Thoreaudiana

No son aún las seis de la mañana y el canto de un jovencísimo serín verdecillo me arrebata los últimos minutos de sueño de esta tórrida mañana de julio. Se ha posado en una rama baja del jazmín chino que ni se ha estremecido con su diminuto cuerpo de apenas veinte gramos de peso; su cabeza no es más grande que una garbanza y el plumaje de su pecho es de un amarillo casi fluorescente. Lo observo muy quieta, en la cama aún, y su ojo izquierdo me mira fijamente mientras sopesa la posibilidad de quedarse y desayunar o alzar el vuelo. Me estremece su fragilidad, sus movimientos rápidos y nerviosos, su trino armónico que parece no querer romper del todo el silencio del alba.

Las primeras luces van tiñendo el cielo de rosas y naranjas parduzcos, adelantando el tono terroso que va a tener el día; el pronóstico del tiempo da calima para hoy y una espesa niebla sucia lo cubre todo, acuarelando los perfiles y dando un aspecto desértico a tejados y azoteas. Poco a poco, a la canción del pequeño verdecillo se van sumando otros sonidos matinales: el murmullo sordo de los grillos más rezagados, el parloteo de los gorriones en el alero de la bodega y el zureo de las torcaces contoneándose entre las tejas. Y el canto del mirlo, definitivo y firme, tan seguro de sí mismo y de su territorio como un ídolo de obsidiana en la cumbre del tejado, siempre de fondo a todo este escenario acústico. Vencejos, aviones y golondrinas también me ofrecen su estrepitoso saludo mientras surcan el cielo dando grandes chillidos y tragando insectos. Los coches que comienzan a circular por la calle, alguna sirena lejana y el gimoteo insistente de Nagori, nuestro gato de apenas un año, pidiendo que le abra la puerta y pueda, por fin, compartir un retazo de sábana tibia conmigo antes de que me levante. Todo el ajetreo familiar, los pequeños crujidos de la casa, la tostadora y la cafetera, algún objeto que se cae. Escribe Thoreau en su diario, el 6 de mayo de 1852: “La música de todas las criaturas está relacionada con el amor, incluso en el caso de las ranas y los sapos. ¿Y no ocurre lo mismo con el ser humano” (Volar. Pepitas de calabaza, ed. Logroño, 2016).

Serín verdecillo

El mundo comienza su rutina diaria de ruidos, olores y gestos, mientras yo sólo tengo ojos y oídos para este diminuto pájaro que consigue mi atención absoluta, mi complicidad total. Todo el universo se despliega ante mí cuando ahueca sus alas, cuando se limpia el pico, cuando acude al comedero a por el grano que, con una constancia propia de una madre, le preparo cada noche, a él y al resto de pájaros que se acercan en diferentes tandas, estrictamente organizadas por especies y por jerarquías, a los balcones de mi dormitorio.

No concibo ya una mañana sin este despertar. Me siento viva y dichosa al poder contemplar el milagro de mis plantas que se han convertido con el tiempo y los cuidados en modestos arbolitos que ocupan todo el espacio de los balcones. Es una especie de microcosmos que he ido construyendo con la constancia, el afecto y la cabezonería de una verdadera jardinera. He creado un vergel donde antes solo había cemento y ladrillo. Soy, por tanto, parte del misterio que observo y que me colma de alegría.

Me siento levemente halagado cuando la naturaleza tiene a bien utilizarme, sin que yo sea consciente, como cuando ayudo a esparcir sus semillas durante mis paseos o llevo cortezas o hierbecillas en la ropa de campo en campo. Siento como si hubiera hecho algo por el bienestar común y me hubiera ganado el cobijo y la comida” (H.D. Thoreau. Todo lo bueno es libre y salvaje. Errata Naturae, 2017).

Ya no albergo ninguna duda. La naturaleza no es algo que discurre y se desarrolla delante de mí como un espectáculo bucólico que yo simplemente contemplo o disfruto. Soy coautora íntima de todos sus procesos, de todos sus ciclos, de sus cambios, de sus evoluciones. Al involucrarme en la creación de un jardín urbano no soy un personaje ajeno ni secundario; soy una actriz principal, igual que una hormiga, una abeja. Cómplice de todo lo que sucede a mi alrededor.

Si amplío la mirada, veo la parra del edificio de enfrente derramándose por las viejas tejas como una cascada tropical. No pueden con ella las podas indiscriminadas y absurdas de aquellos que la ven como un estorbo cuando decide crecer y expandirse generosa pared abajo. Desde que talaron el arce, se ha convertido en cobijo nocturno de todos los pájaros del barrio. En un tercer plano dormitan las araucarias, las dos madres centenarias que han crecido juntas y parece que se acarician o se arrullan cuando entrecruzan sus brazos verdes con el movimiento del aire. Veo arces campestres a lo lejos, y cipreses, robles australianos y falsas acacias. Sabinas. Todo me asombra. Todo me excita.

Siento y palpo esa red de relaciones de la que hablaba Henry D. Thoreau; esa inocencia y benevolencia indescriptibles entre plantas, insectos y aves a un palmo de mi vista. Y yo, empapándome de todo este prodigio. Leo, con una sonrisa en los labios, este párrafo de mi maestro incuestionable de la naturaleza, cuya filosofía y ejemplo de vida me acompañan desde hace más de tres décadas. Thoreau, nos compartió sus teorías sobre el ser humano, el cosmos y el sentido de la existencia, se convirtió en uno de los padres del ecologismo, y en el germen de la mejor tradición filosófica y literaria de Estados Unidos junto a Emerson, Hawthorne, Margaret Fuller, Whitman, y Bronson Alcott entre otros, unidos en torno a una filosofía: el trascendentalismo.

Mide tu salud por la simpatía con que recibes las mañanas de primavera. Si no hay nada en ti que reaccione ante el despertar de la naturaleza –y si la perspectiva de un paseo a primera hora de la mañana no te lleva a prohibir el sueño, o si el gorjeo del primer azulejo no te llena de emoción-, debes saber que ya has dejado atrás la mañana y la primavera de tu vida. Y será mejor que empieces a tomarte el pulso” (H.D. Thoreau. Volar. Pepitas de calabaza ed. Logroño, 2016).

Thoreau en 1856.

Pues sí. Mi interior reacciona a la naturaleza que me rodea con algarabía, con un gozo infantil previsto de una conciencia madura de la existencia, no sólo aquí, en este pedazo de paraíso que constituye mi jardín. Otros lugares por donde procuro practicar el arte de caminar y observar sin más propósito y donde acudo a perderme del ajetreo diario hacen vibrar mis fibras interiores, como si una llamada profunda atravesara el aire, se colara dentro de mí y con insistencia me pidiera unirme a ella. Es la llamada del mundo natural, sobrenatural, el mundo al que pertenezco y al que me entrego sin reservas en lo que Romain Rolland llamó amorosa y poéticamente sentimiento oceánico. Ese sentimiento difícil de describir que no dejaba descansar a Freud porque trataba inútilmente de pasarlo por el tamiz del psicoanálisis. Esa sensación de plenitud, de vida embriagada por una emoción extática como si se palpara algo eterno. Una emoción que nos permite abandonar el miedo a la muerte y percibir con otros sentidos distintos a los habituales aquello que no posee límites visibles, aquello que nos sacude de forma inopinada y que nos funde con algo mucho más grande, nos funde con el Todo. Es la cosmic consciounsness apuntada por Walt Whitman que, posteriormente, desarrollaría Bucke en su maravilloso estudio sobre la evolución de la mente humana. La incardinación con el mundo natural que propicia de manera inmediata una comprensión de todo lo que sucede, de porqué sucede y que quizá esté muy lejos de ser un aquí y un ahora.

Thoreau vivió como pocos seres humanos saben vivir. Consecuente con sus ideas y su libertad, permaneció desobediente con todo aquello que implicaba un dogma o una limitación. Vivió plenamente y fue feliz. Permaneció indiferente a los que no le comprendían y nos mostró que el arma más poderosa para una vida plena es saber que nada cambia si no cambiamos nosotros mismos, y que la verdadera revolución pasa por una transformación de nuestro interior.

De todos los trascendentalistas, Henry David Thoreau, representa para mí el pensamiento más claro y brillante, el más fresco e inocente. Su prosa es rica y vivaz, impregnada con el aroma de los bosques de Concord, y nos desvela una vida vivida con sencillez y honestidad, deliberadamente responsable, como él mismo describió su existencia. Su alegría contagiosa, su agradecimiento constante a todo lo que le rodeaba, su fina ironía y su capacidad de entender el sentido real de la vida humana, hacen de él un filósofo admirable.

Autor

  • Julia Bellido

    Julia Bellido (Jerez, 1969) es humanista y traductora. Ha compaginado su oficio de escritora con el estudio del feminismo en la historia de la antropología, la literatura y el arte. En 2009 publica la plaquette 'La decisión de Penélope', con la Asociación de mujeres progresistas Victoria Kent. Le siguen 'Mujer bajo la lluvia', su primer poemario (Canto y Cuento, 2013), 'Las voces del mirlo' (Renacimiento, 2018) y 'Hojas de Ginkgo' (Cypress, 2020). En 2023, tras un giro de timón en su travesía poética, publica 'Desobediente' (Garvm), al que le sigue 'Lucernario' (Garvm, 2024). Su última publicación es 'Flor de calabaza' (La Garúa, 2025), que es su primera incursión en las formas poéticas del Tanka y el Haiku.

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