Entiende el antólogo, por lo que deducimos al ojear este libro, que “rock” es sinónimo de música popular del siglo XX y que su expresión lingüística genuina es el inglés. No se lo discutimos, porque se ve que éste es un libro hecho con el corazón y el gusto, y no bajo principios metodológicos predefinidos y necesitados de justificación. La cuestión esencial, que sí se plantea en el breve prólogo antepuesto a estos dos centenares largos de letras de canciones, es si son poesía, o si la poesía, en estos tiempos reconocidamente “malos para la lírica” –y, miren por dónde, encontramos esta acuñación en una letra de rock no anglosajona– ha podido refugiarse en la canción popular, que sería su expresión actual más genuina. Con una salvedad, claro: “Hay muy pocos escritores de canciones que sean poetas… En cuanto a los escritores de canciones, se podría decir que la mayoría de ellos no dejan de ser más que simples artesanos”. Quizá la solución a esta aparente paradoja sea acogernos a la bienintencionada idea de que la poesía aflora a veces incluso allí donde no se la busca de manera sistemática; y que un simple “artesano”, en su intento de poner palabras a una melodía, alcanza a veces a expresar esa ajustada ecuación entre verdad y belleza en que consiste la mejor poesía.
Claro que no todas las canciones aquí reunidas han sido escritas por simples artesanos. Constata el antólogo la existencia, a partir de la eclosión de los poetas beat, de una generación de poetas-cantantes. Ya lo era, destacadamente, Dylan, como lo fueron también Lou Reed y Patty Smith, y lo será, ya en décadas más recientes, P. J. Harvey. La mención a los poetas beat no es baladí: se recoge aquí un texto de William Burroughs al que puso voz y música Tom Waits, y otro de Allen Ginsberg al que el propio poeta puso voz en diversas grabaciones, acompañado por Paul McCartney. A ningún conocedor de la poesía de los últimos cincuenta años le extrañará este trasvase: poesía y canción han coincidido en la búsqueda de un lenguaje depurado de artificiosidades literarias y cercano al coloquial, así como en el afán de encontrar una forma artística capaz de expresar las experiencias y el sentir del hombre urbano de la segunda mitad del siglo XX. No hay demasiada distancia entre el lenguaje de Dylan o Lou Reed y el que emplean Burroughs o Ginsberg, como no la hay tampoco entre la visión desengañada de la modernidad que expresa Leonard Cohen –otro notable poeta-cantante– en “The Future”, una canción de 1993, y la que caracteriza, por ejemplo, la poesía de alguien tan poco sospechoso de devaneos con la cultura de consumo como el inglés Philip Larkin.
Sí, hay poesía en la música popular contemporánea; y esta poesía, como la que se publica en los libros, también se juega su perdurabilidad en el delicado equilibrio que debe existir entre la expresión de lo inmediato y circunstancial, por una parte, y lo no comprometido con la mera actualidad, por otra. ¿Nos sigue afectando la encendida balada que Dylan dedicó al boxeador negro “Hurricane” Carter, injustamente condenado por asesinato en un juicio plagado de irregularidades? ¿Nos interesará dentro de, pongamos, un par de décadas el retrato que el cantante country Steve Earle hizo en 2002 del “talibán” norteamericano John Walker, capturado por las tropas de su país en Afganistán? Aquí la canción asume una inmediatez que quizá esté vedada a la poesía convencional que quiera ser perdurable, pero también por ello se revela como un instrumento mucho más eficaz a la hora de expresar determinados asuntos.
La lectura de estas letras de canciones –que seguramente será mucho más grata si el lector procura oírlas al mismo tiempo– demuestra, sin duda, que la poesía ha sabido abrirse camino hacia ellas; o, a la inversa, que sus autores han sabido incorporar a sus creaciones algunos de los recursos y asuntos que determinan la mejor poesía de siempre. El corpus de textos compilados por Alberto Manzano habla por sí solo; aunque quizá, para facilitar su manejo y consulta, la edición habría debido incluir los correspondientes índices alfabéticos de autores, intérpretes y títulos. Igualmente, se echan de menos algunas notas explicativas sobre algunas de las cuestiones contextuales apuntadas. Y, por último, aunque la traducción es correcta en general, cabría esperar de una futura reimpresión la corrección de algunos errores. Por ejemplo, “maquiladora” –con ele–, no equivale a “maquilladora”, sino que es el nombre que reciben en el norte de México las plantas de montaje instaladas por las multinacionales norteamericanas para beneficiarse de los sueldos bajos que rigen en ese país; lo que justifica lo que Ginsberg apostilla sobre las mismas: “sweat shops, low paid” –que Manzano parafrasea: “estoy a favor de la explotación del obrero, a bajo coste”–. Y “New Directions Paperbook”, que encontramos en la canción “Isadora Duncan” de Vic Chesnutt, no alude a una “Nueva Libreta de Direcciones”, sino, simplemente, a un libro publicado por la prestigiosa colección de poesía New Directions.

