El zapato de Alfonsina

Cartas al siglo XX. 25 de octubre de 1938, martes.

Los signos siempre afloran, pero raras veces se perciben. Yo no supe verlos. Lo mismo ocurre con la muerte. Dicen que está a la vuelta de cualquier esquina, pero uno camina hacia delante, cruza las travesías y no se detiene nunca en los vértices. Es lo que me ocurrió. Los indicios también se amontonan, entreverados unos y otros. Los opuestos a la vida se agazapan. No es que cueste descubrirlos, es que tampoco se desea desenmascararlos. Se manifiestan por sí mismos, pero después… se multiplican. Abruman con su magnitud. El problema es preverlos con anterioridad, cuando afloran imperceptibles mientras quien camina cruza por delante.

Yo la recordaba durante el viaje a Montevideo, unas semanas antes, en verano. Fue en enero. La miraba y solo contemplaba infinitud. La maleta hacía las funciones de mesa y sobre ella revoloteaban los papeles donde escribía su conferencia, abstraída de ruidos e incomodidades. Cada párrafo redactado lo declamaba una y otra vez, hasta que le parecía impecable. La voz, que brotaba con emoción, transformaba los instantes triviales de un viaje en vívida pureza. Le habían avisado sin tiempo para preparar su intervención, que escucharon desde el estrado sus dos compañeras durante el acto, Juana Ibarbourou y Gabriela Mistral, y tantas personas en el teatro, que luego aplaudieron a rabiar. Y allí se encontraba mi madre, brillante, irradiando fulgor. Desde los bastidores no le quitaba ojo. Resplandecía. Juana y ella con la misma edad, Gabriela solo pocos años mayor. Entre las tres encarnaban un continente que emergía con voz de mujer. No hay ningún motivo ahí que estorbe la felicidad de vivirlo. Era lo que pensaba justo antes de que se despeñaran aquellos días aciagos en Mar del Plata. No supe ver ningún síntoma pernicioso en su carácter aquellos días de una, pensé, acogedora primavera.

Foto de J.A. Cilleruelo.

Poco antes había aparecido Mascarilla y trébol. Un libro estremecedor. Mi madre, pletórica de sí misma, se presentaba en él retorciendo el cuello nada menos que a Cupido: «He aquí que te cacé por el pescuezo / a la orilla del mar, mientras movías / las flechas de tu aljaba para herirme / y vi en el suelo tu floreal corona». Tanto como había sufrido de amores, ahora era el amor quien padecía su ira. Veía en ella signos de vida por todas partes. En el libro me dedica un poema. Un soneto blanco de los que había empezado a escribir para avanzar en sincronía con su tiempo. A veces me recito a mí mismo, para imaginarme cuando estábamos solos en el mundo mi madre y yo, uno de los cuartetos: «Lo acunas balanceando, rama de aire / y se deshace en pétalos tu boca / porque tu carne ya no es carne, es tibio / plumón de llanto que sonríe y alza». No sé muy bien por qué se empeñó en ir a Mar del Plata aquella primavera, donde los recuerdos atravesaban de noche las calles de su memoria y como borrachos vocingleros no la dejaban dormir. El que sería el aciago octubre.

Fifí siempre la apaciguaba. A mí me gustaba acompañarla hasta Puerto Madero cuando decidía ir a verla. La contemplaba después a lo lejos, en la popa del barco, buscándome con los ojos entre los pañuelos que se agitaban a mi alrededor. Un viaje que, si el día acompañaba, daba gusto hacerlo en cubierta, con la sal del mar en la piel. Luego, sabía que al llegar a Sacramento un carruaje estaría a su espera. La playa del Álamo, la playa de Colonia, su favorita, con todos los recuerdos del verano en su extensión. Un leve paseo de ida al que la orquesta del mar ambientaba con sus melodías. Era lo que deseaba también yo para aquellos días de mamá en los que necesitaba salir de Buenos Aires. Le escribió una nota a Fifí. Fifí le respondió que mejor no. Tenía un compromiso, esperaba visitas. Como cuando se va a dar un paso distraído y de repente se descubre que ya no hay camino delante, solo una escarpadura en el terreno.

La acompañé aquel martes, día 18, hasta el alojamiento balneario en Mar del Plata. En la calle Tres de Febrero. Era huésped conocida. Y apreciada. A mi madre la adoraban en todas partes. La amistad brotaba de su trato como los caños en las fuentes. También podía estar a gusto en La Perla, era lo que supuse. La ciudad quedaba a su espalda si se sentaba a contemplar el perenne océano. Así también era como entonces yo pensaba a mi madre. Que seguiría estando ahí, donde había estado siempre. En Celinda, la mucama que velaba por su cuidado, teníamos confianza. Me gustaría conservar recuerdo explícito de cada una de las horas que ese día pasé con mi madre. Ahora las anotaría en este papel, cada hora con su contenido de gestos y palabras. Pero quería regresar pronto a Buenos Aires y las manecillas del reloj solo rodaban para mí con ese propósito, sin que ningún otro me hiciera despertar del letargo. Recuerdo solo, porque insistió en ello, aunque como insistía siempre, que me rogó que la escribiera. Usó ese verbo, «te ruego», y no otro, y tampoco aprecié esa señal. Le escribí. Una carta al día siguiente, miércoles. Otra, el sábado. Quizá ella esperaba de mí que le enviara una carta cada día de aquella semana, que creí una semana más, sin pensar que para ella era la última batalla consigo misma. La que perdería.

El martes 25 de octubre, por la mañana, sin conocer aún el feroz designio que arrastraba la fecha, hablé por teléfono con el hotel. Dijeron que mi madre seguía en su cuarto, descansando. Le habían subido el desayuno a primera hora, pero aún seguía dormida y no habían insistido. En aquel momento, sin saber por qué, me quedé con las ganas de cruzar con ella unas palabras telefónicas, apresuradas siempre, intensas de tan breves. Pero regresé sin más a mis quehaceres. El paso del tiempo desapareció de nuevo de mi mente hasta que unas horas después, cuando más embebido en mis asuntos me encontraba, otra llamada telefónica desde el hotel me zarandeó de repente de una manera brutal y a partir de unas pocas palabras, casi inocentes, «han encontrado su cuerpo flotando en el agua», todo empezó a temblar a mi alrededor. La creí dormida cuando ya estaba ahogada. En la playa de la Perla, unas horas más tarde, a la brutalidad de las palabras tuve que añadir una imagen devastadora. En la escollera, un zapato se había quedado atrapado entre unos hierros que sobresalían. Me pidieron que lo identificara. Y era, sin ninguna posibilidad de duda, el zapato de Alfonsina Storni, mi madre.

Imagen de portada de José Ángel Cilleruelo.

Autor

  • José Ángel Cilleruelo

    José Ángel Cilleruelo (Barcelona, 1960) es escritor y crítico literario. Su obra poética ha sido antologada en 'La mirada' (2017). Es autor de varias novelas —entre las que destacan 'El visir de Abisinia' (2001) y 'Al oeste de Varsovia' (2009)—, diversos volúmenes de diarios, el último 'Azada de jardín' (2023). Mantiene blogs de creación literaria ('El visir de abisinia'), de crítica literaria ('El balcón de enfrente') y de prosa memorialista ('Ventanilla de vagón').

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