Lo siguiente. Elisabeth Candina Laka. Ediciones del 4 de agosto. Colección Planeta Clandestino (nº 280). Logroño, 2025. 82 pp.
Hay poetas que parecen haber regresado de un sitio repleto de palabras; un sitio en el que han adquirido la destreza de nombrar, hasta el punto de aprender que el nombrar es anterior a la palabra. Basta señalar con el dedo eso que asombra o que estremece.
Es muy probable que Candina Laka haya llegado a Lo siguiente tras visitar ese sitio. Indicios hay de ello. Escribe la autora desde siempre en dos idiomas, o en tres, y desenvuelve su creación en discursos múltiples que, no obstante, tejen una urdimbre delicadísima en la que nada sobra. Traduce con ese talento, por ejemplo, las sextinas y villanelas de Lyn Coffin, o de la misma forma aborda el relato en textos como Mi medio pomelo, novela y poesía, silencio y voz, verbo ausente y emoción trepidante.
La propia configuración de Lo siguiente delata ese viaje de la autora. La contemplación de los árboles y de las nubes y de los pájaros (primera parte), el tarareo de paradelles y canciones (segunda) y la épica íntima de «Con dos zapatos y una piedra» (tercera) desembocan en el estuario del último poema, que anula el fluir del tiempo y condensa en cada palabra las emociones acaecidas a lo largo del libro. El privilegio para el lector de que todo cuanto ha ido sucediendo ante sus ojos sucede de nuevo ahora, en un único momento, disposición onírica del tiempo sólo posible en los sueños y en la (verdadera) poesía: «Los días que me levanto con mi pie izquierdo / sueño que soy mi hija y mi madre y la madre de mi madre y la hija de mi hija, pero no me hago un lío…».
La ecuación en estado de gracia que sostiene al libro es la que resulta de la suma del humor, la mirada infantil y la canción. Esa comprensión específica del poema no puede sino ser un devenir de la corriente más brillante de nuestra literatura, aquella que refulge con el color de la Edad de plata en las canciones lorquianas o en las greguerías de Ramón, y prosigue con los destellos inquebrantables del postismo, con los aerolitos de Carlos Edmundo de Ory, con los taconeos para sacudir la caspa de la Dictadura de la más genial Gloria Fuertes. Resolver lo trascendente y grave con la belleza de lo insignificante: «me gusta separar el predicado del sujeto, / leer cuentos de piojos, / de piojos famosos / como aquel que quiso ser actor de teatro…».
El vanguardismo esencial nunca impide el verso, nunca pone obstáculos a la cadencia antigua, ese es el secreto, especialmente mostrado en las paredelles y canciones. Como aclara la autora, «la paradelle es una forma poética que inventó el poeta estadounidense Billy Collins (NY, 1941) como parodia de la tradicional villanela. Sigue unas pautas muy marcadas que le aportan un ritmo repetitivo, aunque también ofrece muchas posibilidades para el juego, la ironía y el humor». La broma está en el mismo origen, ya que Collins arropó su estrofa atribuyéndole una larga tradición que arrancaría en las cortes poéticas francesas del siglo XI. Era una invención, pero no necesariamente una mentira, porque (como las sextinas de Lyn Coffin traducidas por Candina Laka) la villanela, nacida en la Italia renacentista, dispone los versos en una estructura tan estricta que el impulso poético de la deconstrucción se ofrece en bandeja de plata a cualquier poeta que arriesgue. Otra cosa son los resultados. El caso de Elisabeth Candina es, en este punto, brillante: tras sus paradelles se intuye una minuciosa ingeniería del verso que finalmente -¡Magia potagia!- se hace invisible para los ojos de lector, sorprendido y emocionado por el resultado, perplejo, como cuando niños nos quedábamos boquiabiertos con aquel mago que sacaba una moneda de nuestra nariz: «Cuando la luna parezca un pez globo…»
Este cuaderno-disco-juguete que es Lo siguiente ilumina muy bien esas intenciones esenciales que la editorial 4 de agosto antepone a cualquier mercantilismo literario, a saber: desarrollar la memoria y la imaginación, cultivar el gusto por las cosas bellas, ampliar nuestras posibilidades comunicativas o acceder mediante la poesía a otra forma de conocimiento «que no surge de una comprensión intelectual de la realidad, sino del sentimiento de estar implicado en ella». Así lo hacemos leyendo Lo siguiente, libro con las palabras estrictamente necesarias para no interrumpir la emoción, juguete delicado que, más que leer, se contempla, ojo de buey que se abre a olores y sabores, interrogación amable sobre nuestra naturaleza lingüística. Así como «la forma del agua / acoge mi forma / ¿Cuál es anterior?», lo mismo ocurre aquí con la palabra, sonora porque antes fue canción.


