Leo la poesía de Nero —seudónimo del poeta portugués Roberto Simões (1987)— días después de nuestra conversación al cierre de la última jornada de «Poesías do Mundo» en Loulé, un pueblo al interior del Algarve. Pese a entender el idioma, su lírica es de registro alto, tanto así que le escribo para comentárselo. Me responde a modo de broma: «mi poesía es incluso difícil de leer para los portugueses».
El escritor, invitado a la celebración del décimo aniversario del festival que reúne a poetas de todo el mundo para leer en su lengua nativa, destaca por una obra robusta que no ha parado de crecer desde su primera publicación en 2021. Con un lenguaje cuidado y complejo, sus búsquedas rastrean la historia del territorio a través de sus elementos para devolverla al presente. Exige pausa, relectura, o la misma atención que un maestro dedica a su oficio.
Profesor de portugués y literatura desde hace cuatro años, la escritura nunca ha sido para él un pasatiempo más. Ha dedicado tiempo y esfuerzo a la difusión de su obra, que pronto podrá leerse por primera vez en castellano en una antología.
Su obra parte con Oceano-O Reino das Águas (2021), descrita por el autor como una epopeya de fantasía que transcurre bajo el mar. Luego vino Telúria (2023), un viaje a sus raíces biográficas, escrito durante la pandemia mientras paseaba con sus perros por el campo. Y en 2025 publicó Akbar-Lunário Poético duma Alma ainda Árabe, un almanaque espiritual que rastrea la herencia islámica en la Península Ibérica.
En esta entrevista conversa sobre los riesgos de su próxima aventura poética, y en sus respuestas se adivina su vocación por tender puentes: entre el pasado y el presente, entre el portugués y el español, entre dos poetas de países lejanos.
— ¿Cuándo decidiste el nombre de Nero?
La gente conocía a alguien que no era exactamente yo, porque quien escribe tiene un mundo interior que, en la mayoría de los casos, no conoce. Además, en el primer libro, los personajes sólo tenían un nombre, todos eran nombres cortos, y tenían que ser nombres que se pudieran pronunciar bajo el agua, porque todos los personajes de Oceano-O Reino das Águas forman parte de una fantasía épica que transcurre íntegramente bajo el agua.
Nero no es un nombre que se use en portugués solo porque se asocia de inmediato con el emperador romano, y con los actos terribles que cometió. Aparte de eso, es un nombre precioso, con una sonoridad hermosa. Su etimología puede significar “de aguas claras”, puede significar “de aguas oscuras”.
— Escribes desde el Algarve. ¿Cómo es para ti escribir sobre el sur de Portugal?
El Algarve es conocido sobre todo por la playa y el sol, especialmente desde los años 60 y 70, cuando el turismo se disparó, y esa es la imagen que se asocia de inmediato con el Algarve. Pero el Algarve no es solo eso. El Algarve también es el campo, también es el Barrocal, la sierra; por lo tanto, hay mucho más que sol y mar.
El sol y el mar también me definen, claro. Ahora bien, mi experiencia es también la más interior, no es solo del océano. Quizás por eso, en mi primer libro me volqué hacia el mar y me sumergí en el reino de las aguas. Pero en los demás ya he hecho un viaje más interior.
En Telúria volví a mis raíces más biográficas. Son poemas que hablan de la experiencia del campo, del paseo por el campo. Lo escribí durante la pandemia, viviendo en el campo, paseando con los perros, y la naturaleza me inspiró.
Hay quien dice que hay más de 15 mil palabras portuguesas de origen árabe. Al crecer y vivir en medio de este entorno, tanto lingüístico como en otros aspectos, me sentí llamado a escribir sobre estos orígenes, que también son los míos. En Akbar hice un viaje a la expansión islámica en la Península Ibérica, pero el libro también termina haciendo una referencia al presente y, eventualmente, al futuro.
— ¿La poesía puede hacer algo contra la indiferencia?
La poesía por sí sola no acaba con la indiferencia, ¿verdad? Pero, al menos creemos que las palabras tienen el poder de hacernos ver más allá de lo que vemos en el día a día. Ver más allá nos permite romper la barrera de la superficialidad. Hoy en día, cuando todo es tan rápido, cuando vivimos entre pantallas y realidades virtuales, la gente se está olvidando de vivir el día a día con personas en persona, de salir a la calle, de ir a festivales y conciertos. Las nuevas generaciones ya casi no van al cine. El contacto con las personas es cada vez menor, es más fácil que falte la empatía.
La poesía permite ese despertar de la realidad, romper esa burbuja y, de alguna manera, llevarnos al tacto, a la pureza de los sentidos, a la desnudez. Y eso solo es posible, me parece, a través de la palabra.
— En el poema «Ensayo cordofónico» dices que «el corazón no se puede reparar» pero también que «la voluntad, extirpada del pecho, quirúrgicamente, es lo que nos salva». ¿Crees que la poesía puede ser esa voluntad?
Este poema surgió en un contexto muy específico. Aún no se ha publicado, pero se publicará primero en España, en una antología. Surgió en el marco de un evento que organizamos el verano pasado, en la Feria Medieval de Silves, precisamente en un museo municipal. Hubo una exposición de instrumentos de cuerda. El maestro José Cardoso me invitó a escribir algunos poemas sobre su arte.
En ese poema hago una comparación entre la construcción de instrumentos de cuerda y la fisonomía humana, el corazón como un instrumento y las cuerdas que suben por la garganta, casi como si fueran el mástil de una guitarra. Los instrumentos se reparan y la musicalidad se restaura.
En cuanto al corazón, claro que es posible operarlo, es posible trasplantarlo, pero en este sentido metafórico del amor, las cicatrices siempre quedan ahí. Es difícil restablecer ese músculo, si no imposible, hasta el punto de que quede como nuevo. Vivimos en una época en la que amar es más importante que nunca. Hay que tener en cuenta las pantallas, la superficialidad, y por eso hay que amar.
— Eres profesor. ¿Cómo cuidas el oficio de escribir dentro y fuera del aula?
Soy profesor desde hace cuatro años. Siempre quise serlo, estudié para eso, y luego me desvié hacia otras áreas. La escritura terminó por florecer primero, y una vez que ya estaba en la poesía, sentí una gran necesidad de volver al aula. La poesía no me bastaba para intentar sembrar esas semillas.
Me gusta enseñar a conversar. Leer poesía en mi aula es conversar sobre la poesía. Nos detenemos tantas veces como sea necesario, verso por verso, y vamos conversando, tratando de desmitificar el secreto, y luego tratando de entender qué es lo que esos versos les recuerdan a los alumnos, a dónde los transportan.
Al hacer este ejercicio, los alumnos terminan por ver la poesía no como algo inaccesible, sino como algo que pueden desentrañar y relacionar con su día a día, con su historia, con su experiencia. Curiosamente, lo que percibo es que a las nuevas generaciones les gusta la poesía. Tiene que ver con la forma en que se enseña: no convertirla en algo complicadísimo, no caer en esa idea de que la poesía no sirve para nada, y enseñar la belleza de pensar a partir de lo que escriben los poetas.
— ¿Cuáles son los próximos pasos de tu trabajo?
Todos mis libros dialogan entre sí. Hay un lenguaje común entre las portadas. Me gusta diseñarlas, me gusta dedicarme a esos detalles porque creo que el libro no son solo poemas, el arte también es importante. Creo que es posible ofrecer más contenido a quienes nos leen a partir de las portadas.
Hay una secuencia de elementos: el agua, la tierra, el fuego. Después de Oceano, Telúria y Akbar, estoy formando una especie de trilogía del espíritu. Son viajes espirituales. Ahora voy a la Amazonía, voy con los pueblos originarios de Brasil, para comprender las influencias del tupí-guaraní en nuestra lengua, qué es lo que vino de allá, pero también para conversar con esas culturas. Para mí, como portugués, es un trabajo arriesgado, pero quiero intentar entablar ese diálogo.



