Capítulo 17. La tertulia (1)
—En otro orden de cosas, la noticia de esta semana ha sido, como bien saben todos nuestros espectadores, el luctuoso accidente sucedido en uno de los barrios populares, por no decir marginales, de nuestra capital. Un edificio declarado en ruinas que, al parecer sin las medidas de seguridad necesarias, se vino abajo por una explosión de gas.
El presentador hace una pausa, juguetea con el bolígrafo, espera la señal del prompter. A su lado, el tertuliano conservador, de terno oscuro pero con corbata chillona, se coloca bien, por enésima vez, el micro.
—Una noticia triste, en efecto —dice el tertuliano, las gafas en la mano derecha, con estudiado gesto trágico—. Dos jóvenes de nuestra mejor sociedad, muertos en un accidente que sin duda podría haberse evitado.
—Quizá si hubiesen consultado antes a los peritos y arquitectos, aún estarían con vida.
La tertuliana es guapa, pelirroja, radical. Tiene experiencia como periodista, ha pasado por una separación traumática, también ella ha estado a punto de ser expulsada de su casa. Es afortunada y lo sabe, porque no todo el mundo tiene una segunda oportunidad en la vida y ella ha tenido varias. Ahora interpreta un papel, y lo hace bien. Es bueno tener veda para no morderse la lengua.
—Bueno, en realidad no sabemos si tenían permiso o no… —El tertuliano conservador se coloca las gafas, siempre al quite. Durante una fugaz décima de segundo, bizquea, detalle que no recogen las cámaras.
—Pues si no lo tenían, entonces hay responsables —El tercer tertuliano, periodista sin periódico, a veces la de cal, la mayoría la de arena. Tiene a su favor que no se contradice nunca, o si lo hace no se nota.
—¿Al ayuntamiento, te refieres? ¿O a la comunidad? —interrumpe la pelirroja—. Porque el gobierno no, ¿verdad? A fin de cuentas, tanto Miguel Cebada como Borja Santaclara son parientes de…
—¿Qué tendrá eso que ver?
—Mucho. Claro que tiene que ver. Y mucho. Habría que ver cuántas ordenanzas se saltaron para poder adquirir no sólo ese inmueble, sino prácticamente toda la manzana de casas que…
—No comprendo por qué te empeñas en ver nepotismo en todas partes. Cómo se nota que…
—¿Qué? ¿O no se puede decir lo que es un secreto a voces?
—No sé dónde oirás tú esos secretos, mira, pero…

—Donde tú no quieres oírlos. Lamentando la muerte de dos seres humanos, hay que reconocer que, por muy educados que fueran y por muchos idiomas que hablaran, los dos fallecidos eran unos prendas.
—Bueno —tercia el presentador, intentando hacerse oír por encima de la discusión, que marca rojo en los controles de sonido según le avisan por el pinganillo—, no creo que tenga nada que ver…
—En realidad, sí —interviene el periodista sin periódico—. Hay indicios que permiten pensar que ha sido una negligencia por parte de los dos jóvenes lo que ha causado la explosión y el accidente.
—¿Pero cómo puedes decir eso? ¿Cómo puedes decir eso? —el tertuliano conservador se lleva las manos a la cabeza, duda un momento no vaya a estar sobreactuando—. A ver si van a tener la culpa también de las torres gemelas.
—De las torres gemelas, no. No eran de izquierdas —se mofa la pelirroja, disfrutando del momento de sofoco de su adversario. Luego tendrán tiempo de limar asperezas con unas cervezas y unos pinchos. Paga la cadena.
—Sí, eso es lo que os fastidia a la gente como tú. Que fueran emprendedores que…
—¿Emprendedores? Saqueadores, diría yo. ¿Sabes que en esa misma casa donde se produjo la explosión se suicidó una pareja de ancianos hace tres semanas?
—¿Y qué pasó? ¿Se dejaron el gas abierto? —ahora la burla viene por parte del tertuliano conservador. Vacila antes de volver a quitarse las gafas.
—¿Cómo puedes exigirle a una pareja sin recursos, al borde del desahucio, que yo tan bien conozco, que encima pagaran religiosamente las revisiones del gas? Lo extraño es que no se lo hubieran cortado.
—El gas y la luz —interviene de nuevo el periodista sin periódico—. Es un caso de negligencia clarísimo. Por parte de las autoridades que no precintaron bien el lugar…
—Ni controlaron que no pudiera haber chispa.
—Exactamente. Pero si esos dos jóvenes hubieran ido a comprobar su presa acompañados de un perito, durante el día, no habrían pulsado el interruptor que causó la explosión. Si no hubieran sido tan avariciosos, y de su avaricia los periódicos no hablan porque no conviene, quizá hoy estarían con vida.
El tertuliano conservador salta de nuevo, defendiendo la libertad de prensa y expresión. El periodista sin periódico reconoce que siempre hay presiones, historias que no conviene publicar. La pelirroja insiste. El presentador mira el reloj y ve que le quedan todavía doce minutos de programa.
(González, desde su casa, apaga el televisor y sonríe. Nadie ha advertido, ni lo hará, que la explosión ha sido provocada).

