Julia Bellido reúne en Flor de calabaza (La Garúa Libros, 2025), un repertorio muy personal de haikus y tankas que van más allá del canon japonés y reproducen la voz de la poesía esencial.
La autora encabeza su libro con la dedicatoria a los escritores Mariángeles Robles y José Manuel Benítez Ariza: “sin ellos, esto no hubiera ocurrido”, afirma, y esa aclaración nos pone en un camino muy adecuado para entender cosas esenciales de este poemario. Flor de calabaza ha ocurrido. No se ha engendrado, ni se ha escrito, ni se ha planificado, sino que ha ocurrido. Ergo, Flor de calabaza es un suceso.
¿Dónde, cómo y cuándo ha ocurrido Flor de calabaza?
El dónde está claro. Ha ocurrido en Julia Bellido. Si alcanzamos a ver que la poeta aquí es una suerte de médium entre un mundo invisible y la concreción de la palabra, tendremos que admitir esta idea, la idea de que la poesía sucede en Julia. Por ejemplo, uno de sus anteriores libros, Desobediente (2022), marcaba un antes y un después en el silenciamiento de la voz de las mujeres. Esa desobediencia que ocurría en Julia era en realidad un caso de posesión demoníaca, los diablos encarcelados de las mujeres habían elegido su cuerpo para habitarlo y, desde ahí, gritar y rebelarse: “Toda mujer es un lugar en llamas / donde arden también / otras muchas mujeres”
Escribo esto de que Julia es médium y, mientras lo hago, abro al azar Desobediente y me sale al paso un poema titulado Médium. Comienza así: “Quién me escribe quién me sella la boca y la conciencia quién sostiene mi cuerpo”
Médium vuelve a ser en Lucernario (2024), poemas imprescindibles para entender el principio de que nuestro cuerpo es lo que disponen que sea las almas de las que nos habitan. En Lucernario se habla así de ese principio: “Mucho antes de nadar en el vientre de mi madre, yo ya habitaba agazapada en el interior de mi abuela María Pepa. Ninguna de las tres lo sabíamos, pero un hilo de luz invisible nos conectaba mucho antes de la consciencia”.
Flor de calabaza también sucede en Julia, esta vez porque la autora se ha cruzado en su camino con una voz todavía más antigua que la de sus antepasadas, todavía más antigua que la voz de las mujeres en llamas. Esta vez porque ha tenido la fortuna de escuchar el latido del Corazón Arcaico de la poesía, y es ese latido el que aquí nos cuenta.
Pudiera parecer que Flor de calabaza es un artificio poético en el que la autora -funambulista- ejercita dificilísimos equilibrios para ajustar su voz a la cárcel poética del haiku y del tanka: 5-7-5, 5-7-5-7-7, una emoción proveniente de la naturaleza, una estructura precisa y consensuada por la tradición japonesa… Pero, a mi modo de ver, el libro desborda con creces la preceptiva.
El haiku y el tanka, antes que sistemas reglados, son expresión poética primordial: emoción, voz iniciática, comunicación directa entre el ser humano y la naturaleza, tótem y tabú, la palabra es la cosa, decir es existir, nombrar es poseer, lo que se invoca acude. Estamos en la zona prehistórica de la poesía, en la zona mítica, en un dichoso analfabetismo que todavía no ha sido arrinconado por el logos, por la dictadura de la escritura lógica, que es la verdadera cárcel.
Por eso Julia Bellido, como médium que es, se encuentra de manera natural con el haiku y el tanka. Porque ha conectado, otra vez, con una memoria ancestral, la de la voz emocionada, aquella que emitimos incluso antes de la palabra: la voz del canto. Los poemas de Flor de calabaza pertenecen a ese repertorio infinito de canciones primordiales. Lírica primitiva. El poema invoca y la voz antigua acude. “Brisa del alba, / canta el gallo en la sombra. / Se rompe el cielo / y enmudece la noche / cuando la luna escapa”, dice el tanka; y responde el villancico medieval: “Ya cantan los gallos, / buen amor, y vete, / cata que amanece”.
Y así llegamos a poder explicar el cómo ha sucedido la poesía en Julia. Un cómo que tiene su clave en el símbolo, en la manera de sentir y usar el símbolo en estos poemas. Digo sentir y usar, que vienen a ser una misma cosa, porque el uso cabal del lenguaje simbólico impone su sentir, y sobre todo impone una renuncia a las ataduras de la lógica para así poder comunicar.
El corpus simbólico de Flor de calabaza tiene dos centros de gravedad: las imágenes zoomórficas asociadas al amor erótico y las referidas a la naturaleza vegetal. Unas y otras atraviesan como un río caudaloso todo el libro. Cigüeñas, garzas, abubillas, codornices, pájaros, pajarillos, petirrojos, alacranes, sabinas, pinsapos, naranjas, limones, abril, las estrellas, el sol, la luna… Nada de cuanto compone la naturaleza le es ajeno a quien escribe, más aún, hay un sentir latente referido a que la mirada poética y el cuerpo mismo forman parte de esa naturaleza: “Huele a naranjas: / el mundo y su apariencia / me deslumbran la vista”; “En el pinsapo / un petirrojo canta / lo que yo siento”.
La garza, presente en la lírica de muchas latitudes para representar a la mujer, protagoniza poemas (“La garza blanca / se demora en la orilla / junto a los peces / antes de alzar el vuelo / se refleja su imagen”) en los que persisten las resonancias simbólicas de canciones primitivas: “Yo la garza, la garza me soy / ¡Quán acompañada estoy!”. O la asunción del erotismo amoroso como cacería, ya pronunciado por Gil Vicente en los albores del Renacimiento (“Halcón que se atreve / con garza guerrera, / peligros espera. / Halcón que se vuela / con garza a porfía, / cazarla quería / y no la recela. / La caza de amor / es de altanería: / trabajos de día, / de noche dolor…”), que en algún tanka de Flor de calabaza se resuelve con intensidad por la concentración de símbolos: “La codorniz / se esconde en la espesura / y brama el ciervo. / En la rama más alta / el halcón la descubre”. En la lírica tradicional se alternan ciervo y cierva para representar el deseo, quizás como vestigio de antiguos rituales de danzas de enmascarados, mujeres-cierva y hombres-ciervo ejecutando un baile de seducción; el ciervo como amante aparece en el sueño de Penélope, en La Odisea, donde los pretendientes figuran gamos; en canciones populares de Estonia y Lituania la imagen del ciervo se asocia al halcón, como designación habitual para el hombre, mientras que la mujer aparece como perdiz, pardilla o golondrina. La cacería simbólica de amor parece pertenecer, pues, a una memoria cultural muy amplia.
El cómo ha sucedido Flor de calabaza atañe también a la filosofía que sustenta el libro y que la propia autora explicaba en este mismo medio a través de un ensayo titulado Thoreaudiana. Se confesaba ahí íntimamente vinculada al pensamiento y la palabra de Thoreau, aquel escritor y naturalista norteamericano que se autoproclamaba “inspector de ventiscas y diluvios”: «Ya no albergo ninguna duda. La naturaleza no es algo que discurre y se desarrolla delante de mí como un espectáculo bucólico que yo simplemente contemplo o disfruto. Soy coautora íntima de todos sus procesos, de todos sus ciclos, de sus cambios, de sus evoluciones… Siento y palpo esa red de relaciones de la que hablaba Henry D. Thoreau; esa inocencia y benevolencia indescriptibles entre plantas, insectos y aves a un palmo de mi vista».
El fundamento filosófico thoreaudiano de Flor de calabaza se aprecia especialmente en algunos tankas en los que las dos mitades que estructuran la estrofa se refieren, sucesivamente, a lo que ocurre dentro y fuera, en la naturaleza que se observa y en el alma de quien lo hace. Y ocurre una misma cosa: “Bajo el dolor / algo quiere vivir. / En la gravilla / la grama va pujando / esbelta hacia la luz”. Una forma de desenvolverse el tanka que me recuerda al modo en que se organiza el pensamiento de la copla flamenca sentenciosa: “Mientras más hondo es el pozo / más tarde la soga alcanza, / amantes que se han querío / nunca pierden la esperanza”.
Haikus, tankas, lírica primitiva, coplas flamencas, lo oriental, lo occidental… Ignoro si Flor de calabaza sigue con rigor el canon japonés fijado allá por el siglo IX, pero de lo que no hay duda es de que se trata de poesía. Sucediendo en Julia y de la forma que permite esa conexión entre la naturaleza y el ser humano.
No queda el cuándo. ¿Cuándo sucede Flor de calabaza? Es evidente que en el no-tiempo de la poesía. Lo explica la propia autora, que así reflexiona sobre su consciencia thoreaudiana: «Es la cosmic consciounsness apuntada por Walt Whitman. La incardinación con el mundo natural que propicia de manera inmediata una comprensión de todo lo que sucede, de porqué sucede y que quizá esté muy lejos de ser un aquí y un ahora».


