Ilustración de Manuel Martín Morgado.
«Que sí, que llevo las papeletas, no me lo repitas más», responde por tercera vez al marido mientras maniobra para introducir la silla de ruedas en el ascensor. Cada vez le cuesta más trabajo, le duelen las manos, le duele la espalda, ella entera es un puro dolor. Antes, la ayudaba su hija Rosa, pero desde que el padre la echó de casa está ella sola para esos menesteres. Menos mal que Antonio cada vez sale menos; los domingos, a misa, y los viernes, a echar una partida de mus con los pocos amigos que le quedan, entre los que se han ido muriendo y los que lo han mandado a la mierda por insoportable, los puede contar con los dedos de una mano.
«Venga, date prisa que vamos a llegar y quiero votar antes de ir a misa —la apremia Antonio—. ¡Leches!, cada vez ponen las urnas más lejos. Mira que tener que ir a votar al colegio Andalucía». «Juan Carlos Aragón —le corrige ella—. Acuérdate de que le cambiaron el nombre hace cuatro años». «¡Para mí será siempre el Andalucía, que me he llevado treinta años dando clases allí! Estos rojos no saben ya que inventar para llevar la contraria». «Te recuerdo que se lo cambiaron los que están ahora con la ayuda de los del “chaqueta estrecha” que tanto te gusta últimamente». «¡Cállate ya y empuja el carrito, mujer, que vamos a llegar tarde!» María obedece. Mientras, para sus adentros, cuenta hasta diez para no mandarlo a la mierda y dejarlo allí mismo.
«¿Echaste en el bolso el carné? A ver si ahora no nos van a dejar votar». María le dice que sí en un tono que no disimula un ápice su hastío.
Hace una mañana fresca, nada que ver con los calores que han pasado días atrás. María agradece este vientecillo de poniente que le hace más llevadero el esfuerzo de empujar la silla sobre la que noventa kilos de carne se asientan sin que su dueño haga el más mínimo esfuerzo por ayudar. Quedan apenas cien metros para el colegio electoral. La mujer va inquieta, lleva días dándole vueltas a la cabeza, pensando en su Rosa, en lo que le ha dicho la profesora de patchwork sobre la posibilidad de retroceder décadas en derechos. Ella siempre le ha hecho caso al marido, en pocas ocasiones le ha contradicho, al fin y al cabo, él era maestro, ¿sabría más él de la vida que una simple ama de casa?, pero ahora duda. La imagen de Rosa y de Almudena la atormenta. Y no puede evitar que el miedo le pellizque la boca del estómago.
Cuando llegan a la puerta del colegio, una policía le ayuda a colocar la silla en el elevador que sortea los seis escalones de la entrada. María le da las gracias. En el acto de volver a coger los manguitos de empuje se le cae el bolso al suelo. La policía lo recoge y se lo entrega con una sonrisa tan cálida, se parece a la de su nuera Almudena, que el mal humor con el que llegó comienza a diluirse.
«¿En qué mesa votamos?», pregunta el marido. Ella se encoge de hombros mientras introduce su mano en el bolso para sacar las gafas y así poder leer los listados que cuelgan de los paneles situados junto a las mesas electorales. En la búsqueda, tropieza con los dos sobres que le ha preparado el marido. «Tú, en la mesa dos y yo, en la uno». «¿Y por qué cada uno en una mesa?». «Me lo preguntas cada vez que votamos, Antonio, porque tú te apellidas Vila y yo Callealta». «¡Dame el sobre! —le apremia él sin atender siquiera a la explicación de su mujer—. María vuelve a meter la mano en el bolso y hace como que busca. El recuerdo de Rosa le infunde valor. El marido comienza a impacientarse y a despotricar contra los bolsos de las mujeres y la imposibilidad de encontrar nada en ellos. «Se me olvidaron las papeletas en casa», se disculpa afligida. «¡Yo me cago en tu estampa, María! Mira que te lo he dicho veces. ¿Y ahora qué?». «Ahora nada. Ahora tú me esperas aquí y yo voy a coger las papeletas a la cabina. ¡Que te ahogas en un vaso de agua!». Antonio se queda solo en medio del vestíbulo rumiando su enojo. Al poco, ella se le acerca con dos sobres. «Ahí las llevas. ¿Ves como no ha sido tan grave? Toma tu carné y ve a tu mesa mientras yo voto en la mía. Anda, mueve un poquito esos brazos que se te van a atrofiar de no usarlos». El hombre se dirige a su mesa refunfuñando. María se queda observándolo, deja pasar a la señora que la sigue en la cola y a otra más. Un calor de incendio le sube del vientre a la cara. Cuando, al fin, el presidente de la mesa le coge las papeletas al marido y las introduce en la urna, respira aliviada y se dispone a votar ella también.
A la salida, la misma policía la ayuda a bajar la silla. No se lo dice, pero su sonrisa ha sido providencial para ella esa mañana, como una señal. La mujer le desea que pase un buen día. «Gracias, señora agente, espero que lo sea. De momento, ha empezado bien», le contesta María.
«Esperemos que hoy se imponga la cordura y vuelva el orden a este país. Nosotros hemos hecho lo que podíamos hacer», afirma Antonio satisfecho de haber cumplido con esa máxima que tan de moda está entre los suyos de que el que pueda hacer que haga. «Así es, querido», repite su mujer tratando de que no se le note la sonrisa que se le acaba de dibujar en el rostro, mientras eleva su mirada al cielo: «Virgen del Carmen, perdóname por lo de las papeletas, pero bastante cruz tengo ya con ver a escondidas a mi hija como para que ganen los que quieren hacerle la vida imposible».
María pone rumbo a la iglesia. Juraría que ahora la silla de ruedas pesa menos. Su conciencia, también.

