La vida póstuma de Jaime Gil de Biedma

Tenía ya decidido abordar la revisión de las notas que siguen en torno a la obra y figura de Jaime Gil de Biedma (1929-1990), cuando me entero de que acaba de cumplirse el treinta aniversario de su muerte. Curiosamente, casi todo lo que he escrito sobre este poeta ha sido con ocasión de algún  hito o efeméride póstumos; lo que no es extraño, tratándose de un poeta que murió cuando quienes entonces empezábamos a escribir lo considerábamos ya una especie de mito, lo que sin duda nos hizo especialmente receptivos a cualquier acontecimiento posterior que supusiera alguna clase de vindicación de su obra –las sucesivas reediciones de sus libros, por ejemplo– o invitaran a considerar su biografía.

¿Me hallo hoy ante otra de esas ocasiones? Es posible. En cualquier caso, acudo a mis notas de lectura, que es lo que me proponía hacer antes incluso de enterarme del mencionado aniversario, y veo que mi penúltimo repaso a la obra de este poeta obedeció también a una ocasión externa, la que supuso la emisión en televisión –me resistí a ir a verla al cine en el momento de su estreno– de la película un tanto absurdamente titulada El cónsul de Sodoma, la biografía fílmica de Gil de Biedma que dirigió Sigfrid Monleón en 2009, poco después de la publicación del libro de Miguel Dalmau en la que nominalmente está basada y que en su día tuve ocasión de reseñar, creo recordar que con alguna reticencia. No puse en duda su  necesidad, desde luego, ni, por supuesto, la ocasión que ofrecía de documentar el origen y alcance de un puñado de poemas de modulación personalísima y difícilmente olvidables –siempre que escribo sobre la obra de Gil de Biedma me gusta recalcar que se reduce básicamente a eso, a un puñado de grandes poemas, bien arropados por otros no tan grandes, pero siempre a la altura del tono alcanzado en los mejores–. Otra cosa era el empeño en desvelar circunstancias vitales que no es que el poeta hubiera puesto mucho empeño en ocultar, pero de las que tampoco hizo uso como carta de presentación, ni de su persona ni de su obra.

Por supuesto que ese desvelamiento era inevitable y acaso incluso necesario, de cara a la nueva franqueza que exigen los tiempos que vivimos. Si acaso, lo que no me gustó de la biografía de Dalmau fue que hiciera de ello, de la vida sexual del poeta, un capítulo aparte, un “panel”, según la terminología usada por el biógrafo distinto a aquellos otros dos “paneles” en los que daba cuenta de su andadura familiar y profesional, por un lado, y la literaria por otro. Quizá todo hubiera marchado un poco mejor sin esas forzadas separaciones, que convertían al “Gil de Biedma erótico” –así se llamaba el “panel” correspondiente– en una especie de Hyde, enfrentado al papel mucho más convencional que le tocaba vivir bajo la encarnadura correspondiente a Jekyll.

La película iba un poco de eso. La vi en una madrugada. Y no es que me disgustara; todo lo contrario: incluso me emocionó constatar que había versos de Gil de Biedma que quizá hacía años que no releía y que, sin embargo, se me venían a los labios cada vez que la andadura del film requería que saliera a colación tal o cual fragmento. Lo que no dejaba de ser, entiendo, un grave defecto de la película como tal: su empeño en dirigirse antes al letraherido –término muy del gusto del poeta– capaz de captar las abundantes y un tanto elusivas referencias literarias, que al público general, que acaso habría necesitado de una información más amplia y mejor contextualizada.

No era el caso. Aquello estaba pensado casi exclusivamente para quienes estaban al tanto de las circunstancias allí dramatizadas y eran capaces de captar, por ejemplo, las muchas alusiones del poeta –aquí interpretado por el actor Jordi Mollá–  y el personaje que representa al novelista Juan Marsé a la novela de éste Últimas tardes con Teresa y a su protagonista, el Pijoaparte, en quien Gil de Biedma, o más bien su contrapartida fílmica, parece querer ver una encarnación de sus sucesivos amantes de extracción proletaria. A idéntico planteamiento alusivo obedecían las apariciones de Carlos Barral, encarnado por un actor caracterizado con la inconfundible barbita de lobo de mar que singularizaba al famoso poeta y editor, así como las numerosas referencias al mitificado ambiente  literario de los años 60 y 70 en Barcelona, incluyendo las veladas de la llamada gauche divine en la discoteca Boccaccio bajo la mirada atenta de la fotógrafa Colita…

¿Podía entenderse la vida de Gil de Biedma y su sensibilidad a partir de tan parcos materiales? Quizá hubiera merecido más la pena ahondar en las muchas contradicciones del personaje, por la posible repercusión de éstas en su obra y en su destino como poeta. Por ejemplo, la derivada de su doble condición de hombre de empresa y declarado simpatizante comunista al mismo tiempo, capaz de participar en una reunión empresarial destinada a reducir los precios pagados a los campesinos filipinos por las cosechas de tabaco y luego compadecer la triste condición de aquellos entre quienes buscaba compañía sexual en sus viajes al archipiélago asiático.

 

Jordi Mollá en el ‘Cónsul de Sodoma’.

Hay suficientes datos en la poesía y en los diarios de Gil de Biedma, además de los aportados por la biografía de Dalmau, como para suponer que hay una clara relación entre esas contradicciones vitales y una cierta pulsión autodestructiva, no exactamente patológica, sino asumida como una especie de elegante desapego de dandy hacia las convenciones a las que el buen burgués fía su seguridad y su instinto de conservación, con el inevitable corolario de postularse a sí mismo como víctima propiciatoria en desagravio por esas contradicciones. Todo eso queda apenas esbozado en la película de Monleón y seguramente fuera del alcance de los no iniciados. A pesar de lo cual, en fin, debo decir que la vi con emoción y dolor y que incluso, al abrigo de esa especial predisposición de ánimo del insomne que ve películas de madrugada, derramé alguna lágrima al hilo de ciertos versos que resonaban tanto en las voces de los actores como en el fondo de mi memoria, aunque estoy casi seguro de que la causa de esas efusiones no fue tanto la película propiamente dicha, como mi predisposición a entenderla como recordatorio de hechos que ya sabía en relación a un escritor al que siempre he admirado. Y eso quizá requiera, siquiera sea para uso propio, una explicación.

En una segunda versión, extendida, de mi reseña del libro de Dalmau que publiqué algunos meses después de la primera en la revista Campo de Agramante incluí, a modo de preámbulo, un breve memorial de las ocasiones en las que yo mismo había escrito sobre el poeta: y no porque creyese importante destacar esa asiduidad, sino porque ilustraban mi propia condición de –utilicemos otra expresión muy del gusto del poeta– “compañero de viaje” de su andadura editorial y de algunos hitos de su proyección pública en unos años en los que los poetas de mi edad lo adoptamos como modelo literario y casi epítome de lo que considerábamos que debía ser la escritura poética, una vez descartados un tanto sumariamente los modelos que ofrecían otros autores cronológicamente más cercanos… O, como decía Chesterton que suelen hacer los jóvenes: descartar a los padres para tomar como modelos a los abuelos.

Jaime Gil de Biedma.

Pero no quiero apartarme de mi asunto. Los hitos en la andadura literaria de Jaime Gil de Biedma a los que entonces me refería, y de los que me había ocupado puntualmente en mis colaboraciones periodísticas, fueron la antología de su poesía –con un muy indiscreto prólogo, contrario a la pudorosa privacidad que el poeta, todavía en vida, deseaba para los hechos de su biografía “civil”– que hizo Dionisio Cañas para Cátedra, la reedición de sus diarios y ensayos, la noticia de su propia muerte –que vivimos como un verdadero acontecimiento generacional– y la publicación de la biografía de Dalmau. Trazaban esos escritos, de alguna manera, una somera “biografía” de mi propia andadura a la sombra del admirado poeta barcelonés; a la que cabría añadir, se me ocurre ahora, algunos otros hitos más íntimos, de los que lógicamente no correspondía  dar cuenta en aquella reseña –hubiera sido el colmo–, pero que quizá sí pueda contar hoy aquí.

En vano he acudido a mi ejemplar de Lírica española de hoy, la antología escolar de la poesía contemporánea que hizo José Luis Cano para Cátedra y que hace cuarenta años –felices y desinhibidos tiempos aquellos– se leía en los institutos, para buscar en ella el recorte del recital del poeta en Cádiz el 5 de junio de 1982 –tengo la fecha anotada tras la somera biografía del poeta que abre las páginas que se le dedican en la mencionada antología–: he perdido el recorte, y con él toda posibilidad de poner imágenes –¿vestía el poeta en esa ocasión una especie de guayabera blanca?– a la única ocasión en que lo vi en persona. Sí recuerdo vagamente su dicción, en la que apenas había una sombra de acento catalán, y la impresión de que leía muy bien sus poemas. Pero ni siquiera sabría decir ahora qué leyó, aunque es casi seguro que incluyó algunos de los más conocidos, entre ellos quizá los tres que recopiló Cano en la mencionada antología y que yo ya casi me sabía de memoria: “Vals del aniversario”, “Píos deseos al empezar el año” e “Himno a la juventud”.

Pasarían todavía unos meses hasta que me tropezara con un ejemplar de Las personas del verbo en el escaparate de la histórica librería gaditana La Marina –cuyo local aloja hoy una tienda de moda masculina–; y algunos más habrían de pasar para que la revista jerezana Fin de Siglo publicara una entrevista con el poeta que posiblemente se concertó con ocasión de la mencionada lectura en Cádiz y que firmó el poeta gaditano Jesús Fernández Palacios. Lo que el poeta decía en esa entrevista nos sonó entonces a música celestial: vindicaba a Manuel Machado, criticaba a Juan Ramón Jiménez por su decisión de publicar en prosa la versión definitiva de “Espacio” y desgranaba algunos lugares comunes que todavía no lo eran tanto en torno a poesía, biografía y experiencia.

Tal fue el rastro que el poeta dejó entonces en la pequeña e impresionable sociedad literaria gaditana. Años después leí en la biografía de Dalmau que aquel viaje andaluz tuvo quizá otras concomitancias y sumó algún que otro lance erótico al historial del autor. Qué sabía uno entonces de esos entresijos de la vida literaria, más allá de entrever en ellos una actitud vital que sintonizaba muy bien con las aspiraciones generales del momento –primeros años de la Transición– e incluso con la propia predisposición de uno a gozar de su propia juventud en una época singularmente desinhibida y abierta. Ya se impondría luego la amenaza del sida y la oleada regresiva que trajo consigo y que todavía alimenta tantos miedos e inhibiciones e incluso algún que otro llamamiento al restablecimiento de la moral caduca, que entonces se batía en retirada.

Pero mi propósito era traer aquí anécdotas, antes que categorizaciones. Y una anécdota fue que, no hace mucho, en julio de 2017, estuviéramos cenando mi mujer y yo con un poeta coetáneo mío y su compañera, barcelonesa, y la conversación nos llevara a evocar imperfectamente el poema “Barcelona ja no és bona o mi paseo solitario en primavera” y finalmente a buscar el poema entero en el teléfono móvil y a leerlo –me toca a mí esa encomienda– en voz alta, con el resultado de que a todos nos embargara la emoción –el tic se repite– y nuestra nueva amiga barcelonesa rompiera a llorar ante un cúmulo de asociaciones que incluían el recuerdo de sus padres y su propia incomodidad ante el malestar civil que ya entonces se había instalado en la sociedad catalana y todavía dura y nada tiene nada que ver, nos decíamos, con las nobles aspiraciones de reconciliación y relevo social y generacional que expresaba el poema de Gil de Biedma.

Y aquí dejo el relato, cuyo corolario provisional lo constituyen quizá las contradictorias emociones que revivo ahora mismo al ordenar estas notas, a la sombra de la efeméride sobrevenida que mencionaba al principio. También sobre quien esto escribe han pasado treinta años.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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