La tradición es una línea celeste infinita que arranca de no se sabe qué momento del pasado y termina más allá de final del arcoíris. En esa línea, la vida de cada uno de nosotros es un instante, y la infancia de cada uno de nosotros apenas un destello. En la infancia tenemos la impresión de eternidad porque jugamos a juegos que otros muchos jugaron durante siglos y nos sentimos acompañados en el eco de su canción. ¿Dónde están las llaves?, Matarile, Oro-plata-oro-plata, Antón Pirulero, ¿Cómo planta usted las flores?, En la baranda del cielo hay una dama sentada, ¿Qué es ese ruido que anda por ahí?, Luna lunera cascabelera, Caracol-col-col, El patio de mi casa, Viva la media naranja… Juegos del verano. Jugar en la calle.
Hubo quien les prestó la atención merecida: humanistas, claro. En 1626 el sevillano Rodrigo Caro regaló a sus amigos el manuscrito de sus Días geniales y lúdricos, un compendio de erudición y folklore dedicado a la alegría (ese era el significado de “genial”), en el que daba cumplida cuenta de la antigüedad y actualidad de corros, columpios, tabas, pelotas y peonzas, también llamadas trompos, perinolas, turbos y rombos, “baptizados así por Horacio y Propercio y usados por los niños para sus juegos y por las hechiceras para sus embustes”. Con el mismo talante Brueguel El Viejo pintó Juegos de niños, una maravillosa escena callejera en la que se retratan más de ochenta alegrías; y asimismo pintó Goya gallinitas ciegas, pidolas, columpios, gigantillos, corros y niños jugando a ser soldados.
Fueron los juegos infantiles primera lectura en aucas y aleluyas, antecedentes del tebeo en los siglos XVIII y XIX; y, andando el tiempo, fueron también los juegos objeto de atención para krausistas como Demófilo (Antonio Machado y Álvarez), que alentó su rescate y estudio entre folkloristas y educadores entendiendo que no había mejor manera de crecer y de educarse que jugar, y jugar con otros.

Hay en el juego infantil del verano una explosión de necesidades inherentes al ser humano. Teatralizar y escenificar: el juego es, a la vez, palabra y movimiento, una niña hace de madre, otra de pretendiente, el resto de aspirantes al amor, hay un diálogo, una elección, unas precauciones (“Jardinera, tú que entraste en el jardín del amor…”). Relacionarse mágicamente con la naturaleza, como parte de ella que somos: el caracol obedece a nuestra palabra y saca sus cuernos al sol cuando lo invocamos, los niños juegan en las noches de luna llena a habitar el espacio iluminado, que no puede ser invadido por los niños-sombra. Trazarse un mapa de la vida: la rayuela. Enfrentarse, competir: policías y ladrones, moros y cristianos. Dialogar, debatir: “-¿De dónde viene el ganso? / -De la tierra del garbanzo. / -¿Qué trae en el pico? / -Un cuchillito. / -¿Dónde lo afiló? / -En una piedrecita. / -¿Y la piedrecita? / -En el agua está. / -¿Y el agua? / -Los bueyes la han bebido. / -¿Y los bueyes…?”. Socializarse: la sístole y diástole del corro, estrofa y estribillo, el decir poético del juego. Ritualidad imprescindible para sentirnos eternos.
“Las retahílas, melopeas y cantos que acompañan a los juegos transmitidos oralmente –nos dejó dicho quien más supo de esto, Ana Pelegrín– pertenecen a una cultura infantil corporal, oral, lúdica, marginal, raramente aceptada como valor cultural educativo. Los modos de transmisión actuales disuelven esa forma de cultura infantil”. Podemos abandonar a nuestros hijos en la ausencia del juego, pero no olvidemos que, al final, la única sensación de eternidad les vendrá de ahí, igual que Rosebud dio su último destello de felicidad a Ciudadano Kane. No haré elegías del juego perdido, la línea celeste continúa, quién sabe adónde va.

