Estambul: en busca del ‘hüzün’

Los escritores románticos que visitaban Constantinopla durante el siglo XIX lo hacían a la capital de un imperio, el otomano; la ciudad apenas alcanzaba el millón de habitantes y el “recorrido turístico” incluía visitas a los Derviches o giróvagos, al Palacio del Sultán y su Harén, así como paseos por los cementerios. En sus crónicas y libros de viajes no faltaban los comentarios acerca de los perros callejeros, la prohibición de beber alcohol o la reclusión de las mujeres. La media del trayecto París–Estambul era, por entonces, de once días.

Todo esto le contaba yo a N. a nuestra llegada a la ciudad más poblada y pujante de la República de Turquía (desde 1923 llamada oficialmente Estambul, con más de 15 millones de habitantes) tras un vuelo de cuatro horas, mientras tomábamos un café turco, fuerte y concentrado, servido en tazas pequeñas, en un cafetín de Besitkas, nuestro cuartel general. A mí me lo llevaba narrando Orhan Pamuk desde que despegamos en Barajas, a través de Estambul. Ciudad y recuerdos.

Café turco.

Nuestro primer paseo resultó muy didáctico y nos hizo intuir lo fascinante e inabarcable de la ciudad que teníamos por delante. Vimos fotografías y retratos de Atatürk (el padre de la patria turca), así como grandes banderas de Turquía, por todas partes. Anduvimos junto al estadio del Besitkas JK y su águila negra. Conocimos la sugestiva belleza del Bósforo, surcado por un sinfín de embarcaciones, con la silueta de la parte asiática –el inicio de la Anatolia– al fondo. La lluvia nos sorprendió y supimos de lo voluble de la meteorología estambulí. A eso de la 1 oímos por vez primera el canto del muecín llamando a la oración, al que se unen cual asombroso y anárquico coro los procedentes de los alminares próximos. El objetivo de hoy (el final quizás sea comprender el alma estambulí, conocida como hüzün,) es alcanzar a pie Taksim Meydanı, centro neurálgico del Estambul moderno y plaza conocida por los disturbios de 2013, que brotaron para salvar el aledaño parque Geli, se convirtieron en un pulso al gobierno y finalizaron con siete muertos.

Durante el trayecto N. aprovecha para ponerme al día de las andanzas de Kemal y Fosun, los protagonistas de El museo de la inocencia de Onhar Pamuk, que, como ven, de algún modo, nos haría las funciones de guía en este viaje. La novela se sitúa en los años setenta y la primera mitad de los ochenta del siglo pasado, una realidad diferente a la Turquía actual, claro, aunque sirva para explicar esta, y Estambul es en ella figura destacada.

Iskender Kebab.

Comprobamos en nuestra caminata como, frente a algunas cosas que permanecen inalterables desde el XIX, otras han variado de manera sustancial o, sencillamente, han desaparecido. Así, los perros callejeros, todos similares, pardos, descoloridos, como desganados, siguen siendo unos habitantes más de la ciudad, queridos y cuidados por los estambulíes, y a ellos se han unido los gatos, convertidos en distinguidos vecinos de Estambul. Hay cementerios de todos los tamaños. En el centro de la ciudad te los encuentras junto a las mezquitas, formando parte, como pequeños oasis de tregua y silencio, del entramado urbano. El alcohol está permitido –a más de uno y de dos vimos felices por los efluvios del raki–, aunque un decreto del gobierno impide beberlo a menos de cien metros de una mezquita (nadie sabe, por su enorme cantidad, cuántas mezquitas pueblan la ciudad). La danza mística de los Derviches, debido primero a las prohibiciones y posteriormente al control del Estado, se ha convertido en una atracción turística más. Asistir a un auténtico ritual sufí se antoja una misión complicada. No hay Sultán alguno al que ir a ver. Ni Harén. Solo los fastuosos palacios que los acogieron: Topkapi y Dolmabahçe. La mujer ha avanzado en derechos, pero el islam, de la mano del gobierno, no deja de estrechar su lazo sobre la sociedad turca. Tanto el hiyab (pañuelo para la cabeza) como el nicab (velo que cubre completamente el rostro) forman parte –en aumento– del paisanaje de las calles. La dualidad, marcada ya por su geografía, oriente/occidente, pasado/futuro, Asia/Europa, islamismo/laicismo, parece algo inherente a Estambul, y la envuelve en una atmósfera de ambigüedad que, en determinados momentos y rincones, te hacen dudar acerca de dónde estés.

Té turco.

Al llegar a la zona de Gálata descubrimos que la ciudad, en realidad, se divide en tres. El Bósforo separa la zona asiática de la europea y, a su vez, la zona europea se halla dividida por el Cuerno de Oro, un estuario de unos 7 kilómetros de largo. Al otro lado del puente de Gálata, marcada por el perfil majestuoso de las mezquitas, se encuentra la mayor parte del “recorrido turístico” de hoy en día.

Taksim está de este lado.

Subimos las empinadas callejuelas del barrio de Gálata (o Karaköy), que en el siglo XII fuera ciudad estado genovesa y veneciana, en el distrito de Beyoglu, donde ya se hace palpable el espíritu comercial de sus habitantes. Contemplamos la Torre de Gálata y su perenne cola de turistas rodeándola, y desembocamos a la avenida Istiklal, antigua Gran Vía de Pera, una elegante calle peatonal de unos tres kilómetros, siempre repleta de gente, recorrida por el tranvía nostálgico, donde las grandes multinacionales conviven con las antiguas reposterías en las que se idearon, allá por el XVIII, las delicias turcas (lokum) –como el Hafiz Mustafa o el Hacı Bekir–, los puestos de castañas y mazorcas de maíz tostado,  los vendedores del maraş dondurması (el helado turco, de elástica consistencia, que permite al heladero perpetrar sorprendentes travesuras con el cliente), los músicos callejeros, las librerías, las galerías de arte, los cines, los teatros… También forman parte de esta avenida de la Independencia la iglesia franciscana de San Antonio de Padua, de estilo neogótico veneciano, o el Consulado de Grecia (por cierto, para acercarse a la tortuosa relación de griegos y turcos en Estambul nada mejor que leer el relato “Tres días”, incluido en La muerte de Ulises, de Petros Markaris).

Cuando al fin llegamos a Taksim, una plaza enorme con el monumento a la República en el centro, constatamos que las sospechas acerca del fortalecimiento del islam y de la deriva represora del estado turco, no van mal encaminadas. A un lado se construye una polémica macromezquita y el parque Gesi –al menos sigue ahí– está permanentemente ocupado por decenas de vehículos policiales. Anotar que en Estambul hay mucha policía y que, en Internet, la Wikipedia y otras webs se encuentran bloqueadas por las autoridades.

Chuletas de cordero.

Advertimos al fin que son casi las 5 y no hemos comido aún. Y yo compruebo en estos momentos en que escribo y me enfilo hacia el folio cinco lo difícil que va a resultar compendiar este viaje.

En uno de los tantos restaurantes que rodean la plaza, en este caso el Turkish Barbavue Kebab, nos sentamos para degustar nuestra primera comida. Para mí un Iskender Kebab, uno de los platos más populares de Turquía, que toma su nombre de su creador en el XIX, Iskender Efendi: carne de cordero cortado a láminas muy finas, salsa de tomate, pan pita y yogurt griego. Para N. chuletas de cordero con patatas, arroz, pimientos asados y verduras. Lo acompañamos con ensalada griega, en recuerdo de la querida Atenas.

En la sobremesa tomamos un té turco, una bebida social nada milenaria, ya que se popularizó a mediados del siglo XX por razones de Estado. Hoy día se toma a todas horas.

La palabra ‘hüzün’ –leo a Pamuk– se usa de manera extensa en la cultura estambulí, en la vida cotidiana, en la poesía, en la música”.

Apuntes del Cuaderno de Altamira: Los adoquines de Estambul son dibujos de una alfombra mágica y voladora. Las gaviotas rompen los cielos del Bósforo. Tiendas destartaladas se acumulan en las callejuelas de Gálata. Las aceras son baches, las escaleras ascienden en colores hacia Taksim. Mi cámara echa humo. Qué buenos son los músicos callejeros. En Besitkas te encuentras calles y calles con terrazas repletas de gente comiendo a las 10 de la mañana.

José Rasero Balón

Autor/a: José Rasero Balón

José Rasero Balón (Alhucemas, 1962). Soy autor de los blogs 'E la nave va!' y 'Humanos' (www.joserasero1.com) con fotografías realizadas en Holanda, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Austria, Italia, Alemania y diversas poblaciones de la geografía española. He publicado las novelas 'Laila' (1997), 'Badián no es un anís' (2012) y 'Áticos y viento' (Ediciones Mayi. 2015), así como el poemario 'Brochazos' (2001). Vivo en La Viña.

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