Una mirada retrospectiva (2): Los clásicos

50 AÑOS DE ALCANCES 

Resulta casi inmodesto pensar que la vida de uno haya coincidido con algún que otro momento decisivo de la Historia. Quizá en el fondo todas las épocas sean igualmente decisivas o anodinas, según se las mire. Pero, al confrontar mi propia madurez con los cincuenta años de existencia que cumple Alcances, el festival de cine de Cádiz, repara uno en algunas evidencias que quizá tengan su importancia. Por ejemplo, el hecho de que los modernos aparatos de almacenamiento y reproducción casera de documentos audiovisuales –léase, películas– no existían en aquel lejano 1968, y que incluso cuando uno empezó a frecuentar el festival, quince años después, todavía no estaban presentes en todos los hogares.

Tampoco, por supuesto, se sospechaba que, apenas unos lustros después, la principal y más generalizada fuente de información iba a ser un medio, o entorno, o quizá pesadilla, llamado “Internet”. Y cuando la mera existencia de Alcances brindó a este cronista la ocasión de empezar a escribir artículos de cine para la prensa local, su principal asidero era la memoria, así como un rudimentario archivo de fichas de películas que recortaba de los periódicos y todavía conservo… En esas condiciones, algunos aspectos del festival –o “muestra”, como se denominó durante buena parte de su andadura– cumplieron una eminente función didáctica: a falta de repositorios de películas al alcance del espectador medio, el hecho de que Alcances incluyera en su programación ciclos retrospectivos en los que se proyectaban las principales películas de tal o cual director o de algún periodo o género significativos en la historia del cine constituía por sí mismo un hito en la formación de quienes ya éramos cinéfilos de vocación pero no teníamos otro bagaje, ay, que los también beneméritos ciclos temáticos que emitía TVE, así como la heroica frecuentación de algún que otro cineclub, en el que aprendimos que una película no causa la misma impresión ni funciona del mismo modo cuando se la ve en el formato original para el que fue concebida –la pantalla grande– que cuando quedaba reducida a las dimensiones e incluso a la distorsión que implicaba el formato televisivo. En eso ni siquiera la generalización posterior del vídeo en VHS y de los posteriores DVDs supuso un cambio: seguía siendo incomparablemente mejor ver la película en la pantalla del Teatro Falla, por ejemplo, o en la del cine Andalucía, que en el monitor doméstico.

Tony Curtis y Jack Lemmon en ‘Con faldas y a lo loco’

Son muchas las películas de las que, gracias a Alcances, conservo un nítido recuerdo de cómo desplegaban todo su esplendor desde las dimensiones de una gran pantalla, y sería poco menos que imposible rememorar aquí todas y cada una de esas gozosas experiencias. Pero quizá sí quepan algunas. Por ejemplo, y ya que he mencionado la pantalla del Cine Andalucía, que acogió el festival durante los dos años que duró la rehabilitación del Gran Teatro Falla, fue en ella donde pude constatar, una mañana de sábado de 1986, que cualquier parecido entre una emisión televisiva de Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959) de Billy Wilder y su visionado en un cine de verdad era pura coincidencia. En esta comedia, recuérdese, Wilder imbricaba la historia de dos músicos de poca monta, interpretados por Jack Lemon y Tony Curtis, en las secuelas de la matanza del día de San Valentín, perpetrada en Chicago por los sicarios de Al Capone. Los rasgos de estilo del cine de gánsteres, por tanto, eran tan importantes en la película como los correspondientes a la comedia de caracteres. Y era precisamente ese homenaje del irreverente Wilder a los clásicos del género lo que más resaltaba en una proyección en pantalla grande: desde la aparatosa redada policial en el garito donde trabajan los músicos hasta los calculados prolegómenos de la matanza y el modo en el que los músicos consiguen eludir lo que parecía una muerte segura. Todos esos matices de atmósfera suelen pasar desapercibidos en un formato inapropiado, pero brillan con luz propia en la pantalla de un cine.

Una secuencia de ‘Los contrabandistas de Moonfleet’.

Lo mismo puede decirse de la proyección de Los contrabandistas de Moonfleet (Moonfleet, 1955), una malhadada película de Fritz Lang que no tuvo en el momento de su estreno en Estados Unidos el éxito esperado, lo que lastró su distribución internacional, hasta el punto de que en España no se estrenó hasta ya entrada la década de los 80. Y fue posiblemente ese intento tardío de distribución comercial lo que la puso a disposición de los programadores de Alcances, que la incluyeron en un ciclo de “Clásicos recuperados” en 1987. De nuevo, era la pantalla grande la que permitía a la cinta desplegar todo su esplendor: desde su colorido, que combinaba magistralmente lo sombrío con las calculadas estridencias y explosiones de rojos, amarillos y malvas, en un estilo que luego Roger Corman imitaría hasta la saciedad en sus adaptaciones de Poe, hasta la imaginería gótica (túneles, pasadizos laberínticos, tumbas) y las angulaciones y efectos de cámara típicamente “expresionistas”, en una cinta que apelaba directamente a la inocencia perdida del espectador resabiado, tan abundante en este tipo de eventos: lo que se le pedía ahora era que suspendiera su incredulidad y se entregara al disfrute de una historia protagonizada por un niño y en la que se combinaban el dinamismo del mejor cine de aventuras con la atmósfera opresiva de los relatos de terror.

Fritz Lang tuvo también su hueco en otras retrospectivas: por ejemplo, la que en algún momento se dedicó al cine alemán anterior al nazismo, y en la que se proyectaron, entre otras, Las tres luces (Der müde Tod, 1921) de este director, El gabinete del Dr Caligari (Das Cabinet des Dr Caligari, 1920) de Robert Wiene y otros clásicos de ese periodo. Hoy día no es difícil encontrarlas en cualquier repositorio de internet: los propietarios de sus derechos no ponen demasiado celo en perseguir su libre difusión, dando por sentado quizá que el valor comercial que conservan es escaso o nulo. Y de nuevo hay que insistir en una obviedad: la diferencia entre visionar estas películas en un archivo informático y verlas proyectadas en una pantalla de cine es abismal; y ello a pesar de que al festival no siempre llegaban las mejores copias, y de que a veces la organización tenía que improvisar la traducción simultánea de los intertítulos, por ejemplo, lo que suponía una notable alteración de las condiciones en las que la película debía apreciarse.

Adolfo Marsillach y José Luis López Vázquez en ‘091, policía al habla’.

Podría alargarse hasta casi el infinito esta lista de impresiones recordadas. Debe uno a Alcances, sin duda, una parte importante de su formación como amante del cine, así como su declarada preferencia por lo que, con cierta imprecisión, podemos llamar “cine clásico”. Y debe uno también al festival gaditano una cierta inclinación al matiz: en qué otro ámbito podría uno haber reparado, por ejemplo, en la singularidad del operador Juan Mariné, responsable de la fotografía de un buen número de películas españolas que hoy se consideran clásicos? Además de dedicarle el homenaje correspondiente, Alcances incluyó uno de sus mejores trabajos en un ciclo que tuve la temeridad de cubrir para el periódico local y que me obligó a acostarme no antes de las tres de la mañana durante toda una semana: me refiero a un ciclo de cine negro que se emitió en 1998 en la sección “Mientras la ciudad duerme” –es decir, en lo que suele llamarse la “sesión golfa”, que empezaba a las 12.30 de la madrugada– e incluyó, entre diversos clásicos del género, el policíaco español 091, policía al habla (1960) de José María Forqué y con fotografía del mencionado Mariné. Mis amaneceres para ir al trabajo sin apenas dormir no fueron sin duda menos turbios que los que este operador fotografió magistralmente para la mencionada película.

Con ella acabo este somero repaso de algunos de mis hitos personales en la parte que me toca del medio siglo que el festival gaditano acaba de cumplir. El tiempo nos transforma a todos y ni uno ni el festival somos lo que éramos hace, pongamos, veinte años, cuando aquel celebraba su treinta aniversario y su fundador, Fernando Quiñones, que falleció ese noviembre, aún tuvo fuerzas para prologar el libro-recuento que se editó para la ocasión, y del que me he valido mientras redactaba estas líneas para confirmar que la memoria no me engañaba y que las cosas fueron efectivamente como fueron. O no, quién sabe.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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