Es queja habitual entre magistrados y juristas que quizás el mayor obstáculo con el que tropieza la Ley Integral contra la Violencia de Género son ciertos hábitos sociales que aún hacen esperar de las mujeres la acomodación a estereotipos tradicionalmente consolidados. Conductas tozudas que sin duda empantanan la reivindicación de situaciones relacionadas con la autonomía, con la libertad de elección, con el derecho a la vida pública, e incluso con la desobediencia, adscritas al ideario feminista básico y en claro conflicto con los valores de sumisión o reclusión instalados en esos estereotipos.
La documentación ingente que, desde hace por lo menos ocho siglos, nos informa sobre la gestación y la transmisión de los arquetipos femeninos básicos en la cultura popular no deja lugar a dudas: la literatura oral, los ritos y prácticas folklóricas, la iconografía, y los usos tradicionales en general materializan unos modelos de mujer que seamos o no conscientes– están grabados en nuestra memoria de manera indeleble. En tanto estamos hechos en buena parte de memoria colectiva y secular, actuamos no pocas veces arrastrados por esos modelos y nos relacionamos conforme a ellos cada vez que el olvido del aquí y del ahora gana la partida.
Probablemente uno de los arquetipos más nocivos para la auténtica comprensión social de la igualdad de géneros sea el de la Virgen. Su figura irrumpe en la cultura popular hispánica con seducción desmedida en los últimos siglos de la Edad Media, y se convierte muy pronto en icono central de la religiosidad de a pie, la de todos, campeando a sus anchas en una multiplicidad de imágenes, de objetos y de ritos. Las mujeres hemos tenido en ella una referencia inalcanzable, frustrante por lo tanto, y en consecuencia perversa. Como paradigma, representa muy bien la vinculación de la perfección femenina al inmovilismo, dejando en manos del arquetipo masculino (su hijo) la ejemplaridad de una vida itinerante y de unas habilidades públicas de las que ella voluntariamente se priva. La Virgen, como la madre de Buda, la madre de Confucio o la madre de muchos antiguos héroes caballerescos, concibe al hijo sin intervención alguna de varón, da a luz sin dolor y dedica su anónima vida a la nutrición y protección del vástago. Se configura así como mujer en la que la virtud está indisolublemente unida a la negación del sexo, lo que lleva a una tajante identificación entre lo femenino y la castidad.

En la orilla opuesta de la mujer santa está la mujer salvaje. Investida de soledad y de aislamiento, habitante de un espacio no civilizado, y ajena a las más mínimas reglas de socialización, la mujer salvaje aparece en la cultura popular, antes que nada, como peligro. Sus antecedentes más definidos son las antiguas sirenas. En ellas se convocan dos o tres rasgos esenciales: un espacio ignoto y escondido (el fondo del mar) en el que puede quedar atrapado para siempre el navegante, una seducción irracional de tintes demoníacos y una fisiología híbrida (mitad pez mitad mujer) que, más que contra natura, juega contra cualquier posibilidad de aceptación social.
Más allá de su condición mitológica, las sirenas y sus congéneres han ido representando a través de los siglos un modelo de mujer inaceptable, y sobre todo han encarnado la amenaza de un castigo implacable para todas aquellas mortales que osaren desviarse del rol tradicional asignado por su condición femenina. El folklore abunda en mujeres cuya desobediencia se corporeiza en una fisiología desmesurada o, en todo caso, vertida a la masculinidad más feroz. Apoyando el consejo quevedesco de que el hombre debe elegir mujer pequeña como esposa (“porque del mal lo menos”), la Giganta Andandona, importada por las novelas de caballerías del folklore europeo, ofrece un retrato exacto del arquetipo: “Tenía todos los cabellos blancos y tan crespos, que no los podía peinar; era muy fea de rostro, que no semejaba sino diablo. Su grandeza era demasiada, y su ligereza. No había caballo, por bravo que fuese, ni otra bestia cualquiera en que no cabalgase, y las amansaba. Tiraba con arco y con dardos tan recio y cierto, que mataba muchos osos y leones y puercos, y de las pieles de ellos andaba vestida. Todo lo más del tiempo albergaba en aquellas montañas por cazar las bestias fieras. Era muy enemiga de los cristianos y hacíales mucho mal”. Igual que ella, las serranas feas y montaraces de las que huía el Arcipreste de Hita, o las irredentas bandoleras que –según circuló en leyendas de nuestra última Posguerra– formaban parte del Maquis, portaban armas y se dedicaban a la caza (de hombres o de animales) menos compasiva.
Alentándolas –y advirtiendo a las demás del descalabro– ha estado siempre Lilith, la nocturna, que para la tradición hebrea surgió al mismo tiempo que Adán, y que fue descartada para su plan de creación por un Dios que la sustituyó inmediatamente por Eva, más adecuada a las dependencias por depender en sí misma de una costilla. Pero incluso a Eva no deberíamos imaginarla con los trazos que Durero o El Bosco le asignaron, porque su pecado, su transgresión y su renuncia a la familia nos remiten a lo femenino salvaje, y no a esa blanda mujer de cabellos dorados que la Iglesia –por convertirla en madre– ha querido presentar.


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