar, desde la planta baja de la residencia principal, ni escapaban ni trepaban ruidos, rumores de almuerzos o de cenas. Nada enturbiaba la paz que tú habías creado para mi disfrute y equilibrio mental y lo más probable también para tu propia y egoísta tranquilidad de escritor reverenciado.
En esa paz, observé a mi alrededor el caparazón con el que siempre reforzaron los muros de los manicomios —sin su mullido acolchado—. Todo quedó tan bien acabado, que creí que le habían rebanado la planta alta a la mansión, que yo navegaba hacia la mudez cuajada de las nubes sobre la cubierta de un navío sin bodega, y a la que como única pasajera una ley no escrita me prohibía descender.
Sí que cedí a la realidad: esa era mi prisión personal. Tú, Thomas, me habías recluido en ella y te habías desentendido por completo de mí, aunque comprendí asimismo que, con tu actitud de alejamiento, tampoco saldrías indemne, que te abrasarían los remordimientos, que mi imagen de mujer joven, preciosa, real, radiante de los principios, regresaría en oleadas de pálidas visiones a las que tú les seguirías los pasos en cuanto yo muriera. Entonces, como último recurso me invocarías en un exorcismo escrito que en realidad no trataría sino de arrancarte del cuerpo el tormento de mi encierro consentido y de mi pérdida.
Nunca supe si lo hiciste a propósito, Thomas. Pero fue el comienzo de mi transformación. Desde ese día, me fui secando en un proceso sin retorno. Empecé, como quien dice, mi viaje a la inconsistencia. Y aunque me veía a mí misma de cuerpo entero y real en los fondos del espejo grande, una especie de transparencia había empezado a ganar mis formas, partiendo desde un interior malogrado (como el de ciertas frutas que se agusanan), cada vez más inestable, hasta desdibujar mis órganos y mi piel.
Jamás me atreví a decirte que el reflejo vago de mi persona en el espejo me hablaba y contestaba a mis preguntas, a confesarte que estaba desapareciendo. Primero, lentamente. Después, a marchas forzadas. Bastantes señales daba ya de que estaba perdiendo la cabeza. Llegué incluso a sufrir el delirio de que me había evaporado por completo, de que mis ropas caminaban solas en el aire sin un cuerpo al que poder cubrir y sin que por ello se desparramaran por los suelos.
¿Qué habría ganado con comentártelo?
IV
¿Quién podría aventurarse hasta esta morada, a la que llaman Cimas del Viento, alejada de todo y de todos? Ferguson, la cocinera, el jardinero y, de tanto en tanto, algún familiar, alguien que viene a arreglar o instalar algo y especialistas o admiradores de tu obra.
Abajo no obstante hay gente. Acabo de oír la llegada de alguien. Tiene voz femenina, dulce, joven y es, con toda seguridad, una estudiante seguidora incondicional tuya.
Me dispongo y preparo para bajar. Me adelantaré. Seré yo quien se presente primero en el salón, quien conozca a la chica. Pero no rechinarán todavía los listones secos de las escaleras bajo mis pies como crujen esos pasos que he dado durante años sobre el parqué de nogal y que resuenan en la planta baja como único indicio sonoro de mi existencia.
Sé cuánto te atormenta ese martilleo, Thomas. ¿Qué no atormenta por aquí, en la noche, con este clima desangelado, grisáceo, mortuorio?
V
A veces, me visto de blanco. Me agrada hacerlo así, de modo que el fantasma se perfila. Mis guantes de ganchillo, mi pamela atada con cinta de seda al mentón para que no se vuele, forman parte de la elegancia de un cuadro antiguo pintado por ese artista paciente llamado tiempo. Enmarcada en él, miro hacia el lejano pasado, hacia el grandioso océano, el herbazal que se pliega en ondas como un blando cordaje de violín o una marea de espigas al empuje del viento.
Rodeada de flores nuevas que se adelantan a la primavera, ambos celebramos un almuerzo en plena naturaleza. Hay árboles descamisados, silbidos de charranes, que en su vuelo prendieran como plumosas grapas, para que no se despeguen las nubes unas de otras.
Llama nuestra atención el suelo de turba, musgo de poderoso verde, contraste con el plomo de las aguas encabritadas. En rocas y atisbos de playas, descansan animales marinos. Una corriente helada de aroma oceánico besa el repecho entallado, llega hasta nosotros y se derrama finalmente por esa superficie de inagotables olas espumantes. Las cumbres son blandas y un torrente turquesa las rompe en dos, saltando sobre la negra boca de una caverna. Cerca, pasa el tren postal con sus pitidos y su fumarada, que apenas retrocede, adormecida sobre la propia campiña, antes de incorporarse con su flema de costumbre a ese cielo variable.
Me muevo apenas para no alterar la pintura en el lienzo. Con elegancia, me llevo una taza de té a los labios. Sonrío junto a ti, mientras el mantel y su comida campestre amenazan con emprender un vuelo de medusa hacia los cielos y la yegua de raza atada al carruaje nos aguarda más abajo, bufando y paciendo, perezosa, sobre la hierba.
Se trata, no me cabe duda, de una apariencia en la que poso engalanada de novia, colmada de recuerdos, que pronto escapan, se difuminan por los acentuados claroscuros de este encierro olvidado.
VI
Noviembre. Llueve con ligereza, pero incansablemente. Apenas un suspiro para que acabe otro año. Ignoro si sobreviviré. Es otoño, y ya se sabe. Pero no quiero morir con la alfombra de los caminos escarchada de hojas podridas y la humedad que amenaza con trepar desde hace un mes, tras tanta lluvia, la nieve y las heladas de borde afilado, por las flores del papel que cubre las paredes, a pesar de este aislamiento curativo y de la innegable calidez de mi estancia.
Es de comprender, porque este desván remozado apenas acierta a guardar el calor del escaso sol que se atreve a desbrozar con sus rayos los mullidos nubarrones negros, que hunden estos parajes en una oscuridad culpable. Para mi resguardo, está el favor de la chimenea que ensortija y devora, siempre en llamas, los troncos y las hojas del calendario que voy arrancando una a una y arrojando en ella a medida que transcurren los días, en tanto una chispeante música y un dibujo movedizo de ardientes matices intentan susurrarme en voz baja secretos que nadie acertaría a desvelar.
El gramófono ya no lo pongo en marcha. El piano de teclas amarilleadas, como alargadas piezas dentales, no me arrebata. La música no me enamora. Con ello, todo, pensamientos y acciones, recuerdos y olvidos, naufragan en el silencio.
VII
Sería sencillo explicar la razón por la que vivo en plena campiña y aislada de todos.
Tú no te diste cuenta al principio, Thomas, pero empecé a verme a disgusto en la capital. Tu vida agitada como escritor, tus tertulias, me agotaban. Tu obsesión creativa me aislaba en lugar de invitarme al acercamiento y al contacto con los demás.
El teatro, la ópera, los conciertos del palacio de la música, el trasiego en coches de caballo, las exclamaciones de los vendedores ambulantes, los transeúntes danzando por el barro de las calles, tanto sobresalto, incrementaban la tortura y la irritabilidad en mi cerebro.
El desgaste paulatino de mi lucha sufragista en una época de reinado opresivo e intransigente —nunca sabré explicarme cómo pudimos tolerar los británicos aquel asfixiante corsé político y espiritual de décadas si no fuera por esa superstición y ese absurdo miedo al vacío y a las turbamultas en que nos hubiera sumido la desaparición de la realeza— me dejó indefensa ante los elementos naturales y los elementos humanos, que son los más dañinos, los más temibles. Mi sensibilidad y retraimiento, en una ciudad tan inmensa como Londres, hicieron el resto.
Por fortuna, hubo satisfacciones. Mi vida en provincias acabó con la obligación de tener que cambiarme de ropa para el té, para los desfiles, para las manifestaciones de mujeres, de gruesas y almidonadas prendas, para los compromisos, bailes o ceremonias religiosas, banquetes, paseos a caballo, para ir al hipódromo. Y como nunca me vi cómoda en aquellos eventos festivos u oficiales, ni en grupo ni en pareja, poco me costó desatender a tantas obligaciones.
Me duele, no obstante, lo lejos que queda mi lozanía, tu negación a compartir conmigo la respiración, la memoria, los sueños (como si en cierta forma te resarcieras por haberte visto obligado a abandonar tú también aquella ensordecedora y tramposa feria de las vanidades).
VIII
Desde fuera, con semejante mudez impuesta, no me llega nada, a veces ni siquiera los truenos de las incesantes tormentas, sólo sus latigazos de luz cegadora. Pero desde la planta baja, con la puerta entreabierta, que ni tú ni Ferguson cerrasteis bien hace un momento, lo que asciende es tan nítido, tan claro que parece originarse, revelarse a mi lado, en el centro de este mismo destierro de quietud.
Hoy ha llegado a casa una admiradora tuya. El leve rumor de risas, de pasos, de vajilla y de vidrio, de cubiertos macizos, es señal de que se presentó un invitado de importancia. Como confirmación, por la ventana, he visto los dos caballos de un coche de alquiler con su postillón, al que no reconozco y aguarda en el gran patio ajardinado.
Tengo la impresión de que esa mujer es joven, por su timbre de voz. Y no siento celos. De un hombre maduro no se puede tener celos. Pasó la edad. Mis desarreglos mentales, la consunción del matrimonio, mi inactividad y aislamiento han generado una cáscara de defensa, la acorazada cutícula de un insecto que no puede ser traspasada por el simple aguijón de la desconfianza en el ser amado. Comprenderlo no es tan difícil. Y, sin embargo, la voz dulce que asciende, la entonación y la desenvoltura con las que nacen las palabras en ella, me dicen por su complicidad —en una impresión que no debe engañarme— que esa chica te venera. A tus años, Thomas, podrías dejarte seducir, si no lo has hecho ya, por la tersura de su piel y el frescor de esa juventud que a nosotros nos quedan tan lejanos.
IX
Sé que he dejado de existir para todo el mundo. ¿Por qué entonces —entré a hurtadillas en tu estudio una vez que te ausentaste para ir a la capital por unos días y estuve ojeando tus escritos— insistes en que vislumbras mi silueta? ¿Si apenas me ves? ¿Si raramente subes hasta aquí para verme?
Será otro engaño. Como mi memoria, como esa otra racha de recuerdos en la que advertí un frío cortante y vi a la gente que caminaba ajena junto a mí y esa imagen tenía un sabor agrio. Y a medida que nos íbamos alejando de Londres, nuestra relación se iba asfixiando. Ambos lo sabíamos. La muralla derruida, la luna que agonizaba, los arrecifes soleados a medias, la novedad de estos espacios, en los que aún las ascuas de nuestra pasión podrían haberse reavivado. No fue así.
Te tuve un amor encendido desde los inicios de la relación, lo sabes, pero llegaría mi enfermedad mental y, más tarde, con toda probabilidad esa joven. Y te quedarías prendado, fascinado por sus ojos de canica color turquesa, su mirada de misterio, su piel tersa y limpia de impurezas. Quizás por esa razón, contrariamente a lo que afirmas sobre tanto papel escrito, yo no me veré cabalgando. Seamos sinceros. Ni soy ni seré el mudo fantasma de la mujer a caballo, ni me harán falta aposentos plantados de flores, ni elevados torreones. Nada de lo que tú me ofrezcas de palabra. No. No sería coherente. No sería necesario. Estaré muerta y enterrada. De nada servirán todas esas estrofas engalanadas.
Lo que sí tengo claro es que mi muerte será un alivio para mí y asimismo para ti, Thomas, la confirmación definitiva de la separación espiritual y física, la confirmación del intolerable vacío que se hubo instalado entre los dos desde el momento de la reforma del altillo y de mi paulatino declive (no hay regreso posible de las tierras de la demencia).
A ti, entonces, te quedará el consuelo con esa joven, si no se imbricaron antes ambas relaciones. Para tu tranquilidad, me harás creer que sentirás de verdad mi muerte. Yo sé que no será así y, si lo es, me olvidarás con rapidez y serás más feliz con ella de lo que lo fuiste conmigo. Ella ejercerá en definitiva de linimento para tu alma remordida y agotada, ¿no es cierto?
Y no hay venganza ni ansia de satisfacción en esto que voy a decir, Thomas. Envejecerás con dolor. Te amargará como a nadie el hecho de partir. ¿Cómo querer morir con ella cercana, fresca, en la flor de la edad, abandonarla en esta tierra de placeres y de reconocimiento, mientras tú, como yo, acabas mucho antes, por tu edad, ley de vida, en la tumba?
X
No te preocupes, Thomas. Muy pronto, dejaré libre mi lugar de reclusión. Una vez vacante, podrás ocuparlo en otros menesteres, si lo deseas. Incluso poéticos.
Estoy segura de que mi fallecimiento engendrará la necesidad por unos versos cuyo objetivo no será otro que el de clavarse con fuerza, como cuchillas cegadoras, por las negruras de mi panteón. Aunque pienso sinceramente que esa poesía, en la pluma, será impostura y, en el discurso, falsedad, mundo de dobleces, subterfugio, mentira. Sin dejar de ser bella, será falaz, supuesta, de una afectación irritante, quizás no para tus lectores, que verán en ella la coronación lírica a toda una carrera de novelista, pero sí para mí. ¿Cómo podría ser si no? ¿Si me apartaste conscientemente de todo y de todos, encerrada por estas alturas tan silenciosas? ¿Si mi hueco estará ya ocupado por otra persona?
Por desgracia, no podré evitar ser resucitada —triste e iluso consuelo— en esos versos hermosos pero artificiosos. Seré revivida como en un hechizo, como en un conjuro. Tendré que ver lo que sucede tras la partida. Y tú, Thomas, me pondrás una voz que no será mi voz femenina de esposa. Será tu voz propia de hombre y de poeta, que no hará sino intentar espantar con rimas tu mortificación.
Comprendo en estos momentos de despedida que estés creando para la posteridad esa palabra de mujer madura que yo jamás exterioricé y que tú nunca oíste porque la mía, la de verdad, te habría sobrecogido (ya te apesadumbraba), te habría hecho perder el juicio.
Thomas, ¿me crees acaso una inocente incapaz de llegar al fondo de las cosas? Estoy convencida de que, pese a todo lo que puedas expresar en esos poemas, no podrás evitar la culpa, de que tu poesía será hija del que deserta y traiciona. Ni siquiera seré yo el objeto o el pretexto de lo que escribes, sino el espíritu que te has inventado con esas rimas, una excrecencia de tu yo, una penitencia artificial creada por tu egoísmo cuarteado y algo maltrecho. Por favor, no me despiertes si he de veros, a tu nuevo amor y a ti, juntos, mientras tu penitencia descansa sobre ese poemario tan insincero, al igual que lo fueran en los últimos años los escasos cuidados, la atención que me prodigaste.
En el mejor de los casos, espero que esa losa que me cubrirá me proteja con su espesor de tus cantos sombríos. De lo contrario, sin poder moverme, incorporarme, huir, estaré obligada a escucharlos. Qué mayor tortura.
Y otra cosa de la que tampoco estoy muy segura es de que esa sombra inquietante, fantasmagórica, que se proyecta por delante de ti, cuando me ves en tus fantasías literarias, se convierta en la que yo era antes de ocupar el antiguo desván, con esa plegaria y ese ruego absurdo de volver atrás en el tiempo.
¿Cómo quieres que el tiempo retroceda, que sea una realidad aquello que es ya irrecuperable? ¿Qué disparate es ese? ¿Qué falsedad es esa si en tu vejez y a tu muerte gozarás de la mirada agradable y tierna de una mujer viva y de mente equilibrada? ¿Para qué? ¿Para recobrar en ti una juventud y una fuerza que aprovecharías para satisfacer renovados placeres? Eso no es más que incapacidad, literatura, un añadido ilusorio, extravagante, insostenible, Thomas. Una quimera que podría permitirte seguir disfrutando con esa joven sin que la hoja de la guadaña te roce ni el aliento húmedo y cálido de la bestia llegue hasta tu cuello. Algo que en el fondo no podrás, para tu tormento y amargura, evitar.
XI
En cuanto observo mi cotidianeidad en el desván remozado, me doy cuenta, de repente, de que durante catorce años mi manera de conducirme fueron movimientos en una misma dirección, desde aquellas tardes de té y pastas hasta mi inmaterialidad, desde mi hermoso cuerpo vestido de fiesta hasta mi físico envejecido, desde los primeros brotes de locura hasta este presente intolerable y sumiso.
Siento, entonces, una profunda sacudida al pensar en mi porvenir inmediato. Me gustaría hablar en futuro, claro está. Pero mi futuro estaría en una silla de ruedas, cercada de medicamentos, con una asistenta uniformada, de ostentosa cofia tras de mí, que asearía mi cuerpo embalsamado, haría como si escuchara mis monsergas de vieja momia loca y me aconsejaría con más o menos malos modos lo que sería mejor para mí, acataría sin rechistar las órdenes del doctor. Espero no tener que llegar a esa humillación, que sería la definitiva. Antes, me suicidaría.
Así es la vida y la aceptaré. Ya nada me engaña. Me da todavía la lucidez para eso. Tú vivirás tranquilo, feliz y, en breve, a mí me envolverá el eterno reposo. No sentiré apetito, deseos. No me dolerá la espalda. Con ello, no te causaré más molestias. Dejarás de oír este taconeo de muerta en pie por el parqué de la planta de arriba.
Te expongo todo esto porque siento que la arena de mi reloj vital se agota, Thomas. Oigo una última partícula que se desliza, en su leve siseo. Se cuela por ese embudo de cintura estrecha. Cae a la base de cristal transparente. Completa ese montoncito definitivo que representa mi vida, su derrumbe final. Y me recuerda que voy a poder enlazar un largo sueño, sin interrupciones, y en paz lo abrazaré, pese a todo, bajo una fría losa.
En ella, te esperaré.
XII
Como conclusión ante el telón de la vida que cae, el acecho de la memoria más profunda me lo confirma. Soy consciente de que esta alcoba quedará en poco tiempo desocupada, sordo el techo de pasos. A mi cercana muerte, guardarás, Thomas, el descrédito de esa lluvia común que compartíamos y que se te vendrá encima, con sus helados dardos. Pero a mí no me basta. He de ser valiente, probarme a mí misma que aún no me ha llegado la hora definitiva, que sigo viva. Tengo que hacerme creer que poseo un cuerpo real, que pareció con el tiempo desvanecerse poco a poco en la atmósfera apretada de silencios de este apartamento.
Eres mi querido fantasma, me repetirás en tus versos. Y es probable que lleves razón, que hayas acertado en lo de fantasma. Una sola palabra para resumir de un trazo catorce años. Así que no me queda otro remedio. Tendré que escapar de aquí, renacer que sería lo mismo que resucitar de estas cuatro paredes, reencarnarme, reafirmarme en lo que queda de mí misma, insistir en mi existencia efectiva, en mis incorregibles desatinos, Thomas, y en los tuyos.
CODA
Con la debilidad y la parsimonia del sol en este mes de noviembre y su cielo encapotado, ha anochecido en un soplo. Es la hora. Emma se dispone a bajar. Siente un profundo ardor por el interior de su cuerpo, tal vez por la fiebre. No tiene fuerzas, pero el sufrimiento, como una especie de estimulo punzante y liberador, la obliga a hacerlo.
Mientras se desviste delante del espejo grande de oscuro marco sobrecargado, se contempla en él y sonríe. Se siente mejor, más fresca cuando va colocando con esmero cada prenda de calados y encajes blancos sobre el respaldo del diván.
Su cuerpo no ha desaparecido por completo, como había especulado. Se encuentra ahí. En él se reflejan aún sus contornos reales, sus miembros y, en su sonrisa, algo amarilleada, su dentición completa.
Se da la vuelta. Camina. Palmo a palmo, se desplaza hacia la puerta medio abierta. La empuja. Llega hasta el borde de las escaleras. Descalza, comienza a marcar cada peldaño con vacilación, parsimonia exasperante y un dolor insoportable en el costado. Sin ruidos, ni siquiera el de la madera bajo sus pies, apenas aferrada a la baranda, sabe que flota y, de esa manera, desciende. Alcanza el salón comedor.
Esas luminarias que babean desde la gran araña del techo, de resplandecientes y cristalinas almendras colgantes, la elegancia de la mesa puesta con sus velas, la reciben, la sorprenden, la deslumbran. Ese otro aire que se mece en la amplia estancia le llena los pulmones de un aire conocido, cálido de lumbre encendida, gustoso de aromas a manjares y panes recién hechos.
Avanza unos pasos. En ella, no cabe la vergüenza. No la sonrojan su cuello de estiradas cuerdas, sus pechos desinflados y caídos, las venillas azules que cubren sus piernas. Los innumerables pliegues en brazos y vientre. Sus costillas marcadas sobre una piel transparente. Las pecas de sus manos enflaquecidas. Su sexo a la vista, con hilachas de un vello púbico ralo y desigual.
Frente a los dos comensales y el mayordomo, se apoya en el canapé y asienta sus fofas carnes de mujer mayor sobre el terciopelo grana. Aguarda unos minutos.
—No me extraña que no reparen ustedes en mí —resuena apenas su voz desterrada sobre las paredes empapeladas de turquesa y plata, entre lienzos de paisajes lacustres, escenas de caza y bosques poblados de ninfas, tras un intervalo en el que nadie ha advertido su presencia—. Creía que no existía para ti, Thomas. Pero en realidad no existo para nadie. Al fin y al cabo, me reafirmo en que soy invisible, una auténtica aparición.
Su marido, estupefacto, es el primero en descubrir a Emma, a su izquierda, acurrucada en el borde de ese asiento afelpado. Después, Ferguson. Por último, la hermosa chica joven que comparte la cena y charlaba distendida con su ilustre anfitrión.
A la luz de los candelabros, en torno a esa mesa de impecable disposición, flores, vajilla, copas, los tres parecen haberse convertido en hielo ante la desconcertante visión a la que asisten como invitados de piedra. Sus gestos se han solidificado en el aire. La palabra se traicionó en sus bocas abiertas. El mentón quedó suspendido en su giro hacia la anciana.
Poco, sin embargo, tarda en renovarse la escena. De repente, hay movimientos, irreflexivos o automáticos, reacciones sin palabras. Las tres esculturas que, hasta hace un momento se agitaban animadamente y luego se inmovilizaron, despiertan, cobran vida.
Ferguson balancea el cucharón y termina de servir con diligencia unas coles de bruselas junto a unas lonchas de rosbif y unas patatas asadas. La chica inclina ligeramente su rostro y estrecha su mirada en el mantel bordado, las porciones en los platos de porcelana aún por empezar, las copas de cristal labrado y los cubiertos de plata. El marido suelta el cigarrillo en el cenicero, eleva el brazo, agarra su servilleta bordada con las iniciales del matrimonio y la deja caer. Se levanta apoyándose en la silla de elevado respaldo y se dirige hacia su mujer.
—Emma, cariño, ¿otra vez? ¿A dónde vas así? Ferguson, haga el favor de traer un cobertor.
El mayordomo, sin expresión precisa que lo manifieste, abandona su tarea. Coloca los utensilios sobre la bandeja con su guarnición humosa. Se apresura. Se pierde por la puerta que da al pasillo. Trae lo que se le ha indicado lo más aprisa posible y observa cómo Thomas se inclina hacia su esposa, que permanece en silencio, inmóvil, sentada sobre el canapé de terciopelo grana, con la mirada ausente.
—Vamos, cariño.
Thomas recoge el cobertor de una camélida felpa acuosa, se lo pone por encima y toma a Emma de los hombros descarnados.
—Debes estar agotada. Tienes que volver arriba. Vestirte como es debido, medicarte y descansar. Así, lo único que conseguirás será atrapar frío, un catarro, enfermar.
Thomas se disculpa con la invitada en una mirada de condescendencia. Alza a su esposa, casi sin esfuerzo.
—Ayúdeme, Ferguson.
Seguido del mayordomo, los tres abandonan el salón. Empiezan a subir trabajosamente hasta la puerta del apartamento de la primera planta.
Conocen bien ese camino. Atareados en esa labor, no hacen sino repetir las mismas subidas y bajadas de semanas, meses y años anteriores.
Por las escaleras, el mayordomo intenta sostener el cobertor sobre los hombros de Emma. Pero en sus prisas lo único que consigue es acortarlo por debajo del cuerpo de la enferma y descubrir a la vista el odre fruncido de unas inexistentes nalgas.
En la planta alta, la madera chirría. La puerta se abre. Se oye algún gemido, expresiones descosidas. Hay pasos acompasados por el parqué de la buhardilla que, en sus crujidos, traspasan el techo de molduras de escayola, se amplían, se prolongan hasta el comedor y zumban en los oídos de la chica como una sinfonía de la desdicha.
Mientras se ocupan de Emma y la conducen hacia las escaleras, la joven se ha llevado la mano a la boca y ha abierto enormes los ojos, impresionados. Se ha girado luego y, sin disimulos, ha dejado correr unas lágrimas. Ha sentido una profunda sacudida de cuerpo, de nervios, de entrañas. Ha visto por fin ese espectro en el que no quería creer. A su muerte efectiva, ella ocupará, joven, reverdecida, amada, centro del universo, el espacio que Emma dejara hace catorce años en el lecho del renombrado escritor.
—A partir de ahora, Ferguson —desciende con claridad escaleras abajo, hasta el salón, la voz de Thomas, muy a su pesar—, no queda otro remedio. Habrá que cerrar la puerta con llave. Por fuera.
Y antes de que el mayordomo y el marido vuelvan del desván, después de medicar, meter y arropar en la cama a la mujer, para recuperar la cena donde la interrumpieron, degustar el plato principal ya tibio, continuar con los postres, las infusiones, los licores, el cigarro, la conversación, la joven, estremecida, se levanta con calculada decisión, sin prisas.
Se dirige al recibidor. Recoge su abrigo, su sombrero, sus guantes, su bolso. Abre el portón y sale al porche en un temblor que no procede del ambiente húmedo del jardín.
Thomas ha oído un rumor de pestillo y de bisagras, las de una de las hojas de la entrada que se cierran. Lo sacude una extraña sensación, una cruda advertencia.
Deja a Ferguson un instante al cuidado de Emma. Abre la ventana. Se asoma al severo relente nocturno, que penetra en la habitación como la avanzadilla helada del infortunio y hace ondear enérgicamente las llamas de la chimenea de la buhardilla.
Le da tiempo, primero, a oír un resoplido de caballerías, el arrastre de las ruedas, el tañido intermitente y agudo de la campanilla del coche de alquiler que esperaba en el jardín. Luego, a comprobar cómo se va perdiendo, al trote, hasta desvanecerse, el chapoteo de los cascos de los caballos sobre el barrizal, a través de la neblina, en la noche desdibujada e incierta.



