Cuando Segismundo se preguntaba qué es la vida y se respondía que “una ilusión, una sombra, una ficción” se le olvidó decir (y hubiera podido seguir la rima) una escisión. Porque todo eso de la sombra está muy bien pero, realmente, no es que vivamos en la sombra sino que vivimos escindidos, todos nosotros. Normalmente son escisiones pequeñas. A menudo son graves escisiones, y entonces se producen los desastres.
Por ejemplo –y es solo un ejemplo-, amar. Amar es un verdadero y titánico esfuerzo de insinceridad. He escrito con toda intención la palabra “verdadero”. Es sabido que las relaciones amorosas se sustentan, con maravilloso equilibrio, sobre una columna de sobreentendidos, mentiras piadosas, pequeñas hipocresías y una montaña de ocultaciones. Sí, ya sé que no he mencionado el cariño, la pasión, la complicidad, la ternura, los intereses mutuos… Hablaba del cemento, no del cimiento. Y de lo que no hablaba es de traición o infidelidad. Los más leales y los más fieles también viven escindidos, porque actuar socialmente, en la intimidad y en el mundo, es un ejercicio de sana hipocresía, de no decir, de cerrar los ojos. Bendita nuestra clemente falsedad, por cierto, o el mundo sería un infierno.

Pero, así las cosas, vivimos escindidos entre una realidad íntima que no podemos dejar de ver y la realidad que tenemos que vivir. Lo hacemos admirablemente, a Dios gracias, desde que tenemos uso de razón y abrimos dos caminos paralelos que ya jamás volverán a cruzarse. Y nuestra cordura se fundamenta en nuestra habilidad para sobrellevar esa Escisión ante nosotros mismos. Creo que la inteligencia emocional es eso: la capacidad de filtrar. Cuanta más maña nos demos en destruir las pruebas de lo que no queremos ver, como hacían en el Ministerio de la Verdad, mejor nos irá en la vida. Lo malo es cuando llevamos dentro una mosca cojonera, un Winston Smith que tiene memoria y se hace preguntas. Imagino en lo que estáis pensando: en la escritura. No me sirve. Solo unos pocos la han utilizado para enfrentarse, decididamente, a su escisión. La mayoría (y aquí entran algunos de los que más admiramos) se han servido de ella como refugio ante la terrible prueba. E hicieron bien: no enfrentándose al Enemigo, tenían la cabeza despejada para describir fielmente el resto de la realidad, para hablar de nuestras escisiones y no de las suyas.
Porque la escisión de cada uno de nosotros es tan privada, tan particular, que no sirve de ejemplo. No es literaria. Es solo la constatación de un fracaso que nadie conocerá. Solo que algún día, nos muramos de lo que nos vayamos a morir, sea un cáncer o un despiste en la carretera, creo que al final todos nos moriremos de lo mismo: de nuestra propia escisión y desacuerdo. Nos moriremos de no ser verdad.


Me ha encantado. El artículo es un espejo.
Gran artículo, sí.