Estambul después de Rasero (II): fiestas de guardar

Vendedor de simit en el distrito de Úsküdar. Foto: Manuel Ruiz Torres.

Cualquier viaje en pleno verano incluye la necesidad de evitar en lo posible las horas y días en que, manada al cabo, todos queremos visitar, comer y fotografiar lo mismo a la vez. Esa confluencia se agrava especialmente los fines de semana y demás fiestas de guardar. Huyendo de Sultanahmet, donde se concentran los grandes éxitos del turismo de Estambul, el sábado cruzamos en ferry a la parte asiática, y como hizo José Rasero en su viaje, escogemos el distrito de Úsküdar, mucho más sosegado que la parte europea y con un aire sencillo que a M. le recuerda el ambiente de la ciudad que conoció hace algunos años. El Bósforo –Asia a un lado, al otro Europa­- es la verdadera gran avenida de este gigante donde viven casi diecisiete millones de personas. Calle de agua en común que colapsan viejos buques funcionando como vagones de metro, la gente también aquí ensimismada en sus móviles, indiferente a los palacios y viejas cárceles que se suceden con su pequeña historia a rastras. Junto al muelle sólo parece destacar la mezquita Mihrimah Sultan, una de las dos que el arquitecto Sinan construyó para la hija del sultán Suleimán el Magnífico, dicen que orientada para que la luna salga tras ella en el equinoccio de primavera, cumpleaños de la princesa, cuyo nombre significa sol y luna. Es la primera mezquita a la que entro, todavía titubeando si puede entrar aquí un infiel como yo, o si estoy correctamente vestido. Dentro me sorprende el espacio diáfano, alfombrado en rojo, donde algunos hombres dormitan tumbados y una familia de rasgos asiáticos, ella con la cabeza y cuello cubiertos con hiyab, se hacen fotografías.

Pescando en el Puente de Galata. Foto: M.R.T.

A pocos pasos encontramos un pequeño mercado de pescados donde reconozco algunos: jureles, merlanes, herreras, salmones medianos y un surtido que el traductor del teléfono me identifica como pescados con caña. Es una de las postales de la ciudad: pescadores locales –tan locales que podrían pasar por gaditanos- en la parte superior del Puente Gálata, vigilando el balanceo de sus cañas avisando una captura y, justo debajo, por donde los peatones cruzan el puente, diversos turistas, cámara en ristre, para tomar ese instante en que una minúscula mojarra es sacada del agua. Úsküdar también es un bazar permanente. Como escribe Rasero, nadie como el comerciante representa mejor el espíritu de esta ciudad. Entramos en un laberinto de tiendas para ver zapatos que, más allá, son caftanes brocados, y a su lado, golosinas; para que un piso más abajo, en el sótano, se custodien auténticas reliquias que no desmerecerían en un museo. En ese ajetreo, unos muchachos les traen la comida en bandejas, para cumplir un horario permanente que muchas veces llega a la madrugada.

Paseando por entre las casas de madera del barrio de Kuzguncuk, entro en el complejo Aziz Mahmud Hüdayi, poeta místico, santo sufí tan popular que es considerado uno de los cuatro protectores del Bósforo. Aprendo aquí que las mezquitas son el centro de muchos otros edificios con funciones educativas, sanitarias o asistenciales. Hay un continuo ir y venir de pequeños grupos que desaparecen en alguna de las construcciones. Por error, curioseando, entro en una de ellas, que resulta ser la tumba del santo poeta, en el centro de la sala, tras una celosía dorada que circundan una treintena de personas rezando. Tengo una extraña sensación de inoportunidad y, haciendo como otras veces, imito lo que los demás y rodeo parsimonioso el mausoleo, inclinando varias veces la cabeza, en un gesto más cristiano que sufí. Ya fuera, unas mujeres con bandejas ofrecen lokum, lo que aquí llamamos delicias turcas, a quienes salimos. Me llevo a la boca una de esas gominolas pastosas, verde aunque sepa a agua de rosas, y las mujeres me invitan a que me lleve otro par, por sus gestos entiendo que elaboradas por ellas mismas. Es una ciudad de gente amable. Incluso en la más estresante de las situaciones posibles, que es cargar la tarjeta de transportes Istanbulkart en uno de esos cajeros que cambian sin aviso del inglés al turco, siempre aparece alguien para ayudarte. Jóvenes o mayores que apartan la vista o tapan la pantalla con la mano cuando vas a pagar la recarga.

Musakhan. Foto: M. Ruiz Torres.

Para comer teníamos decidido ir a un restaurante palestino en este distrito, Kudüs Han, en la calle Selamiali Efendi. Por todo Estambul se ven banderas palestinas que dejan bien claro cuál es el sentimiento popular turco y su condena del genocidio. Lo que buscan es el exterminio y el desarraigo cultural y personal de los obligados al exilio. Que también está ya en restaurantes como éste, espléndido en su dignidad, pero ofreciendo en el extranjero una cocina que ha costado milenios construir y ahora es imposible en su propia tierra. Pero la nombro porque, a pesar de la crueldad y de la indiferencia, aún existe: un Patlicanli Fattih, capas de berenjenas fritas, trozos tostados de pan pita, garbanzos y almendras fritas, bañado todo en una salsa de yogur y ajo; o una Musakhan, sobre un pan plano taboun, cebollas caramelizadas con cardamomo, canela y abundante zumaque, acompañado de algo de pollo cocido.

Rendidos por la caminata, no nos acercamos después al cementerio que cita Rasero en sus crónicas guiadas por Pamuk, el Karacaahmet, con sus siete siglos y más de un millón de enterrados allí, sino que tomamos el ferry de vuelta hacia lo que quedaba de sábado. Los cementerios colectivizan el sentimiento personal de cada pérdida, transformándolas en jardines para recordarlas en común. Es el espacio más comunitario de cualquier ciudad, el que más une en lo que permanece. Para Pamuk, evocan como ningún otro sitio el hüzüm turco, ese estado de ánimo patrio, que es melancolía colectiva por lo perdido pero también implica una moralidad, nobleza en el fracaso.

Autor

  • Manuel Ruiz Torres

    Manuel J. Ruiz Torres es escritor, con trece libros publicados, tres de ellos sobre gastronomía histórica. Miembro de la Academia Andaluza de Gastronomía y Turismo. Premio Al Andalus 2024 al Mejor Crítico Gastronómico de Andalucía, otorgado por la Federación de Cofradías Enogastronómicas de Andalucía. Autor del blog 'Cádiz Gusta'. Dirigió durante cuatro años el programa de la Diputación de Cádiz para recuperar la cocina gaditana durante la Constitución de 1812.

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