Estambul después de Rasero (I): rastros de Pamuk

Plaza al final del bulevar Tarlabasi Junto a Mezquita de Taksim. Foto: M.R.T.

Hace ahora siete años, el escritor José Rasero nos compartía su descubrimiento de Estambul en tres magníficas crónicas, en este mismo CaoCultura. Había escogido como guía de viaje, no uno de esos meros catálogos para trotamundos que nos señalan las piezas a cobrarnos con la cámara, fotos que prueben luego que estuvimos allí, sino una autobiografía del escritor Orhan Pamuk, Estambul, ciudad y recuerdos. Un libro que describe el alma melancólica, el hüzün, de esta ciudad de extremos. Si una guía es aquello que dirige o encamina, Rasero había elegido un mapa emocional. Como también quien lo acompañaba, la N. de sus artículos, la querida Natalia Bernárdez, eligió una novela del mismo autor, El museo de la inocencia. Este verano que, acompañado por los artículos de Rasero, he recorrido parte del enorme Estambul, he entendido que esa melancolía también consigue que la hermosísima ciudad te guste más cuando ya no estás allí, sin las apreturas de la multitud, sin el agotador subir y bajar de su montuna geografía, sin sus contrastes brutales entre pobreza y opulencia. Pamuk, enamorado de su ciudad, la cuenta en permanente reconstrucción, una ciudad en obras.

Ayrán fresco (Ismet Büryan & Kebap). Foto: M.R.T.

Recién llegados, cenamos en la calle, en un kiosko con taburetes de plástico con lejanas vistas a la Torre de Gálata, un Balik ekmek, un rico filete de caballa especiada asada a la plancha, que se come en bocadillo o en dürüm, un rollito de pan lavash. El exotismo lo aportó la bebida, un Salgam suyu, jugo de verduras fermentadas muy ácido, que en un sorbo me parecía fascinante y en el siguiente repulsivo. Escogimos el distrito de Beyoğlu, que ya M. (la llamaré como hacía Rasero con N.) conocía de otros viajes, un ensanche moderno del lado europeo de la ciudad, en otro tiempo una zona muy tranquila, sin apenas turistas, y hoy un bullicioso barrio de poderosa vida nocturna que alterna locales donde veinteañeros beben y bailan a lo occidental con otros con un público de mediana edad que, desde las mesas en terrazas, canta a medio pulmón exitosas canciones turcas interpretadas por grupos en directo. Música de los cuarenta principales locales, conocidas por todos que, incluso en el entusiasmo general, me suenan a fado y a corazones rotos. Como cuenta Rasero, la cerveza turca EFES es excelente y la sirven en botellas de dos tercios, pero sólo aquí la tomamos. No eché de menos comer con alcohol después de descubrir el ayrán, yogur batido con agua salada, esa delicia espumosa que los otomanos trajeron desde Asia Central. Beyoğlu está atravesada por la arteria peatonal de Istiklal, a todas horas llena, y de noche iluminada como una feria, donde las grandes firmas mundiales de la moda o de la joyería ofrecen sus tesoros, tan turcos como sus falsificaciones. Pero Beyoğlu es también las calles estrechas y empinadas que bajan desde el bulevar Tarlabaşı, que da nombre al barrio pobre más antiguo de la ciudad; antes refugio de griegos y armenios, ahora de kurdos y gitanos. Casas a medio derruir, colchones en el suelo, gallinas sueltas, niños jugando al futbol con la camiseta del mediático Galatasaray. Y, sin embargo, la amabilidad cuando les preguntas por señas, ni una mala mirada, ninguna sensación de inseguridad. Cenamos allí, en un pakistaní exageradamente colorido, el Ali Baba Büfe, raciones generosas de samosas vegetales y pollo especiado. En la mesa de enfrente, un hombre y dos mujeres; una joven con el pelo y hombros descubiertos, la otra tapada con un niqab que sólo dejaba ver sus ojos. Cuando nos cruzamos la mirada le pidió al hombre cambiarse de sitio. Comía apartándose un poco el velo en cada bocado. Era una mujer muy mayor, quizás madre o suegra de quien vestía a lo occidental. Vi muchos grupos de mujeres donde unas van con velos musulmanes y otras sin cubrir. En las patrullas de policía parece que es intencionado, escogidos ellos y ellas como si hubieran pasado una selección para actuar de malos guapos en una de sus telenovelas.

Balik ekmek y Salgam suyu. Foto: M. Ruiz Torres.

« ¿Qué es el amor en realidad?», se pregunta Pamuk en el libro que, ya se ha dicho, sirvió de guía años atrás a N., su novela Masumiyet Müzesi, El museo de la inocencia. Ese museo existe, mandado construir por el propio autor, con objetos vividos o soñados por los personajes de su obra, en un edificio de finales del siglo XIX, en el barrio de Çukurcuma. Intentamos visitarlo sin éxito. Pegándote mucho a sus cristaleras se ve un hueco central al que se asoman, en su abismo de cuatro alturas, vitrinas de madera, he leído que tantas como capítulos tiene el libro. Se intuye un cierto desorden, espacios atestados de pequeñas piezas, un desequilibrio en el que todo podría caer sobre el escritorio de trabajo, allá en el sótano. Otra metáfora de la ciudad. Nos atrae un almacén de trastos viejos, sería excesivo llamarle anticuario, justo enfrente del museo. Estamos en un barrio de creadores y coleccionistas, ese círculo vicioso. El propietario no parece inmutarse con nuestra intromisión, pero al entrar se arranca en el tocadiscos una Édith Piaf que suena tiñendo de falsa vida rosa aquel robusto laberinto de maniquíes rotos; muñecos articulados; vasitos de té con forma de tulipán; postales del cine erótico turco de los setenta, con mujeres saludables en picardía y galanes repeinados en bañador que se pasean por playas que parecen réplicas de Torremolinos; también allí, vestidos añejos de fiesta que no desentonarían en el Orient Exprés, con terminal en Sirkeci, al otro lado del Cuerno de Oro, una estación de tren que por supuesto sigue en obras. Bajando hasta la calle Bogazkesen nos encontramos un tesoro, el centro social Tophane Mekan. Esconde un pequeño parque público en lo que fueran los jardines del antiguo orfanato francés. Un remanso fuera del tiempo para sentarse en su casi desconocida cafetería a tomar uno de esos tés turcos interminables. A mí me gustaría recuperar a veces aquella calma.

Manuel Ruiz Torres en el Ali Baba Büfe.

Autor

  • Manuel Ruiz Torres

    Manuel J. Ruiz Torres es escritor, con trece libros publicados, tres de ellos sobre gastronomía histórica. Miembro de la Academia Andaluza de Gastronomía y Turismo. Premio Al Andalus 2024 al Mejor Crítico Gastronómico de Andalucía, otorgado por la Federación de Cofradías Enogastronómicas de Andalucía. Autor del blog 'Cádiz Gusta'. Dirigió durante cuatro años el programa de la Diputación de Cádiz para recuperar la cocina gaditana durante la Constitución de 1812.

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