H.D., poeta ‘imaginista’

Viene bien traer a cuento, a modo de introducción, esta magnífica –y algo tramposa– justificación de la experimentación literaria, que encuentro en una cita del Times Literary Supplement del 11 de enero de 1917 a propósito de la entonces muy novedosa poesía imaginista: “La poesía imaginista nos llena de esperanza; a pesar de no ser demasiado buena en sí misma, parece prometer una forma en la que podrían escribirse muy buenos poemas” (el subrayado es mío).

A los movimientos literarios de vanguardia, en general, hay que acercarse con cautela. Son refrescantes, de eso no cabe la menor duda, porque de pronto ponen en solfa todo lo que de convencional y estereotipado había en la literatura que se creen llamados a desbancar. Pero no todas las propuestas formuladas en ese sentido son igual de eficaces: para una que es capaz de generar obras verdaderamente renovadoras y originales hay diez que no pasan de ser un puñado de frases en un manifiesto y que dan lugar, a lo sumo, a unos pocos escritos formularios, pobres, artificiosos, aquejados de afectación y exhibicionismo.

Digamos ya que el llamado imaginismo (Imagism) anglosajón puede contarse entre los primeros: los que fueron fructíferos y vinieron a enriquecer el panorama literario de su tiempo, dejando una estela que todavía nos concierne.

Hilda Doolittle

¿Cómo abordarlo? Pongamos, como punto de partida, el poema “September 1961”, en el que la norteamericana Denise Levertov, muy posterior al imaginismo, homenajeaba a sus tres grandes maestros, que tienen en común haber sido figuras importantes en diversas fases del desarrollo de ese movimiento literario: Ezra Pound, H.D. –así firmaba la también norteamericana Hilda Doolittle– y William Carlos Williams. Es una elegía, aunque, como tal, solo puede aplicarse a H.D., que murió ese mismo mes y año (había nacido en 1886). Levertov prefiere situarse por encima de esa muerte concreta para dejar constancia de la enorme deuda contraída –por ella, pero también por una parte significativa de la poesía anglosajona del siglo XX– con los tres. Y el caso es que, mientras avanza uno por los Selected Poems  de Levertov casi saltan a los ojos líneas y estrofas que son otros tantos acuses explícitos de esas influencias.

De H.D., por ejemplo, la imaginista por excelencia –aunque ella terminaría denostando esa atribución–, procede esta figura: «a butterfly, / petal that floats at will across / the summer breeze» (Mariposa: pétalo que flota a su voluntad en la brisa de verano); así como de Pound viene la característica abrupta línea final del mismo poema al que pertenecen los versos citados, y que se refiere a la eclosión de un insecto (el efecto de la acumulación de adjetivos compuestos se pierde, me temo, en la traducción): «some primal-shape, plain-winged, day-flying thing» (un ser de vuelo diurno, de formas primordiales y alas simples).

De Williams, por su parte, viene esta manera de trocear la frase; que, de nuevo, solo resulta de alguna efectividad poética en la lengua inglesa: «air, scent of / new grass, / fresh leaves» (aire, olor a / hierba fresca, / hojas nuevas).

Todo poeta es una síntesis de sus lecturas; en unos se nota más, en otros menos. Pero acaso no ocultar demasiado esas influencias sea un síntoma de seguridad: hay a quien no le importa demasiado mostrar de qué mimbres teje su cesto; quizá porque, en el fondo, confía en la bondad del cesto resultante. Es lo que hace Denise Levertov en los versos citados. Y es lo que suelen hacer casi todos los poetas, en general, cuando consagran sus esfuerzos críticos a otros poetas: reconocen una deuda; pero, además, al poner en valor al autor al que deben algo, rompen de paso una lanza a favor de la propia poesía que ellos escriben. Tal es el motivo, en fin, por el que empezamos este artículo sobre H.D. hablando de una poeta posterior: Levertov no solo acusó su influencia; sino que, escribiendo sobre su predecesora, reflexionaba en voz alta sobre procedimientos y maneras que ella misma utilizaba.

Hilda Doolittle en la película ‘Borderline’.

Pero decíamos que H.D. renegó pronto del imaginismo, es decir, de aquella poética de lo delicado frugalmente entrevisto –valga el ejemplo antes aducido en el poema de Levertov–, para embarcarse en empeños de mayor aliento que, curiosamente, se beneficiaban en gran medida de lo aprendido en los años de pura experimentación. Ello es evidente en The Walls Do Not Fall –”No caen las murallas” en la traducción de Natalia Carbajosa que publicó Lumen en 2008–, el primero de esos empeños y primera también de las tres entregas de Trilogy (“Trilogía”), el triple poema que H.D. publicó durante los aciagos años de la Segunda Guerra Mundial. Es gran poesía en un sentido inverso a como lo son, por ejemplo, los Cuatro cuartetos de Eliot o los Cantos de Pound. Porque, mientras estas dos últimas obras representan, en cierto modo, el fracaso del programa vanguardista con el que sus  respectivos autores iniciaron su trayectoria literaria, y son, en más de un sentido, un regreso a los modos discursivos de la poesía meditativa del siglo XVII, el extenso poema de H.D. es todo lo contrario: una demostración de que las propuestas retóricas e ideológicas de aquel programa podían utilizarse para obras de gran aliento.

Eso es Trilogy: un muestrario de los recursos y maneras que pusieron en boga los imaginistas –H.D. fue una de las más destacadas poetas del grupo, a la altura de su maestro y mentor, Pound–, puestos al servicio de un ambicioso poema filosófico-religioso: versos lacónicos e imágenes visualmente muy depuradas –un gusano que avanza por el envés de una hoja, una palmera que aporta sombra al filo de un trigal, un molusco que alimenta la dureza de su concha desde la vulnerabilidad de su núcleo blando– para dar cuenta, mediante ellas, de un pensamiento muy complejo.

Véanse, al respecto, las primeras y estremecedoras secuencias del tercero de los tres poemas que integran la serie, The Flowering of the Rod.  –”La floración de la vara” en la traducción citada; aunque “rod”, en la literatura religiosa en lengua inglesa, tiene el sentido añadido de “cruz”, la cruz de Cristo–. Independientemente de las creencias que el lector pueda tener al respecto, impresionan  las sencillas constataciones que H.D. hace a propósito del anhelo de resurrección, así como su comparación del mismo con el instinto que, según dice ella, lleva a algunas aves a sobrevolar el punto del océano en el que pudiera haber estado la Atlántida, el continente perdido: vuelan, dice la poeta, hasta caer exhaustas, y lo hacen en nombre de un anhelo que se reduce, básicamente, a un recuerdo; que es, quizá, lo que hace que estos versos tan ajustados al dogma tengan un alcance que va incluso más allá –o más acá– de ese dogma: la posible trascendencia a la que apelan puede que no sea, al fin y al cabo, un salto a una dimensión desconocida, sino… un regreso a un pasado del que solo guardamos una muy imprecisa memoria.

Imprecisa es también la memoria que se guarda de otro detalle de la biografía de H.D. que nos la retrata, sin embargo, como una mujer muy de su tiempo: Borderline, la extraña e hipnótica película de 1930 que la poeta protagonizó junto con el cantante negro Paul Robeson bajo las órdenes de Kenneth Macpherson, amante de Doolittle –así lo afirma incluso la pudorosa biografía que cierra la edición de Trilogy en la prestigiosa editorial New Directions– y marido de la millonaria Bryher Ellerman, que financió el filme y que también tenía sus lazos sentimentales con la poeta. La película, que ahora puede verse en la pulcra versión restaurada que estrenó el British Film Institute en 2006, reflejaba un poco esa atmósfera de atracciones cruzadas, de tolerancias tácitas o explícitas, aunque no siempre bien avenidas. Y lo hacía en el lenguaje, entonces en  plena madurez, del último cine mudo: expresivo, denso, capaz de aprovechar al máximo las posibilidades del encuadre, el montaje y el ritmo… Pero no saco todo esto a colación  para hacer la elegía del cine mudo, sino para anotar que la imagen que la poeta devenida actriz muestra en esta película casa bien con la que podemos poner a la voz que resuena en los versos visionarios de su Trilogía: una mujer crispada, seca, con ojos un tanto desorbitados y un algo de intransigencia aplicada a una moral muy particular…

Aunque probablemente sea mi imaginación la que añade todo esto, y la pobre H.D. se limitara aquí a poner su cara al servicio de un capricho ajeno.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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