A quién pertenece el cuerpo de las mujeres II: Helena

Carmen Machi como Helena en Juicio a una zorra. Foto cedida.

Con la «previsible» Odisea de Nolan resonando aún, ya con empacho, en las redes sociales, en los corrillos cinéfilos y en la prensa escrita, acudo por tercera o cuarta vez a una de mis obras de teatro favoritas de los últimos tiempos, para recuperarme de tanta sosería y tanta puesta en escena heteruza –como dice María Guerra–, sin un ápice de roce no normativo, sin ningún elemento no ortodoxo que nos haga exclamar: ¡por fin! Con tantas omisiones importantes y, de nuevo, tanta pleitesía a un héroe que, en realidad, perdía agua por muchas grietas y en cuyo personaje se aprecia más el ruido que las nueces.

La obra a la que me refiero es Juicio a una zorra, que tiene ya unos añitos (2011), pero es fresca y vibrante como si la hubieran estrenado ayer. Si no la han visto, aunque sea en una plataforma virtual, créanme, se están perdiendo una obra peculiar e interesante. El dramaturgo Miguel de Arco es el autor de esta versión acertada, coherente y femenina (sí, he escrito femenina) que, en mi opinión, aporta algo que no está reñido con la diversión y el placer del teatro: sentido común. Codirigida por Clara Roquet, esta obra no sólo despliega el discurso psicológico de una mujer vejada, maltratada e ignorada, enjuiciada sin razón, sino que para los amantes de la mitología y el mundo clásico, supone también un repaso magistral por la obra de Homero.

Si el bardo fue uno sólo o unos cuantos, o fue o no una mujer, como hipotetizó Samuel Butler, es algo que no me quita el sueño. Otro ocultamiento más en la historia de la literatura. Nada nuevo, pero imposible de demostrar a todas luces. El hecho de que Circe se muestre fascinante, sabia y erótica, y no una bruja con verrugas, no me hace pensar en un nuevo arquetipo para la diosa, ni me da una mínima pista de que no lo construyera un hombre. Tampoco que Nausicaa, salvadora de Odiseo cuando naufraga en su isla, fuera el propio autorretrato de la supuesta autora, adolescente e impetuosa. Creo que Butler, simplemente, lanzó un órdago a ver qué sucedía. En todo caso, no lo sabremos nunca con certeza.

Pero, no quiero desviarme. Como decía, en la obra que he mencionado, Helena de Troya –o de Esparta, como gusten–, hecha carne y más tangible que nunca, resucitada o traída al mundo actual por la poderosa Carmen Machi, reclama el derecho a ser escuchada y juzgada como mujer, madre y esposa, a sabiendas de que, a pesar del avance de los siglos, de la aparente superación de ciertos tabúes y del cambio de mentalidad de una sociedad como la nuestra –que presume con la boca pequeña de haber superado las desigualdades, el machismo y la misoginia–, va a ser nuevamente condenada.

Como un obús vestido de rojo y subida a unos tacones que duplican su altura, Machi irrumpe a bocajarro en el escenario como una verdadera diosa, en la piel, entrada en años y ajada ya, de la que fue considerada la mujer más bella, incluso para Afrodita. Aparece con un deseo ansioso reventándole las costuras del vestido de reivindicar con la palabra –la suya, la que nunca hemos escuchado–, la vejación y el daño sufrido a manos de los “hombres de su vida”: Teseo, su brutal violador; Menelao, su viejo y decrépito esposo que jugaba a ser hombre con su frágil esposa de sólo catorce años; Zeus, su padre ausente, y Paris, su único amor, aunque con una estrategia bien clara que no tenía nada que ver con este sentimiento, y que se desinfla como un viejo globo en el último momento. Más que ser juzgada, que nadie lo merece, lo que ansía es ser escuchada, con su dolor, su pena y su desdicha, con sus aciertos y sus errores.

Helena-Machi, deslenguada, abrupta, feroz, con un discurso hondo, estremecedor y, en ocasiones, desaforado, guiñándole incluso un ojo al mismísimo Quevedo: “Seré polvo, mas polvo enamorado”, no pretende otra cosa que el imposible olvido. Y eso es, precisamente, lo que intenta, en un impecable monólogo donde se descarna hasta la médula.

En su Elogio de Helena, Gorgias escribió: “La palabra es un poderoso soberano, que con un pequeñísimo y muy invisible cuerpo realiza empresas absolutamente divinas”. O lo que viene a ser lo mismo: «la pluma es más poderosa que la espada»,  un tópico literario acuñado, si la memoria no me falla,  por el autor inglés Edward Bulwer-Lytton, pero que cobra en este contexto un aspecto de sentencia. Y, ¿de quién suele ser la palabra vertida al mundo en forma de crónica, de historia, narración o poema épico…? –pregunta Machi a un público hierático-. La historia, por supuesto, pertenece a quien la escribe, a quien la interpreta a su voluntad o beneficio, según las tornas. Y ese quien la cuenta con ese sesgo de verdad que tienen las únicas versiones que, a menudo, si no realizamos un trabajo casi de arqueología escarbando en las profundidades de otros textos no tan conocidos, tenemos de los hechos históricos.

No hace falta regresar a la Troya y a la Esparta de Odiseo, Menelao, Príamo o Héctor para entender a la ensalzada y vilipendiada, a partes iguales, Helena. No es necesario acudir a la literatura griega, o a la renacentista, o incluso a la de un pasado no tan lejano, plagada de misoginia y de miedo disfrazado de odio misérrimo hacia las mujeres, para entender las numerosas contradicciones de esta historia que nos han contado los hombres.

Aristóteles, Tomás de Aquino, Nietzsche o Weininger, por mencionar sólo algunos de los más altos filósofos que nos ha dado la historia, a los que seguimos considerando referentes de pleno derecho y cuyas corrientes de pensamiento nos parecen iluminadoras y revolucionarias, no poseían conocimiento alguno sobre la mujer más allá de su temor y su prejuicio.

A la mujer se le brindaba el mínimo respeto sólo por ser la compañera doméstica del varón y la “dadora de vida”, sin tenerla en cuenta más allá de su faceta reproductiva y decorativa. Una vez casada, la mujer en la cultura antigua deja de ser libre, dueña de su cuerpo, de su vida y sus decisiones, para ser la esclava sumisa de su marido.

En pleno siglo XXI, aún nos toca a las mujeres defender ese territorio falsamente conquistado, ambiguo y fangoso, donde ellos –los privilegiados– y nosotras –las que permitimos esos privilegios– aún parecemos desempeñar los mismos roles, cometer los mismos fallos y repetir las mismas necedades. Esto es: ellos, valientes, fuertes, racionales, dueños de un autocontrol y una gestión emocional que parece digna de envidia, con un fácil acceso a los puestos de poder y sin trabas para desempeñar su profesión. Nosotras: charlatanas, vengativas, reivindicadoras, volubles, incapaces de controlar ese poderoso caudal emotivo que tan peligroso parece resultar, sostenedoras de esa estructura invisible e impecablemente construida a base del sometimiento y la manipulación de siglos y siglos de injusticia, que les permite a ellos crecer y resulta imprescindible para el buen funcionamiento de este mundo: el patriarcado.

Esto, como en todas las crisis, se hace más patente en las guerras como la que nos ocupa, donde las mujeres, en su papel de estabilizadoras para que todo siga funcionando, cuidadoras de los que se quedan y de los que regresan, protectoras del hogar y de la familia procurando que nada falte, somos las que siempre salimos peor paradas, porque somos, además, territorio de conquista y premio para el vencedor.

Carmen Machi en una escena de ‘Juicio a una zorra’. Foto cedida.

El contexto del teatro griego y sus tragedias se nos propone como un marco social idóneo para el juicio femenino. Un espacio educativo de adoctrinamiento que, con frecuencia, planteaba en sus argumentos el inicio y la resolución de una crisis causada por una muerte, adulterio, exilio, guerra o por la ruptura de leyes tradicionales. Estas crisis eran causadas normalmente por los otros, ese cajón desastre de la ciudadanía ateniense –y la nuestra- que incluía al colectivo de esclavos, a personas extranjeras y, por supuesto, a las mujeres: Creúsa, madrastra asesina; Fedra, «loca» de amor; Medea, la matricida; Medusa, violada y condenada de por vida por ser bella, y asesinada, finalmente, a manos de Perseo. En un orden patriarcal como el de la sociedad ateniense, era lógico justificar los conceptos denigratorios que acompañaban a la figura de la mujer en las representaciones teatrales como portadoras del peligro de la emoción descontrolada y de una irracionalidad genética.

Una sociedad que, como todas a lo largo de la historia de la humanidad, nos revela también a través de sus hechos, que tiene una necesidad imperiosa de la mujer, de lo femenino, pero que, al mismo tiempo, se ve en la obligación de contener y controlar para reprimir su “desorden”. Eso sí, reconoce su enorme poder cuando admite sucumbir al encanto de sus pasiones, subordinándose a ser débil ante el más débil de los sexos.

Volviendo a la obra de Miguel del Arco, Carmen Machi pone voz a una Helena que parece “contar la verdad” con una racionalidad y una cordura admirables, frutos inequívocos del paso del tiempo y de una mirada retrospectiva crítica y objetiva. Esta singular Helena, llena de arrugas, alcohólica y rebosante de amargura, nos hace voltear el rostro hacia los clásicos para revisitarlos y pasarles un poco el trapo del polvo, con los ojos de quien no tiene en su mano el poder de defender lo que es más suyo: su verdad, su versión de los hechos, ni más ni menos acertada: su versión. Los ojos de quien revisa la historia sin el sesgo del patriarcado, del afán de poder, de inmortalidad, del orgullo y del egoísmo, del ansia por construir una historia de súper hombres, de héroes y de vencedores.

Este bar de copas, donde Helena alza su rencor hacia Zeus, que se revuelve como una víbora ante las palabras de recriminación de su hija, se convierte casi en el ágora perfecta donde se pone en juego en total desnudez; ella sola como única testigo y como única defensa, sin tapujos ni falsas correcciones, como quien rasga un velo, poniendo de manifiesto sus errores y sus escasos aciertos, y exige, nada menos, que ser escuchada en un espacio –lugar de ámbito público de encuentro de los ciudadanos “hombres”- donde las mujeres no tenían voz. Abre, en el centro del ágora improvisado, la caja de Pandora –nunca mejor dicho- y deja escapar todos sus demonios, purgándose con néctar y sabiendo de antemano que está condenada a un nuevo e implacable juicio, y lo que es peor, al desprecio eterno.

Helena ha sido más que juzgada a lo largo de la historia de la filosofía y la literatura. Echen un vistazo a los clásicos y a los no tanto. Ovidio, nos deja en sus otras Heroidas, una especie de final abierto para que el lector supla lo que no se dice pero que ya es sabido: Helena, como humana que es, se proclama decente y esposa fiel, pero al mismo tiempo le tiemblan las rodillas ante la proposición de Paris y se imagina en Troya. Rechazada por el pueblo, sí, pero amparada en los brazos de su amado y disfrutando de su poder y de sus riquezas. Todo un entramado psicodramático que culmina con el impulso –obviamente- irrefrenable del amor y de la aventura.

En la Edad Media, gracias a la amplia recepción que tuvo la materia troyana a través de Dictis Cretense y Dares Frigio, que nos cuentan, medio en broma medio en serio, haber sido testigos oculares de la contienda, nos proponen a una Helena que “consiente” su rapto y que, al terminar la guerra, vuelve a los brazos de su marido en señal de arrepentimiento. Ya en nuestros días, Marguerite Yourcenar, también la retrata como una frívola arpía que se pinta los labios mientras la guerra azota Troya. Luciano de Crescenzo tampoco la cubre de elogios: “Helena es una prostituta, de la que cuentan que fue la causa de que Deífobo muriera a causa de Menelao, y que cuando éste se abalanzó sobre ella para matarla con su espada, se soltó la túnica de seda y exhibió el cándido seno….” .

De esta forma, los textos antiguos dialogan con los modernos, y Helena va adquiriendo significados según la época de que se trate: esposa fiel, adúltera, chivo expiatorio y por lo tanto culpable; símbolo sexual, meretriz, vampiresa, y un inacabable etc. Es decir, el personaje se desmitifica y se vuelve a mitificar contrayendo nuevos valores simbólicos.

Pero, Helena-Machi se pregunta: ¿de verdad creen ustedes que yo en algún momento fui dueña de mi destino? Y aquí, podemos detenernos en algunos autores que focalizan en la palabra, en el lenguaje, el absoluto poder masculino sobre el femenino, y la nula implicación que han tenido las mujeres en la historia, no solo para decidir, sino ya para poder expresarse, narrar y escribir los hechos históricos.

Según George Simmel, “la cultura en general como ha existido hasta ahora, es unilateralmente masculina. Hasta el lenguaje está saturado de influjos masculinos, cosa muy a considerar, porque las palabras llevan consigo una valoración implícita, una nota de valor o de desvalor que recae sobre lo que nombran, de manera que hasta el mismo lenguaje subraya y destaca positivamente lo masculino en la cultura”. Para Ernst Bergmann, conocido como el filósofo alemán que se oponía más ferozmente al patriarcado, “este predominio cultural del varón, que llega a ser casi una exclusión del principio femenino, reconoce su origen histórico en una verdadera rebelión de los varones contra la autoridad femenina”.

Helena –rubia, negra o pelirroja-, la casquivana, la zorra –y casi doscientos apelativos más para definir puta, que nos encontramos en el DRAE-, la que se ensalza y luego se humilla, se aparta de la oratoria oficial para verbalizar, con un toque de sarcasmo e ironía, la otra cara de la moneda con la pasión y la furia de quien siente que se le ha ignorado durante siglos y que se ha construido un personaje donde no se reconoce. Helena quiere expresarse, significarse, ser, pero sin dejar por ello de cuestionarse.

¿Ella, motivo de una de las guerras más cruentas de la antigüedad? ¿Ella, arma de destrucción masiva que detona el caos, no sólo de Troya, sino de pueblos cercanos con toda la furia del poder de los hombres?

“Yo solo tomé una decisión, posiblemente la única que tomé en mi vida. La de amar a un hombre por encima de todas las cosas. Los hechos que le siguieron fueron decisiones de hombres poderosos, obsesionados con la posteridad y la riqueza”, nos dice, con el rímel corrido, los ojos llenos de lágrimas y la mirada perdida.

Ay, el amor, ese sentimiento tan lleno de disfraces… San Pablo, otro misógino de manual, ya nos lo sermoneaba en su primera carta a los Corintios con todo lo que las mujeres íbamos a tener que hacer y aguantar en su nombre. Qué bien lo hemos aprendido a lo largo de la historia y cuánto esfuerzo nos está costando desaprenderlo.

Autor

  • Julia Bellido

    Julia Bellido (Jerez, 1969) es humanista y traductora. Ha compaginado su oficio de escritora con el estudio del feminismo en la historia de la antropología, la literatura y el arte. En 2009 publica la plaquette 'La decisión de Penélope', con la Asociación de mujeres progresistas Victoria Kent. Le siguen 'Mujer bajo la lluvia', su primer poemario (Canto y Cuento, 2013), 'Las voces del mirlo' (Renacimiento, 2018) y 'Hojas de Ginkgo' (Cypress, 2020). En 2023, tras un giro de timón en su travesía poética, publica 'Desobediente' (Garvm), al que le sigue 'Lucernario' (Garvm, 2024). Su última publicación es 'Flor de calabaza' (La Garúa, 2025), que es su primera incursión en las formas poéticas del Tanka y el Haiku.

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