‘Una casa que fuera mar abierto’. Foto de Julia Bellido.
La primavera llega, como casi siempre, con temporal de levante, aquí, en el Sur del Sur. Paseo, con el viento en contra, por la gruesa y agradable arena de una de las calas de Roche, que me recibe siempre con un espectáculo de olas inmensas que rompen sobre un grupo de rocas que se alzan como fieros mascarones de proa, desafiando la fuerza de las mareas y dándole al paisaje un tono agreste y salvaje. El levante siempre me ha parecido un viento malhumorado y fiero. Parece que se alza del suelo y te sacude por los cuatro costados, como si soplara en todas las direcciones, caliente y seco, tumultuoso.
Nos dice Irene Vallejo: “El viento es el embajador de lo invisible. Nos azota, nos despeina, nos inclina, nos lanza arena a los ojos, pero escapa a nuestra mirada. Bajo sus soplos, un universo quieto se pone en movimiento. Los habitantes de regiones ventosas sabemos de su espíritu fantasmal cuando crujen los árboles de la calle, vibran las ventanas como temblando de miedo, se escuchan gemidos bajo las puertas y los portazos suenan como disparos”. Está describiendo perfectamente al cierzo, que sopla en su Zaragoza natal, pero podría estar describiendo igualmente a nuestro levante o al terral malagueño. El viento nos condiciona la vida y nos trastorna, provoca cefaleas y malestar, de ahí el dicho “tengo la cabeza como un bombo”, cuando viene a visitar por el Estrecho la bahía de Cádiz.
Aquí, no obstante, en este reducto paradisíaco de esta pequeña cala, estoy protegida de las rachas fuertes y busco un sitio tranquilo para sentarme a leer un rato al amparo de un pequeño acantilado de arenisca roja, tan característica de la zona, y que produce ese bello contraste cromático con el azul turquesa del agua. Extiendo una toalla y me apoyo sobre la arena tibia. No hay bañistas –el agua está bastante fría aún, estamos a finales de marzo- y apenas dos o tres personas pasean a esta hora de la mañana con sus perros chapoteando en la orilla.
Saco una manzana del capazo, las gafas, un sombrero de paja y el libro de Lola Irún, Cabaña mínima, publicado en 2024 por La Garúa. Es un libro que, a priori, se presenta con una estructura interesante, pues está divido en dos partes, una en prosa y otra en poesía, y ambas se leen en sentido contrario. Al igual que a Lola, me interesan las casas, cabañas y chozas de los escritores y escritoras que, a lo largo de la historia de la literatura las han utilizado como refugio –o lugar de escritura- o, simplemente, han querido hacer una pausa en sus vidas y retirarse, como Thoreau, a vivir deliberadamente y poner sobre el papel las impresiones que la buena compañía de la soledad y el aislamiento del mundo proporciona. Me detengo en una de sus primeras páginas y encuentro este párrafo que me atrapa al instante: “La poesía, si atiende a la intemperie del ser, al secreto de las cosas, al componente sagrado que las conforma, si orilla el margen de lo indecible, puede ayudarnos a vivir en el mundo como se habita en una casa”. Habitar y habitarse, con la poesía como razón de vivir, como explicación, como justificación, como respuesta. Es cierto que la poesía nos habita, y es capaz, también, de ser casa que habitar.
La escritora hace un repaso bastante completo, con una prosa muy poética y reflexiones que viran a lo filosófico, por casas de escritores, pintores, escultores y artistas en general, filósofos y pensadores. Dedica un precioso capítulo, cómo no, a una de las cabañas más entrañables y que más significado han tenido en mi vida literaria y personal, la de Walden Pond, en Concord, Massachusetts, donde Henry Thoreau vivió desde 1845 hasta 1847, en autosuficiencia, de forma rudimentaria y con lo estrictamente necesario para sobrevivir. En esta cabaña, solo, dependiendo únicamente de sus manos y su trabajo para su subsistencia, no sólo se descubre a sí mismo en relación con la naturaleza y el universo, reafirma su pertenencia al mundo natural como una pieza más del tejido terrestre, alejado completamente del pensamiento antropocéntrico predominante y, sobre todo, escribe su obra fundamental, Walden.
No obstante, hoy no quiero hablar de mi querido Henry, sino de otro Henry. En esta maña azul, donde casi me llega al rostro el estallido efervescente de las olas de este océano que tanto amo, y que también es para mí un lugar habitable y donde habita la poesía, quiero hablar de otro naturalista y pensador que no era, precisamente, muy admirador de la obra de Thoreau ni de su persona, de hecho, nunca alentó la comparación entre ellos y afirmó que “Thoreau no tenía un gran corazón”, supongo que refiriéndose a su carácter difícil y desobediente. Hablo de Henry Beston, que, entre otras cosas, también es conocido por haber pasado un periodo de su vida en una casita que pidió que le construyeran en 1925, sobre las dunas de la playa de barrera situada a dos millas al sur de la Estación de salvamento de Eastham, en Cape Cod, en el antebrazo del cabo que mira al Atlántico, ese rompeolas de la ensenada en dirección sur a la que llamó Fo’castle (castillo de proa) y donde pasaría un año completo, con sus cuatro estaciones. (“un año entre cuatro paredes es un viaje por el calendario de papel; un año en plena naturaleza es la consecución de un formidable ritual”).
Reconozco que cuando leí por primera vez, en 2019, La casa más lejana, un hito importante de la escritura sobre la naturaleza, me fascinó. La leí en lo que me resultó ser una mezcla de libro de aventuras y de viajes –dos géneros que me apasionan-. Hoy, pasados unos años, encuentro su prosa quizá demasiado recargada, descriptiva hasta extremos exagerados –no en vano, dedica un capítulo entero al comportamiento de una ola-, pero me atrapó el hecho de que terminara capturando con palabras la naturaleza que tenía frente a sus ojos, con una intensidad y una vehemencia que, ni las condiciones climáticas más desfavorables, lograron disuadir.
Una casa que fuera mar abierto, este endecasílabo sonoro y plástico, que he usado como título para este artículo, es un homenaje a un hombre que considero no sólo un escritor o un naturalista aventurero, sino también un poeta, cuya tarea de poner por escrito sus experiencias no le resultaba nada fácil -en contra de lo que pueda parecer-, por no decir que le suponía un gran esfuerzo. Era autoexigente hasta el paroxismo y tenía un concepto muy alto de la estética siendo un artesano de la palabra, concienzudo y tenaz, hasta el punto de “pasarse una mañana entera con una sola frase, incapaz de avanzar hasta no estar del todo satisfecho tanto con las palabras como con la cadencia, que para él tenían la misma importancia”, según nos cuenta su esposa. Tanto es así que, en su vocabulario puramente prosístico, propio de un diario naturalista y donde no restringe adjetivos ni sustantivos, se transparenta una intención poética, quizá no consciente, pero presente, sin duda. Así como una pequeña carga filosófica en cuanto a la búsqueda interior, a la profundización del viaje que es la vida, y el encuentro con uno mismo donde únicamente puede producirse con la suficiente consistencia y hondura: en soledad y, en su caso, rodeado de la naturaleza en su estado más salvaje.
“Cada cambio de humor del viento o en la climatología de la jornada, cada fase de la marea; cada situación tiene una música marina propia y sutil. El oleaje de bajamar, por ejemplo, es una melodía, el de la pleamar, otra, y cuando mejor se percibe la transición entre ambas es durante la primera hora de una marea creciente”.
Beston describe cualquier fenómeno que percibe con un entusiasmo diletante. “Percibo el rugido (del mar)en el instante mismo que amanezco y regreso a la conciencia, lo escucho un momento deliberadamente y, después, lo acepto y me olvido de él; durante el día, sólo lo percibo si me detengo otra vez a escucharlo, o si algún cambio en la naturaleza del sonido se filtra en mi conciencia y despierta mi curiosidad”. El mar está fuera de la casa, pero habita también dentro de ella. Sus sonidos, sus sentidos, son parte del pulso de Beston, de su respiración, de sus ritmos. Su asombrosa capacidad para describir la sensación exacta que le producen todas estas experiencias sensoriales hacen de cada capítulo de La casa más lejana exploraciones muy detalladas de la naturaleza de cada uno de los sentidos.
Mientras leo, descubro a un chorlitejo saltando de roca en roca a mi espalda. Reconozco que tengo una debilidad especial por las aves limícolas. Los correlimos, en particular, son capaces de cambiar mi estado de ánimo apenas los diviso, con sus carreritas y sus diminutas patas que casi desaparecen bajo su delicado plumaje mientras se desplazan por la orilla buscando su alimento. Me resultan divertidos y tiernos, amigables. Pero no son sólo unos pajarillos divertidos; cuando alzan el vuelo en grupo encima de las olas, forman auténticas partituras musicales en delicados trazados en movimiento, y su coreografía aérea, perfectamente sincronizada, recuerda a las bandadas de estorninos. Las gaviotas me producen una emoción bien distinta, aunque sus risotadas y chillidos me recuerdan que estoy cerca del mar y ese es el único hecho que me hace soportarlas. Beston hace una recopilación exhaustiva de todas las aves que acuden a la playa durante su año en Cape Cod, y lo hace con la pericia de un ornitólogo experto. Describe, en sus largas horas de observación, a los charranes, chorlitejos, estorninos, gaviotas argénteas, ánades sombríos y un larguísimo etcétera, sus únicas compañías, además de los guardas de la estación de salvamento de Nauset Coast.
“Si alguien me pregunta cómo soporté el aislamiento en tan agreste lugar y en los rigores del invierno, me limitaré a responder que disfruté al máximo de cada momento. […] “Aquí, por fin, sumido en este silencio y aislamiento, disponía de toda una región cuya vida natural más recóndita podía amoldarse a sus cursos ancestrales libre de los trabajos y las interferencias humanas”.
Durante unos años, cuando mis hijos eran pequeños, en primavera, a punto de inaugurar la temporada de playa, nos íbamos a Rota, a la playa de Aguadulce, donde, en aquellos tiempos, había un pequeño promontorio con una escalerita muy rústica para bajar a la arena, llena de juncos. Un año, quisimos construir una especie de tipi indio uniendo altas ramas de juncos a una cuerda que encontramos en la playa. El resultado nos pareció maravilloso, y la tarea, de lo más divertida. Le pusimos un gran pareo por encima, que rápidamente el viento ondeó como una bandera universal, sin fronteras ni límites, y nos metimos dentro, cobijados por el aire y el viento, con un techo de cielo azul y algunas nubes, felices de haber construido nuestro propio refugio –que realmente no refugiaba de nada- con nuestras ocho manos y nuestro entusiasmo. A lo largo de cinco o seis años más fuimos repitiendo el proceso, que ya se había convertido en una tradición, y que cada primavera perfeccionábamos más. Un día, mientras intentábamos cubrir nuestra chocita –que fuera mar abierto- con el pareo luchando con el viento, una racha fuerte nos pilló de improviso y la levantó directamente de la arena y la destrozó, esparciendo los juncos y las ramas a lo largo de un buen trecho de la playa. En lugar de entristecerlos o enfadarlos, los niños se echaron a reír a carcajadas viendo su casa volando como la de El Mago de Hoz, y comenzaron a recoger los restos de su ingeniosa, aunque débil estructura, para que no molestara a los paseantes.
Ese fue el último año de nuestra casa, y lo supimos en aquel momento. El viento se llevó también la tradición porque los chicos crecieron y nos ocupamos en otras aventuras. Sin embargo, la recuerdo con ternura y, en cierta forma, echo de menos esa choza de aire y sol, como parte de una infancia que yo viví a la par de ellos.
Levanto la vista de mi lectura, que doy ya por terminada, y veo una cometa verde y naranja meciéndose alta en el cielo casi transparente de la playa, de la mano de una niña. Observo sus ondulaciones en el viento y evoco las risas de mis hijos saltando entre las olas. Siento que, en este momento, la vida muestra ampliamente una sonrisa de gratitud.
La casa más lejana de Cape Cod, Fo`castle terminó sus días en febrero de 1978, diez años después del fallecimiento de su autor. Un enorme temporal barrió la casita de igual forma que barrió la nuestra y la arrastró hasta el mar, donde se quedaron sus restos, en aquel océano, tempestuoso y épico, que conquistó el corazón de Henry Beston: “No existe un paisaje parecido en ninguna otra parte”.
| Lecturas recomendadas: Beston, H. La casa más lejana. Volcano. Madrid, 2019. Bestón, H. Las hierbas y la tierra. Gallo Nero. Madrid, 2025. Irún, L. Cabaña Mínima. La Garúa. Barcelona, 2024. |
Nota de la autora: El mapa que se muestra de Cape Cod fue realizado, precisamente, por Henry D. Thoreau en 1858, que paseó su costa casi un siglo antes de la visita de Beston. La describió de una forma hilarante, aunque acertada: “el brazo desnudo y doblado de Massachusetts”. El mapa se conserva en los archivos de la Biblioteca Municipal de Concord.




