Una mirada retrospectiva (1): El cine de entonces

50 AÑOS DE ALCANCES 

Alcances, el veterano festival de cine gaditano, hoy “de cine documental”, cumple cincuenta años. Y los aniversarios, ya se sabe, son ocasión tanto para la melancolía –quién no la siente cuando constata que cincuenta años de su propia vida han transcurrido paralelos a tal o cual evento– como para el recuento  y el balance, si es que estos últimos no son modos de encauzar o quizá incluso de despertar lo otro. Este cronista se incorporó al festival cuando Alcances había cumplido ya quince años de su andadura, y fue seguidor impenitente del mismo durante al menos veinte años más, hasta que el entusiasmo fue cediendo y la deriva del festival –o “muestra”, que también se denominó  así– hacia formatos cada vez más alejados de los planteamientos bajo los cuales yo lo había disfrutado terminaron convirtiéndome en un visitante muy ocasional.

A pesar de este sentimiento de lejanía –del que no culpo a nadie: los tiempos cambian y el propio gusto no siempre se aviene bien a esos cambios–, no puedo dejar de señalar mi deuda cinéfila con esos veinte años, o quizá más, durante los cuales los nueve días de duración de la muestra/festival eran una oportunidad única de asistir a la proyección de películas recientes que de otro modo no se habrían estrenado en la ciudad y de amplias retrospectivas de etapas o directores importantes en la historia del cine, así como de convivir con un público multitudinario –ese rasgo también se ha perdido en el actual formato– para el que estos encuentros eran quizá la única ocasión de sentir la ciudad como un espacio de socialización y cultura distinto al que se percibía en otra clase de celebraciones más populares y mejor atendidas por las instituciones. Tengo la impresión de que ese aspecto, digamos, gregario del festival fue una cuestión generacional, que afectó a unas pocas promociones de espectadores y terminó cuando éstos, por razones de edad, de cambio en sus esquemas de ocio o incluso por cierta sensación de saturación, empezaron a desertar. Aún así, insisto, la muestra/festival pudo celebrar su treinta aniversario en 1998 –tengo ante mí el libro conmemorativo que se publicó entonces, y que coordinó Elena Quirós Acevedo– desde un sentimiento un tanto temerario de que aquella ocasión de encuentro y de gozo cinéfilo no nos la iba a quitar nadie. Pero ya se sabe que ese tipo de certezas sobre la permanencia de las cosas que uno aprecia y disfruta suelen inducir a engaño.

Una escena de ‘Totó el héroe’ de Jaco van Dormael.

Tengo ante mí también el librito, mucho más modesto, que recoge el programa de este año y lo he abierto por el apartado correspondiente al ciclo de proyecciones con el que se pretende conmemorar el medio siglo de existencia del festival: cinco largometrajes de importancia indiscutible –Satiricón de Fellini, El Decamerón de Pier Paolo Pasolini, La ansiedad de Veronika Voss de Rainer Werner Fassbinder, El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante de Peter Greenaway y El cielo sobre Berlín de Wim Wenders– y otros tantos cortometrajes de jóvenes promesas del cine español que luego quedaron plenamente confirmadas.  Había mucho donde elegir y, por tanto, esta “foto fija” de lo que ha sido el pasado de Alcances sin duda es tan buena como cualquier otra. Por eso se me disculpará si anoto aquí, en esta crónica apresurada, que mi primera impresión al leer estos títulos ha sido de extrañeza: como si, al mirar una foto antigua de uno mismo, uno no terminara de reconocerse. Lo nuestro de entonces, hay que reconocerlo, no era exactamente cinefilia, sino cinefagia, si se me permite ese término: había días en los que uno entraba en el Gran Teatro Falla –otro rasgo definitivamente perdido: el festival ya no se celebra en este solemne escenario– a las cuatro o las cinco de la tarde y salía a las dos o las tres de la madrugada. En esas condiciones, algunas películas causaban honda impresión en uno, otras confirmaban una opinión previa, otras simplemente pasaban desapercibidas. De ahí, quizá, que la película de Fellini, pongo por caso, que me viene a la memoria cuando pienso en Alcances no sea tanto el Satiricón como Y la nave va (E la nave va, 1983), que fue una sorpresa en el sentido literal de la palabra: ese día era otra la película anunciada, que no llegó, y supongo que fue la distribuidora la que ofreció esta más que acertada alternativa, de cuya proyección no he logrado encontrar referencia alguna, tal vez porque la documentación que tengo a mano recoge simplemente lo que estaba anunciado y programado y no las azarosas improvisaciones que siempre fueron parte del festival… Pero lo que sí recuerdo es la impresión que me causó esta bellísima película, que recreaba de un modo deliberadamente artificioso y teatral el ambiente de un viaje transoceánico en tiempos de la belle époque, con la tragedia del Titanic como fondo. Fellini jugaba irónicamente con los elementos que definen la nostalgia y la reinvención que hacemos de épocas pasadas –un asunto, miren por dónde, muy apropiado al asunto que nos ocupa– y acertaba a establecer un certero paralelismo entre las trampas del recuerdo y los mecanismos de la realización cinematográfica que él mismo estaba utilizando para contar su historia, y que no tuvo inconveniente de mostrar al final: el océano encrespado que quiere tragarse el trasatlántico era… un tanque de agua en el que operaba una maqueta.

Una secuencia de ‘The pilow book’ de Peter Greenaway.

Podríamos extender este juego del contrapunto a las otras películas: oponer, por ejemplo, la desabrida El cocinero, el ladrón… de Greenaway, en cuya escena culminante aparece un cadáver asado y listo para servir, a la bellísima y melancólica The Pillow Book (1996) del mismo director, también proyectada en Alcances. Pero antes me vienen a la memoria otras películas contemporáneas –en una segunda entrega de esta crónica nos ocuparemos de los clásicos– que no se habrían proyectado nunca en Cádiz si no hubiera sido por la benemérita acción del festival, y que dejaron en mí una huella indeleble, a pesar incluso de que sus directores no son tan conocidos como los ya nombrados. Pienso, por ejemplo, en Totó el héroe (Toto le héros, 1991) del belga Jaco van Dormael: una comedia agridulce en la que un hombre anciano rememora su vida y, mezclando realidad y fantasía, convierte su aparentemente anodina existencia en una apasionante búsqueda de la propia identidad, a partir de la suposición de que fue confundido en la cuna con otro niño cuya vida, que debería haber sido la suya, había sido mucho más afortunada. La película incluía una versión de la alegre y pegadiza canción “Boum!” de Charles Trenet, que  muchos de los asistentes a la proyección canturreaban al salir, a la vez que se les dibujaba en el rostro una irreprimible sonrisa. Yo mismo no he olvidado esa melodía desde entonces. No se puede decir que fuera una película optimista, pero sí que suponía un claro alegato a favor de la felicidad posible, y como tal fue entendida –cosa poco frecuente– por el numeroso público.

Un fotograma de la película ‘Léolo’ de Jean-Claude Lauzon.

Un efecto parecido tuvo Léolo (1992) del canadiense francófono Jean-Claude Lauzon: también un ejercicio de introspección autobiográfica en el que se mezclaban la ironía, el humor franco y la melancolía. ¿Estaban de moda entonces este tipo de películas? Posiblemente, como contrapunto, quizá, de otro tipo de relato más descarnado y cínico al que parecían inclinados, quizá por confundir cinismo con mirada crítica, tantos directores “independientes”, de entonces y de ahora: así, la crudelísima Happiness (1998) del norteamericano Todd Solondz, construida según otro artificio entonces muy de moda, el cruce de relatos, y plena de realidades perturbadoras, entre ellas la violación de un niño por parte de un pedófilo. Pero lo verdaderamente inquietante de la película no era tanto su contenido como el hecho de que el público pareció entender esta sucesión de calamidades como otras tantas humoradas. Yo estaba horrorizado y todos a mi alrededor reían. Era otro rasgo de época: las risas servían para demostrar que uno sintonizaba con la inteligencia crítica que había detrás de la película. Algo parecido, por cierto, ocurrió en la sesión inaugural de la presente edición, la del cincuentenario, en la que se proyectó un muy mediocre corto documental, de cuyo nombre no quiero acordarme, producido por la Universidad Autónoma de Barcelona y en el que se da cuenta de una jornada en una asociación barcelonesa de “caballeros legionarios”. Pero el objetivo, más que el examen de la mentalidad que cabe suponer a este colectivo, parecía ser burlarse de la ignorancia, la pobreza –todos eran humildes obreros– y el aspecto físico de estas personas, a quienes además se presenta como dechados de españolidad… La gente se reía y a mí me pasó lo que en aquel lejano 1998: no sabía de qué. Será que no hemos cambiado tanto en estos últimos veinte años.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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