Grupo de ancianos de tertulia. Ilustración de José Manuel Benítez Ariza.
El tiempo es subjetivo, diagnosticó Bergson. También el espacio; y no porque, en términos físicos, espacio y tiempo puedan considerarse aspectos de una sola dimensión –eso lo dejamos para quien lo entienda–, sino porque nuestra propia vivencia del espacio nos ha enseñado que éste, como el tiempo, se percibe de un modo muy distinto según las circunstancias del observador. El niño inquieto al que se le ordena que se recluya un rato en su habitación empezará a fabular de inmediato que ese espacio es ahora otra cosa: el interior de una nave espacial, por ejemplo, o de un barco; o un país extraño en el que quizá evoluciona ahora, desplegado en el suelo, un destacamento de soldados de plástico o de objetos cualesquiera que figuran ser soldados de plástico. El armario abre paso a otra región, los bajos de la cama son ahora una claustrofóbica caverna, los filos de las estanterías o de la mesilla de noche son las crestas de una montaña desde la que un francotirador con plumas otea el paso de un enemigo con casaca azul, o al revés… Y toda esa fantasmagoría se mantiene en tanto el niño no recibe, del otro lado de la puerta, la voz que lo libera del encierro y le asegura que, si ya se ha calmado y está dispuesto a portarse bien, puede salir.
Soy muy consciente de que la escena que acabo de describir pertenece a otro tiempo. Quizá ahora, en bien de la siempre atribulada infancia, un decreto de encierro, siquiera sea por unos minutos, se considere una crueldad excesiva, sólo superada por otra mayor, que sería haber privado al reo, mientras tanto, del acceso a una pantalla. En mis tiempos no existían esas consideraciones –tampoco las pantallas, salvo la del televisor en blanco y negro que emitía con horario limitado–: con frecuencia, mis travesuras terminaban, no con un encierro en mi propia habitación, cuando la tuve, sino en un pequeño y desposeído cuarto de aseo. Pero, igualmente, los pocos elementos del ajuar doméstico que tenía a mi alcance pasaban a integrar la trama imaginaria con la que sobrellevaba el castigo: el tapón del lavabo con su cadena, un vaso, unos frascos de cosméticos, un peine… No quiero hacer aquí la fácil traslación de querer ver en esas expansiones fantasiosas el germen de posteriores afanes imaginativos que uno haya querido cultivar: la creación literaria, por ejemplo. Pero quizá la propia literatura no sea, en definitiva, sino una de las estrategias con las que la imaginación humana se acomoda a tiempos y espacios que forzosamente la constriñen.
Ha llegado el verano, que en los últimos años ha dado en ser extremo y resolverse en una sucesión de episodios de temperaturas desusadamente altas. Quien esto escribe, como ya he contado en otra parte, sale a pasear con un viejo. El recorrido habitual, que suele ser una caminata en línea recta por el amplio paseo que bordea la bahía, resulta impracticable a pleno sol, así que hay que buscar alternativas. Nos pasa, al viejo y a mí, lo que al niño al que antes nos referíamos: nos vemos constreñidos a actuar en un espacio limitado, en este caso los rebordes de plazas y calles en los que la orientación de los edificios permite un margen de sombra; a lo que hay que sumar el imperativo de que en esos márgenes haya, cada cierta distancia, un banco en el que sentarse a descansar.
Éstos no abundan; es más, diría que son escandalosamente escasos. Uno, que ha vivido en este barrio toda su infancia y conoce bien su intrahistoria, sabe que el dato no es casual. En otro tiempo hubo más bancos, las anchas aceras de esta barriada de nueva planta lo posibilitaban. Llegaba el verano y en los dos o tres que había al pie de cada edificio se sentaban hasta altas horas de la madrugada quienes al día siguiente no tenían que madrugar. Eran los comienzos de un tiempo desinhibido. Las viejas constricciones de antaño –porteros gruñones, muchos de ellos vinculados al viejo aparato represivo, severos guardajardines enemistados con la chiquillería, municipales prontos a multar cualquier exceso– estaban desapareciendo. Incluso empezaba a dejar de estar mal visto beber en la calle. Y aquellos bancos providenciales, único lugar de expansión de la mayor parte de quienes vivían en esa barriada, se convirtieron en fuente de conflicto. La libertad, ya se sabe, es un don precioso que no siempre sabemos gestionar. Empezaron las quejas por los ruidos, por la suciedad, incluso por algún que otro acto de vandalismo asociado a esos puntos de reunión callejera y nocturna. El ayuntamiento, poco a poco, fue suprimiéndolos, o simplemente se limitó a dejar que los bancos se deteriorasen y hubieran de ser retirados sin que se procediera a su sustitución.
Mientras tanto, la población aluvial de la barriada fue envejeciendo. Los adolescentes ruidosos se hicieron adultos, encontraron empleo en otra parte, fundaron familias y, en general, se fueron. Las comadres gritonas, cuyas risotadas espantaban el sueño de los que tenían que madrugar, se convirtieron en frágiles y casi inaudibles ancianas. Los que ponían su celo en madrugar dejaron de tener que hacerlo, porque ya habían superado ampliamente la edad de jubilación. Y ahora todos esos ancianos de paso endeble y tembloroso se veían en el trance de pasear por una barriada que, pese a la envidiable amplitud de sus espacios públicos, carecía casi por completo de bancos en los que sentarse. De nuevo, resulta demasiado fácil deducir moralejas. Piensa uno en la fábula de Esopo, la de las ranas que pidieron un rey a Zeus. El dios lo tomó a broma y les mandó un tronco, que dejó caer en la charca con enorme estrépito. Las ranas al principio se asustaron, pero pronto comprobaron que el temido gobernante que Zeus les había enviado no era más que un pedazo de madera inerte. Renovaron su petición y Zeus, hastiado, les envió un dragón que, en cuanto se vio en la charca, procedió a devorar las ranas.
El dragón con el que los susceptibles habitantes de la barriada no habían contado era el Tiempo. Con los años se decuplicó o centuplicó el número de ancianos y ancianas, que ahora, cuando salían a la calle, comprobaban desolados que, si se cansaban cada pocos pasos, no había un solo banco público en el que sentarse, o los había en puntos muy concretos, que había que conocer bien si se quería simplemente dar la vuelta a la manzana haciendo todas las paradas que fuera necesario. Piensa uno que esa imprevisión, de la que no es del todo culpable el ciudadano común, absorto en sus preocupaciones inmediatas, sí puede imputársele a las autoridades, que son quienes deberían mirar más allá. Pero no, nadie ha ordenado reponer los bancos, y sigue siendo dudoso que la parte de la población que no los necesita no los siga viendo con recelo. He sido testigo de ello: en mi andadura como profesor, vi no hace mucho cómo el ayuntamiento se retractaba de convertir la calle por la que se accedía a mi instituto, y en la que a las horas de entrada y salida se congregaba una multitud, en un espacio peatonal más cómodo y accesible. Los vecinos se habían pronunciado en contra, temiendo que se convirtiera en punto de reunión de pandillas ruidosas. Preferían los coches.
Y aquí está uno, en fin, llevando del brazo a un anciano que necesita sentarse a descansar cada pocos minutos. Nuestros primeros pasos nos llevan a una intrincada plaza “dura” –es decir, pavimentada con cemento– que no es sino la confluencia de varios espacios de separación entre hileras de edificios. Se forma allí una especie de cruz por cuyos brazos va circulando la sombra según va cambiando la posición del sol. Hay también árboles, unas jacarandas, que dan una sombra rala y más bien engañosa, pero que aportan una cierta variedad visual al, por otra parte, desolado espacio. De la decena, o así, de portales que desembocan en esa plaza sale gente de vez en cuando, lo que podría suponer, para quien no tiene otra cosa en la que ocuparse, una fuente adicional de distracción. Sólo de vez en cuando, en fin, vemos jugar a un niño.
En ese amplio espacio, en el sector de la cruz donde confluyen los laterales sin ventanas de algunos de los edificios –es decir, donde no es muy probable que nadie se sienta amenazado porque al pie de su ventana haya gente sentada que potencialmente podría molestar– hay cuatro bancos enfrentados, dos contra dos. Por la mañana, cuando pasamos por allí, la sombra sólo alcanza a los de un lado. Por suerte, como decía, se trata una plaza muy poco frecuentada y casi nunca los encontramos ocupados. A veces una pareja de ancianos –una mujer muy alta y derecha, que en su día pudo haber presumido de un cuerpo envidiable, y un hombre minúsculo, consumido y encorvado– se sienta frente a nosotros, curiosamente en los bancos expuestos al sol, supongo que por preferencia del hombre, cuyo cuerpo gastado no parece apenas tener fuerzas para mantener por sí solo el mínimo calor vital. La mujer va muy despechugada y con frecuencia se remanga la falda: a ella esa sobreexposición al sol sí la agobia.
Como decía, de vez en cuando se registra alguna actividad en los portales circundantes. De uno de ellos vemos salir a una niña de unos diez años, delgaducha y espigada, que cruza la explanada para reunirse con un hombre en camiseta de tirantes que ha venido a buscarla en moto, al parecer con intención de llevarla a la playa. El contexto es fácil de deducir: hoy es el día en el que al padre separado le toca atender a la hija. A la ventana se asoma una mujer que grita lo que parece ser una advetencia, que el hombre recibe con una inexpresiva inclinación de cabeza. Otro día, un hombre de unos cuarenta años se pasó una media hora haciendo evolucionar por el pavimento un admirable bólido teledirigido. En otra ocasión, dos chiquillos silenciosos jugaron un rato delante de nosotros, a pleno sol, a pasarse la pelota. Pero se fueron enseguida, aburridos, puede que agobiados por el calor.
La segunda parada es frente a una manzana de locales comerciales que alberga un modesto mercado de abastos y varias tiendas. Al frente, de nuevo, tres bancos en línea sobre los que alcanza a proyectarse la sombra de los edificios que tienen a su espalda. No tienen buena fama estos bancos, hay quien dice que en ellos se dan tráficos ilícitos. No sé. A veces, sí, se sientan en ellos hombres gastados y nerviosos, de edad indefinida, que a cualquier hora del día beben cerveza y miran a un lado y a otro como pendientes de una aparición inesperada de la que tengan que precaverse. Pero eso lo suelen hacer a determinadas horas. Luego se van y los bancos no tardan en ser ocupados por la clientela habitual, es decir, por los viejos y viejas que pasan por allí. Como hay comercios enfrente, el panorama es distraído. A veces se oyen incluso los gritos de los tenderos, o llegan los inevitables efluvios a pescado que suelen emanar de todos los mercados y que se imponen a cualquier otro olor. También en ocasiones surgen, en el espacio entre los bancos y la hilera de comercios, tenderetes ocasionales en los que hombres muy parecidos a los bebedores de cerveza a los que antes nos referíamos venden, sobre una tela extendida en el suelo, desechos que inconfundiblemente han sacado de la basura: entre ellos, a veces, algunos libros, lo que hace que quien esto escribe ceda a la curiosidad y se levante a echar un vistazo, siempre con resultados desalentadores, por más que los vendedores piensen que esa muestra de interés por mi parte bien merece que ellos me ponderen la baratura del producto, que estarían dispuestos a ceder por apenas unos céntimos que uno pagaría muy a gusto, en fin, si mereciera la pena.
Bordeando la fachada frontera se llega al tercer vértice del recorrido más o menos cuadrangular que estamos haciendo. Se trata ahora de una plazuela en cuyo centro se alza un quiosco de comida y bebidas que en su hora punta llena de mesas y sillas todo el espacio, con la excepción de un arriate oblongo delimitado en todo su contorno por un banco de obra. La sombra sólo alcanza a una parte de él, que suele estar siempre ocupada por vecinos de los pisos circundantes. Frente a los que ocupan el banco propiamente dicho se sitúan otros que usan como asiento sus andadores y sillas de ruedas, lo que presta una curiosa movilidad al grupo y lo predispone, llegado el caso, a reorganizarse por tal de hacer un hueco en el banco a un recién llegado. Más de una vez nos hemos acogido a este gesto de amabilidad, que suele ir seguido de comentarios referentes al calor que hace. Pese a ello, y a tener al lado un quiosco de bebidas y una calle confluente llena de bares con terraza, ninguno de los allí congregados condesciende jamás a sentarse a tomar un refresco en uno de esos locales, sobre los que a veces emiten pintorescas e incluso escatológicas opiniones que mejor no reproduzco aquí. Es la venganza del vecino contra el hostelero, y también el velado reproche que la gente de recursos muy modestos hace a quienes hacen negocio en el espacio público. El quiosco, todo hay que decirlo, se llena igualmente, y su clientela a veces incluso desborda la terraza y, cerveza en mano, ocupa parte del banco de obra.
A esa hora, ya ampliamente superado el mediodía, este paseante y el anciano al que acompaña vuelven a casa. El cuarto vértice del recorrido cuadrangular es sólo indicativo: en él no hay bancos, por lo que este tramo del paseo es quizá el más fatigoso, también el más intrincado a la hora de procurarse sombra, para lo que hay que ir cambiando de acera. Un posible alivio lo proporcionaría, tras un breve desvío hacia la izquierda, una plazuela que se extiende, de nuevo, en lo que parece el punto más inocuo de una confluencia de calles, separado de las fachadas cercanas por una caseta de electricidad. Ahí, a veces, hacemos la última parada. Las sombras son densas, el suelo está siempre sucio de semillas aplastadas y excrementos de pájaros. Es una plaza muy solitaria y, por lo que parece, un tanto deprimente: a veces he visto en ella a hombres jóvenes, siempre solos, que se sientan en el banco frontero con la cabeza gacha entre las manos, como sorteando un episodio de tedio extremo, de los que suelen sobrevenir cuando uno ha esperado demasiado y en vano. Yo, la verdad, no sé qué esperan: ¿lo mismo que los bebedores de cerveza que se sientan frente al mercado? No lo parece. Se hacen notar también ciertas ausencias: en un lugar tan propicio para que alguna pareja pele la pava, nunca hemos visto que eso suceda.
Vuelve uno a casa con la sensación de que ha estado jugando a alguna clase de juego de casillas: de aquí para allá, según los pasos que te permita dar el resultado de la tirada de dados. La proximidad del mar hace que el airecillo en ciertas callejuelas cobre fuerza y tenga un efecto refrescante, como de túnel de viento. Entrecierra uno los ojos para disfrutar de ese frescor, que se agradece. Miro a mi acompañante: a él ese frescor le resulta más bien molesto, le causa algún escalofrío e incluso lo pone en el trance de estornudar. Es hora de recluirse en casa. A su edad, puede que sea lo más seguro.





