‘Los hexámetros perdidos’ o el viaje que nunca termina

Los hexámetros perdidos, José-Reyes Fernández. Aliar Ediciones. Granada, 2026. 406 pp.

Hay novelas que cuentan una historia y novelas que, además, nos recuerdan por qué la lectura es un acto mágico. Los hexámetros perdidos, la nueva obra de José-Reyes Fernández publicada por Aliar Ediciones, pertenece a esta segunda categoría. Dividida en quince cantos, sus casi cuatrocientas páginas son un tributo a la buena literatura, a esa que atiende al fondo y a la forma, que te sumerge en un mundo de aventuras que, no por conocido, resulta menos sorprendente, y que consigue que Homero, Cervantes y el realismo mágico se sienten a la misma mesa sin disputarse la cabecera.

José-Reyes Fernández, nacido en Guadarranque en 1957 y profesor de Historia e Historia del Arte hasta su jubilación, vuelve a situar la acción de su novela en Gimarán. Por ahí desfila un circo errante, las guerras carlistas, la invención de un sistema de escritura por parte de «toda una escritora analfabeta» que espera la vuelta del marido enrolado a la fuerza en las filas conservadoras que defienden a don Carlos, relaciones familiares complicadas, muertos que siguen ocupando un sitio de privilegio en la casa y mitos griegos que cruzan el tiempo para reencarnarse en otro Odiseo, otro Telémaco, otra Penélope…

Con una prosa riquísima —confieso que he tenido que consultar el significado de algunas palabras— y una escritura precisa, José-Reyes construye una narración exigente, pero nunca gratuitamente difícil. La riqueza léxica no es un escaparate en el que exhibir virtuosismo sino la herramienta con la que construye un mundo fantástico que te atrapa de principio a fin. Hay palabras que huelen, suenan y saben a lo que nombran con una potencia arrolladora.

También la estructura está pensada con gran tino. Los cantos, capítulos, se inician con el pasaje de la Odisea que inspira lo narrado y las citas de Homero, Cavafis, Borges, Alberto Manguel o Alejo Carpentier anuncian el diálogo con la tradición. Pero Los hexámetros perdidos no traslada mecánicamente el mito homérico al siglo XIX, sino que lo mezcla con el Quijote, la picaresca, la novela de caballerías y el realismo mágico, creando algo nuevo.

Ulises Quijano Manilva es el Odiseo del siglo XIX. Hijo de Orestes Quijano, que lo educó en el amor a los clásicos, ha leído tantas veces la Odisea que termina interpretando su propia vida a través de ella, como Alonso Quijano confundió los caminos de La Mancha con los escenarios de los libros de caballerías. Reclutado contra su voluntad por el capitán Roque Belano, vivirá lo que nunca imaginó que viviría por más que su mente febril fabulara aventuras. Y temiendo no volver lega a su hijo su libro de cabecera, la Odisea, y con ello, completa su herencia: además de apellidos, tierras y secretos, le lega relatos con los que comprender el mundo. 

Frente a él está Helena, reencarnación de Penélope y, a mi juicio, el personaje más hermoso de la obra. Criada analfabeta con vocación de escritora, enamorada de un hombre cuya familia nunca la consideró digna de él, no se limita a esperar su vuelta, sino que sostiene la hacienda, gobierna la ausencia y, para llevar la contabilidad de cosechas, trabajadores, enseres y rebaños, inventa un sistema de escritura propio en el que cada cosa «encontró el dibujo o signo que, sin riesgo de confusión, mejor lo describiera». Hay algo profundamente emotivo y a la vez transgresor en esta mujer que, lejos de aceptar los preceptos impuestos a los de su clase, coge las riendas de su destino y se atreve a nombrar el mundo mediante un alfabeto con el que consigue colmar el ansia que todo ser humano tenemos, el de permanecer y dejar constancia de que estuvimos aquí. Gracias a los cuadernos que Helena escribe año tras año, su hijo Telémaco conocerá a su madre y sabrá qué ocurrió en El Rocadillo durante los años en que la marcha de su padre dejó el tiempo detenido.

Y rodeando a los personajes principales están otros que no decoran la trama, sino que la multiplican: El Mago Pelardo; Sardigueras, dueño del circo que cada año recala en Guimarán con un prodigio mayor, tal como un telescopio que permite mirar las estrellas y descubrir que «no somos nada más que un grano de arena en el universo»; Carola Manilva y Orestes Quijano, los abuelos de Telémaco; Leónidas, Aquiles, Minerva, Valeria, Amelia, Luisa y Adriano; un cardenal niño embalsamado y un ángel adolescente igualmente momificado. Una familia fantástica, tierna y, a ratos, grotesca, en la que vivos y muertos conviven como en otras casas se coexiste con un mueble heredado del que nadie se atreve a desembarazarse.

Parte del sentido de esta obra está en la búsqueda incesante del ausente y, con ello, en la de una identidad que ha de construirse con versiones ajenas, cuadernos heredados y una esperanza que se va desgastando. Mientras tanto, Helena se aproxima a «la peor de las viudedades»: la que no tiene un cuerpo que velar ni una tumba a la que llevar flores —pocas imágenes explican mejor el dolor de quienes esperan a los desaparecidos— mientras el tiempo pasa y sobre ella se cierne la amenaza de «permanecer eternamente anclados en el tedio sin remisión de un presente sin futuro en el que siempre es todavía». En este sentido, José-Reyes maneja un tiempo circular en el que el pasado irrumpe en el presente, los mitos regresan con otros nombres y los hijos repiten o corrigen los viajes de sus padres.

Y en esa galería de personajes y situaciones se perciben ecos de García Márquez, Juan Rulfo o Faulkner, pero Guimarán y quienes lo habitan poseen identidad propia. El realismo mágico de José-Reyes no añade maravillas a la realidad: la mira para descubrir cuánto tiene ya de prodigio, de crueldad y de hermosura. Y ello, mezclado con una fina ironía que impide que la densidad verbal aplaste el relato. Y, así, habla de Homero o del nacimiento de la escritura y, unas líneas después, nos devuelve a la cotidianeidad más simple con la naturalidad de quien hace gala de un gran oficio literario.

Porque, aunque Los hexámetros perdidos rebosa de aventuras y personajes, pienso que su verdadera razón de ser es la literatura: los libros como refugio, herencia, brújula y también como forma de delirio. Libros que transforman a Ulises del mismo modo que transformaron a Alonso Quijano; que pueblan la cabeza del tío Adriano, convencido de que la «combinación de lecho y libro» es la idea más atinada de hogar; que ayudan a un hijo a buscar al padre y permiten a una mujer analfabeta dejar testimonio de sí misma. «Los libros nos prestan sus vidas para que podamos vivir en ellos al mismo tiempo que nosotros también le damos vida al vivir con ellos», escribe José-Reyes. Pocas frases resumen mejor lo que nos regala la lectura: entramos en un libro para vivir otras vidas y, cuando salimos, la nuestra ya no es exactamente la misma.

De todos los capítulos, mi preferido es «Telémaco y la Paideia» porque en él se concentran muchos de los conflictos que atraviesan el libro: la herida de clase, el amor materno que sabe apartarse para que un hijo avance, la educación como legado, el reencuentro entre generaciones y la posibilidad de que los afectos abran una puerta donde el orgullo levantó un muro. Pocas veces una escena de aprendizaje demuestra con tanta fuerza que educar no consiste únicamente en enseñar a leer sino, también, en mostrarle a alguien qué lugar puede llegar a ocupar en el mundo: «Solo entonces comprenderás la plenitud de lo realizado, entenderás la obstinación del círculo y cómo ese viaje se puede hacer sin moverte del paisaje que te contempla y eso justificará tu vida».

Los hexámetros perdidos es una novela ambiciosa, exigente y profundamente bella. Una obra que se lee como epopeya, saga familiar, homenaje a los libros y reflexión sobre la capacidad de la palabra para rescatar del olvido lo que el tiempo pretende borrar. José-Reyes Fernández ha unido el mundo homérico, la tradición cervantina, la historia contemporánea de un país y la íntima de una familia en una empresa que él mismo reconoce complicada: «forzado empeño es para mí tratar de hacer algo nuevo de algo tan antiguo», para regalarnos una obra maestra en la que emoción, prodigio y memoria se dan la mano. Después de leerla, una comprende que aquellos hexámetros no estaban perdidos, solo esperaban a que alguien supiera encontrarlos.

Autor

  • Alicia Domínguez

    Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la UOC. 'Autora de 'El Verano que trajo un largo invierno' (Quorum Editores, 2005), 'Viaje al centro de mis mujeres' (Editorial Proust, 2015), 'Memorial a Ellas. Que su rastro no se borre' (Ed. Proust, 2018), 'La culpa la tuvo Eva' (Ed. Olé libros, 2020), 'Memorial a Ellas. Que su luz no se apague' (Olé libros, 2022), 'La ecuación de Dirac y De memoria, perdón y otros conjuros', de próxima publicación, así como coautora de '65 Salvocheas' (Quorum Editores, 2011) y 'El libro del mal amor. Caigo y renazco' (La Quinta Rosa Editorial, 2021). Articulista en el periódico 'La Voz del Sur' y en el 'Grupo Editorial Prensa Ibérica' con la columna ‘El oso cavernario’ y colaboradora habitual de las revistas literarias '142' y 'CaoCultura'.

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