I
Prefiero ser las piedras que arrojen lejos tus manos y no ser el lago que recibe el impacto.
Germán Gustavo Bertasio (GGB) tiene 46 años, nació en Quilmes (Argentina), vive en Barcelona desde hace seis, y escribe desde que una maestra de primaria le pidió que hiciera una poesía sobre las formas de las nubes. Él dice que hace unos años le preguntó a algunas compañeras que estaban con él en esa clase si se acordaban, pero no, solo en él vive ese trozo de pasado.
Fue en 1990, en la escuela del bello barrio cervecero de su ciudad. Él era el alumno disperso que se pasaba el día mirando por la ventana, pero algo de esa consigna lo acompaña hasta ahora. Su camino en la escritura comenzó intuitivamente a base de aburrirse fácilmente y pasar mucho tiempo solo en la calle. No viene de una familia lectora ni de un entorno donde se le inculcó el arte como camino. Esa maestra, cuyo nombre lamenta haber olvidado, le abrió una puerta que después él tuvo que aprender a mantener abierta.
A los 13 o 14 años, sin ayuda ni referentes, entró por su cuenta a una librería y preguntó por la sección de poesía. Eligió un libro porque le gustó el nombre del autor: Kabir. Lo conserva todavía. Después vino Oscar Wilde, sus aforismos, sus frases perfectas. Una, en particular, le llamó la atención: «La moda es lo que uno mismo viste; lo que no está de moda es lo que visten los demás». Esa síntesis, esa capacidad de decir mucho en poco espacio, es la misma que persigue hoy.
Germán no es poeta de academia ni de concursos. Es poeta a pasatiempo completo, de máquinas de escribir, de tiradas numeradas a mano, como ocurre con la más reciente publicación de su fanzine Robarle una sonrisa a los días malos, presentado a mediados de junio en el Raval.
Cada uno de los treinta y tres ejemplares fue escrito a máquina, sin fotocopias, valorando los pequeños errores que puede dejar un objeto de otra época. La portada, que destaca por su abundante azul con letras plateadas, fue hecha en L´Automática, una imprenta del barrio de Gracia que trabaja con la técnica ancestral del letterpress.
El fanzine se suma a una obra independiente que comenzó en Buenos Aires con El amor desaparece cuando uno olvida los lunares del otro (2018) y posteriormente en Barcelona con Ser romántico trae problemas de tristeza futura (2025). Las tres obras las publicó por su cuenta, sin pedir permiso. Hay algo que no le cierra de la industria editorial: tener que depender de otros, no tener el control absoluto de la obra (por dentro y por fuera).
Razones tiene y lo resume con una reciente anécdota barcelonesa. GGB fue a la presentación de una novela de un escritor español famoso en la conocida librería La Central. Reconoce que no conocía la obra del escritor, pero sí le gustó la portada y como habló sobre la historia que había trabajado durante tres años, se lo comentó cuando fue por su firma. El escritor respondió con desidia: «Ah, sí, la foto de portada la puso la editorial, yo no tengo idea». Tras esa respuesta, Germán decidió no leer el libro.
Al igual que en sus obras predecesoras, su nombre no aparece por ningún lado. «No soporto esos diseños horribles donde el nombre del autor es gigante, a veces más grande que el propio título», dice. «Eso rompe toda armonía visual. ¡Deja que el título haga su trabajo!», defiende.
II
Solo el tiempo logrará menguar lo que siento. No va a ser hoy, ni mañana, ni pasado, pero va a pasar.
Hubo un tiempo en que Germán fue muy romántico. Escribió dos libros delicados sobre el amor, sobre los lunares del otro, sobre la tristeza futura. Pero el mundo lo fue transformando. «Yo ya no soy la persona romántica que era hace diez, quince o veinte años», confiesa. «Hoy en día creo que mi sentir no me permitiría escribir un libro así.»
Ahora escribe de otra manera. Se define como un «pesimista sonriente», y esa etiqueta, dice, le sigue describiendo a la perfección. No ha renunciado del todo a la esperanza, pero ya no la busca en las grandes declaraciones sino en los pequeños gestos, en las frases que nacen de la calle, de una conversación casual, o en una tormenta de nieve en Villa La Angostura, donde vivió una temporada en la Patagonia argentina, que lo inspiró a escribir: «¿Sabe el clima que pronto me iré y por eso se ha enfadado?»
Entre Buenos Aires y Barcelona hubo un bache creativo que duró unos cinco años. No escribía nada. Seguía anotando ideas sueltas, frases, disparadores, pero no las desarrollaba. La escritura se había quedado atascada. Fue en Barcelona, entre 2024 y 2025, donde volvió a encontrar el hilo. Y la máquina de escribir tuvo un rol fundamental: «Me genera algo especial pasar mis poemas en limpio a máquina una vez que ya están más o menos cerrados.»
La paciencia, el oficio, el error asumido como parte del proceso. Escribir es un trabajo lento, casi físico, que se parece más a la carpintería que a la inspiración. Por eso el tiempo, ese que mengua lo que se siente, también es el que construye las frases. No va a ser hoy, ni mañana, ni pasado, pero va a pasar. Como todo, supone. Incluso el dolor. Incluso el amor. Incluso la necesidad de escribirlos.
III
Si pronuncio tu nombre: te amo. Si lo separo en sílabas: te-a-mo-más.
Al analizar los versos de GGB, su poesía se vincula con el diario íntimo, como si alguien robase los cuadernos del escritor y los divulgase. No busca la metáfora compleja ni que el lector se rompa la cabeza descifrando un verso. “A mí me gusta ser directo, claro”, dice. “Cuando siento algo, prefiero decirlo de una manera limpia para que se entienda.”
Esa claridad que reúne en las las frases de su fanzine nacen de una serie de conversaciones anónimas con amistades, escuchando a la gente en la calle, que GGB retiene como «nota mental», hasta lograr cuidarla en el papel. “Sin darse cuenta, las personas dicen cosas hermosas, o curiosas que tienen un poder tremendo, yo me las guardo y luego veo si puedo darles una vuelta”, analiza.
El formato breve que estudia en su obra, que no alcanza a hacer un aforismo pero sí una idea llamativa suficiente como para impregnarse en un muro y que otra persona le tome una foto, tiene para el argentino una potencia especial. Lo compara con una canción de tres o cuatro minutos: “Estás esperando ese momento preciso en que la letra te pone la piel de gallina y dices: ¡Qué buena frase!. Para mí, ahí está la esencia de todo”.
Esa búsqueda de la síntesis lo llevó a descubrir un libro mítico de la literatura argentina que incluso lleva tatuado: Voces, de Antonio Porchia. Un inmigrante italiano que trabajaba como carpintero en Buenos Aires y que escribió un solo libro en su vida. Figuras como Alejandra Pizarnik, Jorge Luis Borges o Silvina Ocampo eran fanáticas de su obra. Germán recuerda una anécdota del difunto colega, cuando le preguntaron por qué no había vuelto a publicar, Porchia respondió: “porque ya no tengo nada más que decir”.
IV
Si digo estas frases en voz alta, es solo para que floten en el aire y luego se pierdan en la nada.
El fanzine Robarle una sonrisa a los días malos no aspira a la eternidad. Es un objeto frágil, de tirada limitada, hecho para circular en pequeños círculos. “Al principio buscaba la perfección, pero luego entendí que el valor estaba en el error: la palabra tachada, el espacio que faltó entre dos vocablos… eso volvía a cada pieza algo irrepetible.”
Germán eligió el número treinta y tres por una razón que mezcla superstición, hipocondría y humor. De adolescente pensaba que moriría a los treinta y tres. Después se autoconvenció de que pasaría algo maravilloso. No pasó nada. Y ahora lleva ese número tatuado. “Es una bonita contradicción para alguien que, como yo, se considera un hipocondríaco absoluto. El arte no es herencia familiar, pero la hipocondría sí (risas)”.
La presentación del fanzine fue en un espacio autogestionado de Barcelona, y allí ocurrió algo que Germán no olvida. “Tres personas muy distintas entre sí y que no se conocían me dijeron exactamente lo mismo con diferentes palabras: Tienes una energía que contagia las ganas de hacer”.
Para él, ese es el mensaje fundamental a la hora de hacer arte independiente. Si tienes ganas de hacer algo, hazlo. “Ideas tenemos todos, el verdadero desafío es llevarlas a cabo. Si no materializas una idea, no dejas espacio para que salgan las que vienen detrás.”
Ahora, GGB coordina una obra poética de videopoemas que se llamará Entre las líneas de un poema. Nació de conocer a gente talentosa en los open mics por la ciudad. “Barcelona me ha dado eso: una red de lazos artísticos afectivos y casuales que disfruto un montón”.
Antes de apagar la grabadora y retomar la vida de un caluroso lunes de junio, GGB sentencia: “Si nos vamos a morir mañana, qué mejor que pasar el tiempo haciendo las cosas que uno realmente disfruta y compartiéndolas con el entorno que uno elige”.
* Las frases en cursiva son parte del fanzine



