Pandora y los fantasmas

Sinatra –leemos en el reciente libro que el periodista Francisco Reyero ha dedicado a la relación del cantante norteamericano con España– pisó por primera vez nuestro país en 1950, con ocasión del rodaje de Pandora y el holandés errante (Pandora and the Flying Dutchman), en la que actuaba Ava Gardner. La visita del cantante obedecía a una corazonada: eran los inicios de su tumultuosa relación con la actriz y habían trascendido ya los escarceos de ésta, durante el rodaje, con el torero Mario Cabré. Hasta la pacata prensa española de entonces se hizo eco, a su manera, de este notorio triángulo amoroso, y hubo quien consideró una especie de triunfo patrio que la actriz se las arreglara para mandar al cantante a casa y proseguir tranquilamente su idilio con Cabré… Al fin y al cabo, estas cosas escandalosas ocurrían en el irreal mundo de la farándula y la casquivana era una actriz extranjera, por lo que la integridad moral de la población quedaba a salvo.

Pero lo interesante de la anécdota, más allá de este enredo, es que, con este rodaje, la España de Franco rompía su aislamiento cinematográfico y abría sus puertas a las productoras norteamericanas, con todo lo que ello suponía de ingreso de divisas, promoción turística del país y mejora de la imagen del régimen en el exterior. Y es curioso que todo esto, que alcanzaría su cenit con los grandes rodajes de Bronston, tuviera su inicio en una de las películas más extrañas que ha producido el cine comercial norteamericano. Escrita y dirigida por Albert Lewin, un graduado en literatura inglesa que incluso llegó a impartir clases en alguna universidad antes de dedicarse al cine, Pandora y el holandés errante obedece claramente a los gustos y ocurrencias de un autor con evidentes inclinaciones literarias. Sobre el papel, desde luego, su argumento es un batiburrillo de temas legendarios –los enunciados en su título: el mito griego de Pandora y la leyenda del buque fantasma condenado a surcar los mares hasta el fin de los tiempos– y elementos integrados “ad hoc” durante el rodaje, tales como la aparición del propio Cabré, el aprovechamiento de las posibilidades escenográficas de las playas de Tossa de Mar o la incorporación a la historia de algunos resabios de la propia conducta de la actriz protagonista, entregada en cuerpo y alma a la flamenquería y el noctambulismo para turistas. “Si [Lewin] hubiera recorrido el país entero, habría incluido las Fallas o la pelota vasca”, concluye, socarrón, el autor del libro que seguimos.

Ava Gardner en una escena de 'Pandora y el holandés errante'.
Ava Gardner en una escena de ‘Pandora y el holandés errante’.

Con todo, Pandora y el holandés errante es una película hermosa y, a ratos, fascinante. Su ingrediente fantástico, reinterpretado como obsesión amorosa de los protagonistas, no es menos creíble que el que opera en películas tan reputadas como El fantasma y la señora Muir, de Joseph Mankiewicz. La escenografía hispana muestra un país todavía relativamente virgen de desmanes turísticos y choques culturales. Y el gusto del director-guionista por la improvisación depara escenas tan hermosas como la carrera, por la playa de Tossa, del bólido con el que uno de los atormentados personajes de la película pretende batir el récord de velocidad por tierra. También resultan inquietantes los planos que muestran el carácter fantasmal del yate embrujado, cuyo velamen se despliega sin intervención humana. Y James Mason, en su interpretación del navegante maldito, tiene una cualidad vampírica que hace pensar que no hubiera desentonado en los papeles que luego interpretaron Vincent Price o Christopher Lee.

Eso sí: toda la película, incluyendo sus ingredientes locales, parece afectada de esa cualidad fantasmal, como si no sólo el “holandés errante”, sino la totalidad del reparto, fueran muertos vivientes… Y no sabemos si eso es lo que las autoridades de entonces esperaban de la primera película extranjera rodada en España después de la guerra civil.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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