Lisboa, ‘minha menina, meu amor’

Lisboa está de moda. Madonna, José María Cano, Monica Bellucci, Michael Fassbender o Phil Collins, por poner algunos ejemplos, la encuentran arrebatadora —no sé si a la ciudad o a su nuevo régimen fiscal. Tanto que han decidido comprase allí una casa. Y no me extraña porque Lisboa es fascinante.  

Hace más de dos décadas que su Cristo Rey me recibió con los brazos abiertos mientras mi auto transitaba por el Puente Veinticinco de Abril en medio del ruido atronador del piso metálico y el aullar del viento colándose por sus cables de acero. Volví enamorada. Enamorada de ese slow life que se practica allí gracias a la cual todo parece discurrir más lento: la decadencia, el andar sosegado de su gente por las aceras adoquinadas; la historia con mayúscula compuesta de millones de minúsculas historias; las penas mecidas a ritmo de fado, esa expresión del destino trágico y doliente del alma portuguesa que te agarra el corazón como un oscuro presagio de pérdida; hasta las horas marcadas por el reloj de la estación de tren de Rossio…

Uno de los decadentes comercios lisboetas.

Uno de los decadentes comercios lisboetas.

Es difícil no prendarse de sus edificios de balcones herrumbrosos donde se asolean, sin pudor, sábanas, bragas y camisones; de las casas de comida que huelen a parrilla y vinho branco en las que la tradición, y el buen género, siguen presentes; de las cuestas de Alfama donde hasta el aire se queja por el tiempo que se escapa: “O tempo vai-se passando./ E a gente vai-se iludindo./ Ora rindo ora chorando,/ Ora chorando ora rindo./ Meu deus, como o tempo passa,/ dizemos de quando em quando./ Afinal, o tempo fica./ A gente é que vai passando…”; de su Tajo, bautizado por los fenicios como Taghi, buena pesca, que confiere al ambiente una luminosidad especial y que, a pesar de su majestuosidad —parece la mar—, se rinde humildemente a los pies de quienes lo contemplan desde los miradores de Porta do Sol, Santa Lucía o Castelo de San Jorge; de sus establecimientos donde la modernidad parece haber pasado de largo incapaz de reemplazar las viejas estanterías y los robustos mostradores de madera por los asépticos e impersonales expositores de los grandes almacenes que, como papel secante, han acabado absorbiendo la tradición en otras capitales europeas. Porque Lisboa resiste. Toda ella resiste obstinadamente a la uniformidad que imponen los tiempos; porque su destino es resistir, a los terremotos del pasado y a los tsunamis recientes de la globalización.

Y resiste porque su gente resiste. Gente sencilla, de andar pausado, gesto serio y maneras educadas que te siguen atendiendo a la vieja usanza: “Bom dia senhorita, ¿é que eu posso ajudar?; muito obrigado; ide com Deus”, en cualquiera de sus emblemáticos establecimientos como La pastelaria Suiza, en cuyas mesas tiempo atrás se sentaron a saborear unas bicas Orson Welles y María Callas, el café Versailles, donde no hay desengaño amoroso ni cuita que se resista a un buen chocolate caliente o el Nicola, llamado originariamente por su propietario, el Botiquín de Nicola, donde una buena taza de café es, sin duda, un magnífico primer auxilio.

Una colorida calle del barrio de Alfama.

Una colorida calle del barrio de Alfama.

Lisboa es un bálsamo para la tristeza. Por eso, cuando la nostalgia acecha, conviene volver a la Pastelaria de Belem y deleitarse con los deliciosos pastelillos de nata  que, diariamente, elaboran sus maestros pasteleros de acuerdo a la receta original de las monjas del convento de San Jerónimo. El dulce olor a nata y canela que exhala cada rincón de ese establecimiento es, verdaderamente, embriagador. Olores que te devuelven a la infancia.

Y, poco antes de la despedida, conviene sentarse en la terraza del café A Brasileira. De madrugada, cuando la luz amarillenta de las farolas de la Rua Garret tapiza las aceras y ni el leve rumor de la respiración violenta el silencio, es el mejor momento para escuchar a Pessoa y dejarse acariciar por sus broncíneas palabras: “Viví como un poseso./Amé las cosas sin sentimentalismo alguno./ Nunca tuve un deseo que no pudiese realizar, porque nunca me cegué./ Aun oír nunca fue para mí sino un acompañamiento de ver./ Comprendí que las cosas son reales y todas diferentes unas de otras;/ comprendí esto con los ojos, nunca con el pensamiento”.

Así veo yo a Lisboa, con los ojos del corazón porque la belleza solo puede aprehenderse a golpe de instinto, ese que me lleva una y otra vez a Lisboa,  minha menina, meu amor

Alicia Domínguez

Autor/a: Alicia Domínguez

Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia Moderna y Contemporánea por la UCA y Máster en Resolución de Conflictos y Mediación por la UOC. Autora de 'El Verano que trajo un largo invierno' y 'Viaje al centro de mis mujeres' Colaboradora de la plataforma Woman Soul's y articulista en La Voz del Sur.

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