‘Berta’, una novela profundamente humana

Berta. Purificación García Díaz. Ediciones del Genal. Málaga, 2026. 188 pp.

Hay novelas que avanzan a través de hitos y otras que lo hacen a través de las heridas que sus protagonistas apenas dejan entrever. Berta, de Purificación García Díaz, pertenece a esta segunda categoría. Su espacio existencial no es el del acontecimiento, sino el de la emoción; no el de la acción, sino el de la memoria fragmentada, el silencio y la intimidad. Desde sus primeras páginas se respira un espacio narrativo casi brumoso, donde la amnesia, el dolor y los afectos conviven en un equilibrio delicado y profundamente humano.

El suceso que sustenta la trama es el ingreso de Berta en un sanatorio tras sufrir varios episodios de amnesia. Entre los muros de ese edificio en el que «todo está perfectamente ordenado y cada uno arrastra su trozo de carga, unos con más esfuerzo y otros, con menos», la protagonista intenta recomponer una vida marcada por el dolor de una infancia atravesada por el miedo, la culpa y la humillación provocados por una abuela en cuya casa «no se permitía la alegría» y que la responsabiliza de la muerte de su hija, la madre de Berta. Pronto comprendemos que la amnesia no es un simple recurso argumental, sino un mecanismo de supervivencia, una forma extrema de resistencia frente a unos recuerdos que amenazan con arrojarla a la locura.

En la idea de la memoria como territorio hostil resuenan ecos de grandes novelas intimistas contemporáneas. Hay algo de la fragilidad emocional que Elena Ferrante muestra en La amiga estupenda; del desgarro silencioso de Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan e, incluso, una sensibilidad próxima a La campana de cristal de Sylvia Plath. Aunque Berta apuesta por una forma mucho más contenida de expresar sentimientos y emociones. Y para ello, la autora recurre a la capacidad que tienen los silencios para narrar, aunque estos «pueden llegar a ser inquietantes y necesitas romperlo con, al menos, una palabra».

Uno de los grandes logros de esta novela es la atmósfera que se respira en ella. Todo en Berta parece ocurrir en un tiempo suspendido: los jardines silenciosos del sanatorio, las puertas que se cierran con llave, el cerezo donde la protagonista esconde el tabaco y donde se refugia con su amiga a desbrozar recuerdos, contar su rutina o, simplemente, compartir silencios. En este sentido, las descripciones de los lugares y las emociones son profundamente cinematográficas y recuerdan el cine de Chantal Akerman o Rohmer: un cine pausado, observacional, atento a la fragilidad humana y a las pequeñas vibraciones emocionales en el que la intimidad femenina y el silencio cotidiano se convierten en materia poética.

Pero si hay algo que convierte Berta en una novela especialmente conmovedora es la relación entre las dos protagonistas. Porque no es únicamente una historia sobre infancias tristes, recuerdos encostrados o memoria difusa, sino sobre la amistad entendida como refugio y reparación emocional. La amiga de Berta —curiosamente sin nombre—, y narradora de la historia, funciona como sostén afectivo y también como memoria externa de quien ya no puede, o no quiere, recordar: «Berta se refugia en mí y ella también se ha convertido en mi cobijo».

Portada de ‘Berta’.

La decisión de no dar nombre a este personaje me resulta especialmente acertada, máxime cuando su peso en la historia es determinante. Gracias a ello, se convierte en una figura universal: amiga, testigo, cuidadora, espejo… Porque ella también arrastra sus propias heridas, que descubrirá a través de Berta y de la reciprocidad emocional de su relación. Eso es, precisamente, lo que evita que la novela caiga en el tópico de la que salva y la que es salvada, y confiere a la relación una autenticidad en la que ambas se sostienen de algún modo mientras intentan comprender quiénes son al margen de la culpa y del miedo. Lo más admirable de esta novela es la ternura con la que su autora trata a sus protagonistas, incluso cuando muestran contradicciones, fragilidad o agotamiento.

Es esa relación, y los entornos en los que se desarrolla, los que dan a la narración una sensación de espejo íntimo en el que nos podemos ver reflejados porque la culpa, el miedo, el dolor y, cómo no, la esperanza materializada en pequeños gestos, gestos cotidianos que iluminan la existencia, son patrimonio universal del ser humano. Un patrimonio que Purificación García Díaz describe con una sensibilidad profundamente empática y sin artificios a través de una prosa musical, poética y suave que no busca impresionar sino conmover.

Especialmente hermoso y esclarecedor resulta el recurso de las listas de Berta: enumeraciones donde la protagonista intenta ordenar recuerdos, miedos, esperanzas —no demasiadas— y relaciones, que funcionan como pequeñas grietas de conciencia a través de las cuales desliza su identidad.

La novela posee, además, una extraordinaria sensibilidad para captar los pequeños gestos y devolverlos en forma de frases luminosas: «La traición es un sentimiento que nunca viaja solo», «Hay días en los que levantarse supone una amenaza», capaces de condensar estados anímicos complejos con una sencillez desarmante.

Y en este entramado íntimo, la música desempeña un papel fundamental. Referencias a El lago de los cisnes, «Brown eyed girl» o «Don’t Look Back in Anger» acompañan la narración como una banda sonora que amplifica los sentimientos y nos muestra que la belleza puede convivir con el dolor, como la propia Berta plantea.

En tiempos donde buena parte de la narrativa parece obsesionada con el ritmo acelerado o el impacto constante, Berta apuesta por algo mucho más difícil: la escucha. Escuchar el dolor ajeno, el silencio, aquello que permanece agazapado en la conciencia… Por eso al terminar, tienes la sensación de haber acompañado íntimamente a alguien durante un tiempo. Como sucede en ciertas películas de Rohmer o Akerman, lo importante no es tanto lo que ocurre como la huella emocional que nos deja. Purificación García Díaz ha escrito una novela delicada, profundamente humana y de una sensibilidad arrebatadora. Una obra sobre la memoria, el olvido, la amistad y la sensación de acompañamiento y protección que esta nos otorga.

Autor

  • Alicia Domínguez

    Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la UOC. 'Autora de 'El Verano que trajo un largo invierno' (Quorum Editores, 2005), 'Viaje al centro de mis mujeres' (Editorial Proust, 2015), 'Memorial a Ellas. Que su rastro no se borre' (Ed. Proust, 2018), 'La culpa la tuvo Eva' (Ed. Olé libros, 2020), 'Memorial a Ellas. Que su luz no se apague' (Olé libros, 2022), 'La ecuación de Dirac y De memoria, perdón y otros conjuros', de próxima publicación, así como coautora de '65 Salvocheas' (Quorum Editores, 2011) y 'El libro del mal amor. Caigo y renazco' (La Quinta Rosa Editorial, 2021). Articulista en el periódico 'La Voz del Sur' y en el 'Grupo Editorial Prensa Ibérica' con la columna ‘El oso cavernario’ y colaboradora habitual de las revistas literarias '142' y 'CaoCultura'.

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