Por las calles de Turín y San Remo tras Italo Calvino

Una admiración que viene de lejos y un proyecto ilusionante me llevan durante una semana a Turín, con escapada de dos días a San Remo. Voy en busca de algunas huellas, aún reconocibles, de Italo Calvino. Al pisar por primera vez la ciudad lombarda, pienso en los primeros días universitarios de Calvino, allá por noviembre de 1941, cuando, bajo un cielo amenazado por los bombarderos de la aviación aliada, viaja desde su pueblo a Turín para comenzar la carrera de Agronomía. Lo imagino en un tren regional parecido al que me llevó a mí a San Remo, más de cuatro horas de trayecto, buena parte del cual transcurre a orillas del mar por la Riviera di Ponente. Pese a la querencia inicial de su pueblo y la nostalgia del hogar familiar (Villa Meridiana), la bella y elegante ciudad lo atrapa en el tapiz cuadricular de sus calles. Finalizada la II Guerra Mundial y concluidos los estudios (de la Agronomía inicial cursada a regañadientes a una licenciatura en Filosofía y Letras coronada por una tesina sobre Joseph Conrad), Calvino fija su residencia en Turín y comienza su acercamiento a la editorial Einaudi, donde trabajará durante años como editor junto a escritores de la talla de Elio Vittorini, Cesare Pavese y Natalia Ginzburg. Pero la huida de San Remo (“Yo me largo, chao, pueblo”) solo será física, porque la ciudad y su campo (en especial el Camino de San Giovanni) estaban destinados a ocupar un lugar de relevancia en su obra primera y en sus recuerdos de siempre.

Cinema-teatro Centrale de San Remo.

Cinema-teatro Centrale de San Remo.

En el Archivio di Stato de Turín se conserva el Fondo Einaudi, que comprende en varias carpetas un sinfín de cartas, telegramas, recortes de prensa, notas de trabajo, facturas… que atestiguan la labor de la editorial durante décadas. Un material riquísimo a la vez que desordenado y abrumador. Si en aquel archivo me he reencontrado con el Calvino editor, en las calles turinesas he perseguido la sombra del estudiante que pasea junto al río Dora o escribe cartas, desde una pensión fría y poco alimenticia, a su amigo Eugenio Scalfari, compañero de instituto en San Remo, a la sazón estudiante de periodismo en Roma y, andando el tiempo, fundador del periódico La Repubblica. En el Turín de hoy también he visto al Calvino que, después de la guerra, ingresa en el Partido Comunista y se convierte en asiduo colaborador de su órgano propagandístico: L’Unità. Y, cómo no, al Calvino escritor ligur, al ave migratoria que encuentra en Turín la rama perdurable y el nido seguro para una carrera incipiente.

Tomo un tren regional de Trenitalia en la estación de Porta Nuova y a mediodía me apeo en la estación de San Remo (Sanremo es lo correcto, según las ordenanzas municipales, pero esa es otra historia). Es un martes de abril soleado, de primavera sureña. Sorpresa. No es la esperada estación provinciana, sino un pasillo tubular de más de un kilómetro que horada la montaña. Demasiada obra moderna para tan solo dos vías, me digo. Y entonces caigo en la cuenta de que estoy en el San Remo del Festival de la Canción y del Railly, y en un destino veraniego de primer orden en el norte de Italia, como evidencian los yates de lujo en el puerto nuevo y el rosario de tabernas y restaurantes en las proximidades del mar.

Vicolo Cisternin (La Pigna).

Vicolo Cisternin (La Pigna).

De las dos citas previstas, una de ellas, importantísima, se malogra. En el pomeriggio había quedado en casa de Libereso Gugliemi, un anciano de noventa años que fue jardinero en Villa Meridiana, la casa y jardín que los padres de Italo cedieron para la estación experimental de floricultura «Orazio Raimondo». Libereso aún recuerda muchos detalles de aquel paraíso floral que era a un tiempo hogar de la familia y centro de trabajo de Mario Calvino y Eva Mameli. Pero la edad no perdona y un accidente doméstico en la víspera me impide visitarlo. Sí consigo entrevistarme al día siguiente con Marco, un sanremés que conoce bien los “lugares calvinianos”. Me lleva a Villa Meridiana, que solo conserva de lo que fue una parcela del jardín y una casa convertida en apartamentos. Ni siquiera hay una placa en la puerta en homenaje al escritor o a sus padres. Ante la cancela cerrada conversamos sobre La speculazione edilizia, la novela de Calvino inspirada en este lugar. Luego subimos a la Pigna, el barrio medieval del centro, un laberinto de pasadizos y túneles que soporta el peso de cientos de casas envejecidas, algunas muy deterioradas. Nada que ver con el San Remo de abajo, con las casas de piazza Colombo o los edificios residenciales del corso dei Inglesi o via Roma. (Me acuerdo entonces de la Lisboa modernizada con ocasión de la Expo de 1998 frente al barrio depauperado de Alfama: la apuesta por los oropeles frente al abandono de lo viejo). Desde la Pigna, que se desparrama por la colina y ofrece algunos rincones con altos miradores, vemos el mar y la torre de la iglesia-catedral de San Siro. Marco me muestra, desde la distancia, por dónde discurre el camino de San Giovanni que Italo y su padre toman para ir al huerto de los Calvino. Sobresaliendo junto al hospital nuevo, en medio de un abigarrado paisaje de árboles y tejados, todavía sigue en pie el viejo hospicio.

La colina de la Pigna se sitúa entre Villa Meridiana y la parte suroeste de la ciudad, y atravesándola se acorta espacio y se gana tiempo. Por la empinada via Roglio nos parece ver la silueta del adolescente Italo camino del Cinema Teatro Central. Por fortuna, el Central también existe gracias a una restauración que ha respetado la forma originaria de las dos salas, la grande y la pequeña, llamada «Tabarin». Marco consigue que la encargada del cine nos abra las puertas, pese a ser las once de la mañana, y nos permita ver el interior; así puedo apreciar el patio de butacas, el anfiteatro y la cúpula móvil diseñada por el artista florentino Galileo Chini que, al terminar la proyección, se abría dejando ver el cielo. Por esas mismas calles vemos a Italo camino del instituto, el Real Ginnasio-Liceo «Cassini», sito en el lateral derecho de un inmenso edificio de color ocre que domina la piazza Eroi Sanremesi, hoy destinado a varios centros de enseñanza. En la fachada este, dando a un callejón, una espantosa placa de mármol recuerda el paso del escritor por esas aulas. Pregunto a Marco por qué dicha placa no está en la plaza, en un lugar más honroso y a la vista de todos, y me responde que el comunismo de Calvino no congeniaba con la Democracia Cristiana, el partido que entonces gobernaba el ayuntamiento. Con todo, los viejos partisanos de la resistencia italiana presionaron para que el que había sido, como ellos, combatiente en la montaña contra el fascismo tuviese al menos ese escondido recordatorio.

Estación antigua de San Remo.

Estación antigua de San Remo.

Luego visitamos el edificio del colegio Valdese, en via Roma, la escuela de primaria del escritor, uno de los centros más reputados que la confesión evangelista tenía en la época en el norte de Italia. De ahí caminamos hacia la fortaleza de Santa Tecla, donde los padres de Calvino fueron encarcelados por los fascistas; y poco después hacia el corso Imperatrice, el paseo bajo palmeras en el que Italo y sus amigos se sientan a debatir sobre lo divino y lo humano. Cerca hay un paseo marítimo rotulado como Lungomare Italo Calvino y, a pocos metros, aún puede verse el rótulo azul de la antigua estación del ferrocarril, SAN REMO, donde el joven Calvino espera el tren que llega de Ventimiglia con destino a Turín. A uno de esos trenes subí yo en la tarde del miércoles, muy agradecido a Marco y satisfecho de haber visto algo del San Remo de Calvino bajo la piel bronceada del San Remo de hoy. En Turín aún me esperaban otros encuentros que algún día, espero, saldrán a la luz.

Fotos: Antonio Serrano Cueto.
Antonio Serrano Cueto

Autor/a: Antonio Serrano Cueto

Antonio Serrano Cueto es profesor universitario, narrador y poeta, con varios libros publicados y participación en revistas y antologías. Su último título publicado es ‘París en corto’ (Valparaíso, 2015).

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