La publicación hace apenas dos meses de Guerra total, la secuela desconocida de A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales ha provocado un cierto o, al menos inusual, revuelo, vestido o disfrazado a veces de polémica (el siempre razonador y razonable Andrés Amorós ha llegado incluso a hablar de “agrias polémicas”), lo que para mí, como editor literario del volumen, ha sido un poderoso motivo de alegría y entretenimiento.
La polémica, disfrazada o desnuda, empezó incluso bastante antes de la llegada del libro a librerías, gracias a un artículo de Jesús Ruiz Mantilla en el El País (1 de abril de 2026) en el que se le preguntaba a la biógrafa oficial de Chaves Nogales, María Isabel Cintas, por los seudónimos y por los relatos y ella respondía, un tanto ambiguamente, que no creía que los relatos fueran de Chaves Nogales porque él nunca tuvo necesidad de emplear seudónimos. Afortunadamente, en su blog Chavesnogales.info, a las 2:23 p.m del 30 de mayo pasado, escribió la doctora Cintas: “No he tenido acceso todavía al libro de Abelardo Linares, por lo que no puedo opinar sobre él”, con lo que, finalmente, pudimos saber que reconocía no haber leído el libro (de Chaves Nogales, no mío) del que había hablado ya dos meses antes.
Hasta el momento, dejando aparte las reseñas favorables, ha habido dos estudiosos, catedráticos los dos de literatura, Andrés Amorós y Fernando Valls, que han manifestado “dudas” sinceras acerca de si es o no Chaves Nogales el auténtico autor de los ocho relatos de Guerra total firmados con seudónimo.
Por una afortunada coincidencia, hace pocos días he tenido noticia del análisis estilométrico que de A sangre y fuego y Guerra total ha realizado Javier Blasco, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Valladolid y uno de nuestros más prestigiosos y convincentes especialistas en estilometría. Javier Blasco me escribe justamente lo siguiente: «Abelardo, puedes estar cien por cien seguro que son de Chaves Nogales todos los relatos de Guerra total. Sólo el dos («Hospital de sangre») y el seis («Un excelente verdugo») plantearían alguna duda (ya te comentaré, si quieres), que obligarían en estricto peritaje forense a nuevas comprobaciones. Observa los gráficos que te adjunto para que veas cómo automáticamente, utilizando métricas distintas, los relatos de Guerra total se asocian con A sangre y fuego, con las salvedades anotadas».
Puesto que “Hospital de sangre” fue publicado en la revista cubana Bohemia firmado por Chaves y “Un excelente verdugo” es un relato ambientado en la Sevilla natal Chaves Nogales, que además, desde el punto de vista narrativo, plantea un problema moral que se resuelve con la muerte sacrificial del protagonista, al igual que sucede con otros dos relatos de la serie, “El traidor” y “Timidez”, me atrevo a suponer que esas “dudas” no serán especialmente difíciles de disipar en el futuro.
Imagino también que el que Javier Blasco asegure o certifique, por así llamarlo, que los relatos de Guerra total son obra original de Chaves Nogales resultará suficiente para todos aquellos lectores de buena fe a los que les inquietara o moviera a suspicacias el hecho de que los relatos de Guerra total aparezcan embozados con distintos seudónimos y no bajo la firma de su verdadero autor.
Caso bien distinto es el de José Luis García Martín, poeta, diarista y reseñista contumaz al que le encantan las controversias o, mejor aún, llevar la contraria a los que le llevamos la contraria, por puro entretenimiento y juego. García Martín publicó, por eso, en varios periódicos de la cadena de Vocento y en sus blogs Crisis de papel y Café Arcadia un entretenido artículo intitulado “Un castillo de naipes sostenido en la fe” en el que desarrollaba la humorística hipótesis de que los cuentos de Guerra total no eran de Chaves Nogales, sino un producto de mi “chavesmanía”, que me llevaba a ver por todos lados y en todos los periódicos y revistas de la época de Chaves Nogales artículos y cuentos suyos.
Y que pudiera ser, dada la beatificación de Chaves y su subida a ciertos altares literarios e ideológicos, que yo incluso hubiera falseado la autoría de los cuentos de Guerra total de manera muy parecida a aquellos que en la Edad Media, aprovechando la credulidad religiosa, falseaban reliquias de verdaderos o falsos santos para lucrarse con ellas. Todo, por supuesto, dicho de la mejor forma.
Por su parte, la reciente catedrática de Filología Inglesa de la Universidad de Sevilla, Yolanda Morató Agrafojo, con la que en el pasado año he tenido, llamémoslas, discrepancias acerca de su edición de unos problemáticos Diarios de la Segunda Guerra Mundial de Manuel Chaves Nogales, ha publicado en la revista digital Zenda un curioso artículo: “Guerra total, el gran bulo editorial del año”.
Doña Yolanda empieza argumentando (¿?) que “los supuestos hallazgos de Guerra total… ocultan la firma de quienes sí los escribieron y publicaron con sus nombres, a los que se reduce tristemente a la categoría de seudónimos… y, para colmo, se les rebaja altura acusándolos de no ser narradores.”
Me detendré solo y con alguna calma en ese “colmo” de la catedrática Morató que me imputa el querer yo “rebajar la altura” de cuatro escritores que nunca en toda su vida literaria publicaron cuentos (excepto Fernando de la Milla, que había publicado relatos eróticos). ¿Y cómo los rebajo?: alegremente, aportando el dato y el hecho de que realmente jamás fueron narradores.
La catedrática Morató a continuación señala los graves riesgos que para Ciencia entrañan mi falta de formación filológica y mi ignorancia bibliográfica y termina resumiendo que mercadeo con la mentira, que le robo su autoría a quienes firman los relatos; e incluso avisa (no sé si solo a mí o si también a la Justicia) que, como los derechos de autor de los autores firmantes siguen afortunadamente vigentes, me encuentro “frente a un posible delito contra la Propiedad Intelectual”.
Por las justicieras y breves muestras que ofrezco, podrá comprobarse que la catedrática Morató es todo un tsunami, un verdadero ciclón, un auténtico terremoto filológico que no va a resignarse así como así, de hoy para mañana, a que Guerra total deje de ser el gran bulo editorial del año 2026.
El tercer caso, el de Juan Bonilla, un estupendo escritor, y su colaboración en Jot Down: “ Los falsificadores (10): Chaves Nogales, autor del Quijote” aunque parezca el mismo, es un muy distinto caso. Sobre todo porque ya no nos encontramos ante una broma (o una “humorada”, por hacerle un guiño a Campoamor, dada la devoción que le tiene el profesor García Martín) o ante un alegato profesoral y curriculario, como el de la recién estrenada catedrática Morató Agrafojo, sino ante la Literatura, que es cosa más seria.
Juan Bonilla me hace formar parte destacada de una atrayente galería de falsificadores. Pero no de cualquier tipo de falsificadores, sino muy específicamente de falsificadores relacionados con la literatura y con los libros. La serie consta de doce capítulos y parece que ya está cerrada. El mío, el décimo, es uno de los dos únicos capítulos dedicados a la literatura española, que sin duda merecería estar, salvo mejor opinión, más ampliamente representada. Mi caso es también el más reciente, el más contemporáneo o extemporáneo, diríamos.
El maestro jerezano se centra exclusivamente en el fake de Guerra total que consiste, según él, en “hacer firmar a Chaves Nogales una colección de cuentos escritos por otros periodistas que andaban por París en el 38”… Es decir, en “montar la estrategia”… de asignar la propiedad de una obra que no escribió a una firma ya consagrada. Para Juan Bonilla, tal cosa la hago “con el solo afán de ridiculizar a la prensa cultural española.
En eso se resume todo, aunque le esté tal vez quitando a su relato todo el detalle que lo hace realmente atractivo, como el detalle de la sal hace realmente sabroso todo lo que puede llegar a ser sabroso.
Juan Bonilla no aporta datos documentales pero cierra perfectamente una pequeña obra de ficción de muy graciosa factura y se recrea (y me recrea) imaginando el proceso mental mediante el cual me he convertido en un punible y público falsificador: “Yo creo que, con el solo afán de ridiculizar a la prensa cultural española… Abelardo Linares ha montado el fake de Guerra total… Quería publicar algo inédito…había que inventarlo…Deduzco que se dijo…debió de ocurrírsele… debió responder a su pregunta…».
Por lo que parece, Juan Bonilla, gran cuentista, logra, a la vez y sin aparente esfuerzo, escribir una amena obra literaria e inmortalizarme como delincuente.
Alguien con imaginación tan grande como la suya no podrá aceptar la prosaica verdad estilométrica de que los relatos de Guerra total sean finalmente obra de Chaves Nogales. No tengo duda alguna de que su próximo relato sobre este caso será aún más admirable y más imaginativo y sorprendente.


