Apareció hace algún tiempo en una revista “femenina” un reportaje en el que se le formulaba la misma pregunta a dos diputadas, una de izquierdas y otra de derechas: ¿es imprescindible la experiencia de la maternidad para que una mujer se sienta realizada? Las respuestas me dieron que pensar. La diputada de derechas respondía que ser madre no tenía por qué entrar ni en los planes ni en la realidad de una mujer para que ésta se sintiera satisfecha con su vida; la de izquierdas, sin embargo, consideraba que ser madre, por encima del hecho biológico, es un modo de estar en el mundo, de relacionarse y de expresarse afectivamente, y argumentaba que ese estar resulta insoslayable para una mujer que quiera conocer por completo qué es la feminidad.
Si recurrimos a las respuestas que la cultura popular ofrecería a la misma pregunta, las contradictorias opiniones de las dos diputadas adquieren sentido.
Las primeras referencias de nuestra memoria cultural sobre la figura de la madre se remontan a un cancionero primitivo, pan-europeo por más señas, que en la Península se destiló en las ramas fundamentales de la jarcha, la cantiga gallego-portuguesa y el villancico castellano. Casi todos recordaremos que en la escuela, cuando se nos hablaba de esa lírica popular, se subrayaba la singular aparición de la madre confidente en el contexto erótico-amoroso común a los textos (“¿Qué faré, mamma? / Meu habib est´ ad yana”: “¿Qué haré, mamá? / Mi amado está en la puerta”, decía la jarcha). Madre que, más que a una exhaustiva interpretación de todas esas canciones, obedecía a nuestro deseo de reconocer en la figura materna, desde antiguo, la bondad y la protección que todos anhelamos de una progenitora. Porque el caso es que no pocas muestras del mismo repertorio apuntan a un perfil materno bien distinto, así en algunas cantigas de amigo, que hacen patente la desconfianza de la madre hacia la hija (“-Digades, filha, mia filha velida: / porque tardastes na fontana fria? / -Mentir, mia filha, mentir por amigo…”) y aún más contundemente en este villancico: “Por amores lo maldijo / la mala madre al buen hijo: / -¡Si plugiese Dios del cielo / y a su madre Santa María / que no fueses tú mi hijo / porque yo fuese tu amiga!”.

Andando la Edad Media, sobre la virtud obligada de la maternidad se impuso sin ambages la figura de la Virgen, sublimación de la única feminidad legítima, y en consecuencia negación de cualquier otra alternativa de la condición de ser mujer. Alejándonos de la vida pública y del sexo, el martirologio de la madre de Jesucristo se fue convirtiendo en el único modelo de santidad de las mujeres quienes, a fuerza de no poder levitar, nos empeñamos en ser ubicuas y madres para así ganarnos no sé qué cielo en esta tierra. Cosas de la vida: la opinión de la diputada de izquierdas (y la de cierto feminismo místico del que supongo que surge) tiene mucho más que ver con la maternidad virginal de María que la opinión de la diputada de derechas.
Quizá la confusión tenga que ver con entender que ser madre implica someterse a un arquetipo humano y que, puestas a escoger (si es que podemos escoger), solo tenemos dos opciones: o adherirnos a la militancia cristiana y arrodillarnos al pie de la cruz de nuestros hijos, o irritarnos por la dependencia del vástago y maldecir, amargadas, nuestro destino. Solo a las que opten por lo primero va dedicado el popular Día de la Madre, claro, inventado como tal hace escasamente un siglo y arropado por una sociedad que admite aún menos desvíos de sus arquetipos que aquel sistema patriarcal que presumimos de ir dejando atrás.
Empezó a avisar de ello –como de tantas otras cosas- Lorca, que subió a la escena a Bernarda, denuncia viva de un matriarcado feroz, sordo y silencioso que recorre nuestra médula –la médula de este país– de cabo a rabo y que no cesa de sublimar a la madre como heroína de una eterna tragedia. Matriarcado que condena la canción tradicional que las mujeres entonan en las noches de invierno y en los atardeceres veraniegos: “La madre abadesa me regala anises, / ella me los daba cuando estaba triste. / Yo no quiero anises, yo no quiero ná, / casadita sí, eso sí, pero monja no, eso no, / mala fue mi madre que no me casó / con aquel gitano que quería yo”. Matriarcado inteligente, que se disfraza de soledad cuando hace falta, para seguir así argumentando que ser una buena madre equivale a ser mártir del cacareado sistema patriarcal.

