Santa Clara-a-Nova, de tiempo y agua

Desde el Monasterio de Santa Clara-a-Nova, Coimbra se ofrece a la vista casi por entera,  encaramada sobre el cerro que asciende desde el río que separa ambas colinas. La catedral nueva y la vieja universidad coronan la acrópolis. Por debajo, los tejados rojos y los muros blancos permiten adivinar las vertiginosas cuestas que componen el trazado de buena parte de sus calles. Por ellas se ven ya largas procesiones de caminantes, ascendiendo todos con los mismos pasos lentos y fatigosos que nos condujeron a nosotros el día anterior hasta dejarnos casi sin aliento. Aquí en cambio, solo unos pocos parroquianos que disfrutan de la sombra contemplando esta bella estampa y un pequeño grupo de mujeres que entra y sale de la iglesia, ocupadas sin descanso en los exornos de alguna celebración.

Las aguas del Mondego bajan ahora tranquilas, tanto que casi no parecen moverse, amodorradas también ellas por el calor sofocante del sol de julio. A esta hora de la mañana es una plácida corriente de intenso color azul que cruza en un sordo murmullo, uno tras otro, los puentes que unen las dos orillas. Al verlo así, tan quieto, cuesta trabajo imaginar lo inconstante que fueron sus aguas hasta hace poco, capaces de bajar tan serenas en los meses de estío como impetuosas en los meses fríos y lluviosos, cuando se derriten las nieves de la Serra da Estrela o recoge las lluvias de los montes que desaguan en él. Las crecidas son hoy cosa del pasado, pero han sido históricamente temibles, no solo por la rapidez con que aumentaba el caudal y las inundaciones que producía, sino también por el “espantoso furor con que arrastra árboles enteros, y muchos bueyes, vacas y otras reses, y a veces hasta casas enteras”, como nos recuerda Nunes de Leão en su Descripçao do reino de Portugal (Lisboa, 1610). Un furor indomable sin el que no se entiende la historia del edificio.

Monasterio de Santa Clara-a-Velha.                                                                                                          Foto: Gonzalo Durán.

Al ascender hasta aquí hemos dejado atrás las ruinas del primitivo monasterio gótico de Santa Clara-a-Velha. Cuando la reina Isabel de Portugal (1271-1336) decidió promover la fundación de este cenobio de clarisas estaba lejos de imaginar que el río, hecho de agua y tiempo como en el poema de Borges, terminaría por convertirse en el “destructor insolente de edificios nobles”, del que amargamente se quejaría el cronista Frai Manuel da Esperança (Lisboa, 1666). Las primeras inundaciones llegaron en 1331, a los pocos meses de consagrarse la iglesia, cuando aún quedaban por levantarse muchas de las dependencias monásticas. Las crecidas del río continuaron, primero esporádicamente, luego de manera persistente, año tras año, hasta reducir aquellas piadosas piedras en reliquias que a duras penas se mantenían en pie en la ciénaga en que terminó siendo aquel lugar.

Al enviudar de D. Dinís, la reina se retiró al monasterio, llevando una vida de recogimiento. Tras su muerte, siguiendo el ejemplo de otras casas de la nobleza europea, los reyes de Portugal convirtieron su vida en una hagiografía, difundieron sus virtudes y los milagros realizados por su intercesión, y promocionaron su culto, convirtiéndose así ellos mismos en descendientes de un linaje sagrado que enfatizaba la importancia político-religiosa de su familia. Las monjas, por su parte, se convirtieron en celosas custodias de los restos de la reina-santa y, al tiempo que insistían en hallar una solución a los estragos del agua, se resistían tercamente, mientras no se la dieran, a abandonar un edificio cargado para ellas de tanto significado, más aún tras la canonización de Santa Isabel en 1625.

Si para las clarisas el lugar tenía una evidente carga simbólica, no lo tenía menos para la propia monarquía portuguesa que lo convirtió en el escenario de numerosos acontecimientos ligados a la Casa Real. El punto de inflexión en la suerte de Santa Clara lo marcó el advenimiento al trono de João IV en 1640, cuando Portugal se separa de la Monarquía Hispánica y la corona vuelve a ceñirla un soberano portugués, el primero de la Casa de Braganza.  João IV comprendió pronto que el enaltecimiento de “su Abuela y Señora”, como quiso referirse a Santa Isabel, era la manera más eficaz para la legitimación de la nueva dinastía. Así que, en 1647, decidió ofrecer a las monjas la erección de un nuevo monasterio en una zona más elevada, a mitad del Monte da Esperança, donde se levantaba una pequeña ermita, lo que fue recibido con alborozo por la comunidad. Las obras comenzaron dos años después. En un tiempo en que las obras reales y los gastos iban destinados a la defensa del país, una obra de la envergadura de Santa Clara  —además del cenobio habría de incluir un panteón y dependencias palaciegas—, y la considerable suma de dinero destinada a ella, nos da una idea de la importancia estratégica del programa religioso-político allí desarrollado. De este modo, el impacto escenográfico que se busca en Santa Clara-a-Nova es para la Casa de Braganza, lo que Alcobaça para la de Borgoña, o Batalha y los Jerónimos para la de Avis, como apunta oportunamente L. F. Pimentel.

Vista de Coimbra desde Santa Clara-a-Nova.                                                                                        Foto: Gonzalo Durán.

En la construcción del nuevo monasterio intervinieron varios prestigiosos arquitectos e ingenieros que se fueron sucediendo en el tiempo. El primero fue el monje benedictino Frai João Turriano (1611-1679), responsable de la iglesia, la traza universal del complejo monástico y de las infraestructuras del agua, tan importantes en este edificio. El grueso de sus trabajos se repartió entre obras de carácter militar al servicio del rey como ingeniero y en la construcción de edificios religiosos. Por lo general, la formación del monje-arquitecto en esta época tiene un fuerte componente autodidacta, pero en el caso de Turriano, aunque no hay certeza, se piensa que debió beneficiarse también de las enseñanzas de su padre, Leonardo Torriani, hombre de vasta cultura humanística y uno de los ingenieros militares más importantes de su tiempo, que trabajó muchos años al servicio de Felipe II. De su padre heredó una rica biblioteca que Frai João leyó con devoción y pasión, como se deduce de las numerosas notas manuscritas sobre los textos de Sebastiano Serlio y Andrea Palladio, cuyas enseñanzas armonizó eficazmente con las tradiciones constructivas portuguesas de manera ejemplar, como en Santa Clara. De hecho, muchas de las soluciones arquitectónicas del monasterio portugués parecen seguir al dictado los consejos de los arquitectos italianos.

La iglesia, ejecutada por Mateus de Couto, presenta en el exterior un aspecto robusto y  de gran austeridad, tan solo alterada por la bella portada presidida por el escudo real flanqueado por ángeles custodios. El interior, de una sola nave cubierta por una bóveda de cañón con casetones, tiene unas dimensiones relativamente modestas, sobre todo en comparación al resto del conjunto. Los muros de la nave están envueltos en una sucesión de catorce retablos, también de Couto, con escenas de la vida de San Francisco y de Santa Isabel. De magnífica ejecución, pero de una belleza apagada por el paso del tiempo y la falta de atención que los han ido oscureciendo y desluciendo. En el altar mayor descansan los restos de la reina en una urna de plata. Un interior que recoge bien la arquitectura de la época,  entre el manierismo tardío y el triunfo exuberante del barroco en la decoración y el uso de columnas salomónicas.

Desde allí se accede al imponente claustro, de una belleza emotiva y solemne, la que solo el tiempo vivido es capaz de labrar sobre las piedras. Un espacio donde la arquitectura de Turriano se va a dar felizmente la mano con la de Carlos Mardel, el segundo de los grandes arquitectos intervinientes. El primero parece que pudo ser el autor del diseño, y el segundo, de la definitiva reforma dieciochesca que puede verse hoy y que había iniciado ya su antecesor Custódio Vieira.

Detalle claustro Monasterio de Santa Clara-a-Nova.                                                                               Foto: Gonzalo Durán.

De origen húngaro, Mardel llega a Portugal en 1733 en calidad de ingeniero militar, y ese mismo año contribuye a la fundación de la “Casa Real dos pedreiros-livres de Lusitania”, la segunda logia masónica fundada en Lisboa. En poco tiempo se convirtió en uno de los arquitectos más notables del círculo joanino y su figura se acrecienta aún más con su decisiva contribución a la reconstrucción de la capital tras el devastador terremoto de 1755.

El claustro, de grandes proporciones, está articulado en dos pisos. En el bajo, una poderosa arquería de medio punto rodea el perímetro, apoyada sobre gruesos pilares de sección cuadrada que le  confieren una solidez más propia de un edificio militar. Sobre los pilares se apoyan columnas de orden toscano enmarcando cada uno de los arcos. Es decir, una rítmica composición serliana, disimulada por el cerramiento de los vanos existentes en los pilares, entre las columnas, llevado a cabo por Custódio Vieira.

Cuando Mardel se hace cargo de las obras en 1744 introducirá reformas significativas, tanto en los elementos estructurales como en los decorativos, con detalles propios del rococó. En el piso superior, cierra los vanos previstos entre las ventanas y coloca en ellos nichos, destinados hipotéticamente a albergar estatuas. Dando continuidad a las columnas del piso térreo, coloca también pares de columnas jónicas soportando los frontones triangulares; y rematando la fachada una balaustrada de piedra similar a la de los balcones del piso alto, con pináculos coronando cada uno de los frontones.

Pero la reforma barroca de Vieira y Mardel va más allá, introduciendo la arquitectura del agua en el monasterio, en respuesta a las aspiraciones del Siglo de las Luces de mejorar la salud e higiene del pueblo. El claustro era el corazón de la vida monástica, el núcleo a través del cual giraba la vida en aquel microcosmos, de ahí que los tratados de arquitectura de la época dediquen a estos espacios una atención particular, y coincidan en la necesidad de dotarlos de fuentes, caños, cisternas y otros elementos cuya misión era purificar el ambiente y no permitir los aires pútridos, tan habituales entonces en la vida de clausura, y que se tenían por causantes de muchas de las enfermedades. Y eso es, justamente, lo que proponen ambos arquitectos.

Los ángulos del claustro se curvan delicadamente para abrir en cada uno de ellos el espacio de una fuente y un estanque, con delfines esculpidos sobre la piedra de donde manaba el agua. Un complejo hidráulico que debería terminar con la construcción del acueducto de Santa Clara, pero ni éste llegó a terminarse, ni las fuentes funcionaron nunca, ni tampoco llegó a hacerse la última de ellas, en el centro del claustro, donde se encuentra la columna que sostiene la imagen de la Virgen de la Concepción. Las guerras napoleónicas primero, la extinción de las órdenes religiosas después, y el largo tiempo en que el convento se convirtió en cuartel militar, pusieron fin al sueño ilustrado.

Imagen de portada: Claustro del  Monasterio de Santa Clara-a-Nova en una  foto de Gonzalo Durán.
Gonzalo Durán

Autor/a: Gonzalo Durán

Gonzalo Durán es profesor. Desde hace varios años se dedica a la divulgación del arte a través del blog 'Línea Serpentinata' y colaboraciones en diferentes medios de comunicación.

Comparte en
468 ad

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *