De aves y humanos

“No resulta sencillo escribir en un diario lo que nos interesa en cada momento, pues escribir no es lo que nos interesa”. Musketaquid.

Con esta premisa me siento a escribir hoy, sabiendo que nada de lo que escriba será más interesante que lo que mis ojos contemplan en este instante. Una hembra de gorrión, muy joven y muy esbelta, se acerca con cautela a los comederos del balcón. Hasta hace nada venía con su madre, aún volantona, toda despeluchada y parlanchina, exigiendo su ración diaria de grano con la impaciencia propia de los niños, pues debe ser muy nueva, de esta misma primavera o principios de verano. Tiene ya las plumas asentadas, ligeramente moteadas en un gris pardo y marrón claro, el píleo marrón y una línea clara tras el ojo que parece una ceja brillante. Su porte es elegante pese a ser una especie tan común y corriente y a ésta, en concreto, la he llamado Cremita porque es especialmente clarita y aparenta los colores de una leche manchada.

“Una vez se posó un gorrión sobre mi hombro durante un instante mientras escardaba un jardín de la ciudad y sentí más orgullo por esa distinción que por cualquier charretera que hubiera podido colgarme”.

Amo a los pájaros desde muy niña. Mi padre, tras sus paseos por el campo, a veces me traía polluelos de gorrión con sus grandes boqueras amarillas y sus cabezas pelonas, envueltos en un pañito, que había encontrado en nidos tirados en el suelo arrastrados del árbol por culpa del Levante. Yo los incorporaba a la casa de muñecas que mi madre me había hecho y, junto con el resto de juguetes, peluches y cacharritos, crecían –a base de pan mojado y semillitas, fideos, garbanzos del puchero y otras “exquisiteces”- y se volvían asombrosamente domésticos; acudían a mi llamada, dormían en mi regazo y se acomodaban en mi hombro cuando me sentaba a hacer los deberes. Y esto es real, no una exageración o un recurso literario. Así viví mi primera infancia, en esa soledad acompañada casi únicamente por los pájaros.

El gorrión es un pájaro especialmente adaptable y poco exigente, aunque depende totalmente de nuestras actividades para sobrevivir. De hecho, desde que coloqué los comederos en los balcones, estos amigos alados tardaron muy poco en venir y sentirse como en su propia casa dejándome los recipientes vacíos al final del día. Les gusta especialmente posarse en el jazmín chino porque tiene unas ramas muy leñosas prácticamente sin hojas–que debería podar y resanar-, donde llegan a juntarse casi media docena, entre verderones, verdecillos y gorriones, en las primeras horas de la tarde. Es su lugar preferido de reunión porque tienen un acceso fácil a la comida y pueden permanecer balanceándose en las ramas al abrigo del calor. Estos días, las temperaturas se han disparado y llegan con el pico entreabierto a la ventana. Me miran, como si quisieran decirme algo y, luego bajan al comedero a llenar el buche sin mucho entusiasmo.

Según Len Howard, los pájaros son capaces de distinguir a los seres humanos desde lejos y yo tiendo a pensar que a mí me reconocen incluso cuando bajo a la calle y salgo y entro del bloque. Se han acostumbrado a verme sentada ante el ordenador escribiendo en mi mesa detrás de la ventana. Algunos se demoran más de lo normal en la barandilla y es entonces cuando puedo observarlos con absoluto placer. Y a esos, precisamente, ya soy capaz de identificarlos, sobre todo a dos gorriones machos: Collar y Cejas, que vienen, principalmente, al comedero grande de la cocina, donde también hay un recipiente con agua y pueden refrescarse. Son especialmente ceñudos y serios, pero muy valientes desde el primer día. A veces, vienen con sus compañeras, una de ellas es Cremita. De los usuales de los comederos del dormitorio he identificado a dos con mucha rapidez: un canario verderón, con una pequeña crestita en la cabeza que parece siempre enfadado o crispado y al que llamé Limeño. Sus amarillos y verdes son muy llamativos. Tiene una capa más oscura, verde oliva, pero debajo le asoma un vestido de plumas amarillo brillante con algunas trazas en verde lima que parecen irreales. Una hembra muy joven se acercó al comedero de coco una mañana mientras hacía la cama y me dejó observarla un buen rato. También era una canaria mixta, con una capa preciosa y los mismos colores vivos debajo. La llamé Limeña pardita. Le encanta balancearse en el comedero mientras picotea. A los verderones les gusta mucho el cañamón, disfrutan especialmente esta semilla y tienen fuertes encontronazos cuando el comedero está recién repuesto, pues todos quieren ser los primeros en apropiarse de ellas. Oigo desde la cocina sus gritos de furia cuando se juntan tres o cuatro en la barandilla.

Len Howard. Foto. National Portrait Gallery Australia. David Moore.

Escribe Howard, “Cuando se trata de formarse una idea sobre la psique de un pájaro es necesario comprender la enorme diferencia en los caracteres e inteligencias de los distintos individuos en y entre las especies. Al examinar la estructura física del cerebro de un pájaro se ha visto que el corpus striatum –relacionado con la actividad emocional- está sumamente desarrollado, con muchas fibras si se compara con el del ser humano; pero, en cambio, la corteza cerebral presenta un desarrollo más reducido. Esto era de esperar, pues en los pájaros se manifiestan mucho las emociones, en las que se muestra también un grado menor de inteligencia. Son muy sensibles y temperamentales, con el pulso más rápido y la sangre más caliente que los humanos. Además de una vista y un oído agudísimos, tienen un sentido de la orientación bien desarrollado, que les hace falta para el vuelo, y tal vez poseen también otros sentidos no desarrollados en el ser humano”.

Me resulta fascinante la historia de esta mujer con los pájaros. En 1938, a sus cuarenta años, se traslada a East Sussex, a una cabaña rodeada de un gran jardín que ella bautiza como “la casa de los pájaros” y emprende una aventura personal apasionada a través de la observación de las aves que viven y transitan su jardín y su casa. Se dedica exclusivamente a estudiar su comportamiento fomentando una relación estrecha con ellas –muchas comen y duermen en su habitación, e incluso le «exigen» un alimento determinado a base de diferentes trinos y llamadas-, lo que se acabaría convirtiendo en el germen de la ornitología moderna, ya que representa un caso único en la historia del estudio de las aves. No puedo menos que admirarla y, de algún modo, me produce cierta envidia. Vivió con plena consciencia la libertad en mayúsculas; avisaba a quien iba a visitarla que la prioridad es su casa eran las aves y los humanos tenían que adaptarse para no molestarlas. No le importaba nada más. Su vida social se redujo notablemente y quizá fue ese el precio que tuvo que pagar. O quizás no. La expresión de los pajarillos de toda especie es encantadora para el observador. Un carpintero verde chiquitín vino a verme dos días el año pasado. Era gordito y mullido y andaba esperando a sus padres, que no acababan de llegar, su actitud expectante, y sus miradas aburridas cuando el supuesto progenitor resultaba ser un estornino o un mirlo, eran dignas de grabarse en una película”.

En general, las personas que a lo largo de la historia han demostrado, de una u otra forma, su amor por la naturaleza, me resultan fascinantes. Han elegido libremente la compañía vegetal o animal frente a la humana. Han observado y han escrito sobre sus experiencias y han formado un interesante corpus literario que se ha dado en llamar nature writting o liternatura, y que, curiosamente, ahora parece estar más de moda que nunca. Un fervor por todo lo que nos traslada al mundo natural y nos eleva el espíritu se ha apoderado de muchas editoriales que traducen y editan, en cuidadas y preciosas ediciones, la vida y las vivencias de naturalistas, botánicos, ornitólogos, ecologistas, montañeros o caminantes. Un nutrido grupo, -desde los trascendentalistas americanos y sus afines, contemporáneos, sucesores o meros imitadores, hasta los que han hecho de la naturaleza su filosofía de vida en la actualidad-, hace las delicias de lectores ávidos de escapar del mundanal ruido de la cuidad y sus tribulaciones diarias a un mundo, en la praxis muy lejano e inaccesible, que se presenta en estos textos como «ideal».

Porque, reconozcámoslo, la vida en –y con- la naturaleza, tal como la plantea Thoreau, hoy en día resultaría no sólo incómoda y molesta para nuestras exquisitas exigencias de modernidad, sino inviable desde cualquier punto de vista. El mero hecho de hacer una buena ruta a pie por la montaña nos resulta más agradable y motivador si pensamos en el buen almuerzo que vendrá después en el bar del pueblo y sabiendo, además, que, por mucho que nos embarremos en tierra, sudemos o nos ensuciemos de verdín, una buena ducha caliente nos espera en nuestro hogar.

Algún día, probablemente, me mudaré a una casa más cómoda y confortable y nadie rellenará por mí los comederos de grano.


Lecturas recomendadas:

Howard, L. Los pájaros y su individualidad. Gallo Nero Ediciones. Madrid, 2025.

Thoreau, H.D. Todo lo bueno es libre y salvaje. Errata Naturae. Madrid, 2017.

Autor

  • Julia Bellido

    Julia Bellido (Jerez, 1969) es humanista y traductora. Ha compaginado su oficio de escritora con el estudio del feminismo en la historia de la antropología, la literatura y el arte. En 2009 publica la plaquette 'La decisión de Penélope', con la Asociación de mujeres progresistas Victoria Kent. Le siguen 'Mujer bajo la lluvia', su primer poemario (Canto y Cuento, 2013), 'Las voces del mirlo' (Renacimiento, 2018) y 'Hojas de Ginkgo' (Cypress, 2020). En 2023, tras un giro de timón en su travesía poética, publica 'Desobediente' (Garvm), al que le sigue 'Lucernario' (Garvm, 2024). Su última publicación es 'Flor de calabaza' (La Garúa, 2025), que es su primera incursión en las formas poéticas del Tanka y el Haiku.

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