Invocaciones y conjuros. Ambos revelan que la palabra, una vez, fue magia, que existió el nombre exacto de las cosas y más aún: que cosas y palabras fueron lo mismo. Como en el Macondo que evocan las primeras líneas de Cien años de soledad… “Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construida a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.
Cuando el mundo nos es reciente –bien porque seamos adultos limpios, bien porque seamos niños- creemos en la palabra, creemos que la palabra no es otra cosa que la confianza en la naturaleza. Usamos así las palabras ni siquiera para nombrar, sino para tener lo que la palabra nombra. Es un estado de gracia que hace que moldeemos la realidad –y las ocurrencias de la realidad– a nuestro dictado. “Caracol col col / saca los cuernos y ponte al sol”. Y el caracol se despereza, el sol sale y la baba del molusco traza un camino amarillo y brillante.
Las invocaciones al sol y a la luna nos hacen habitar un pensamiento mítico. Los seguimos invocando ritualmente, aunque los ritos hayan perdido por completo su nexo con lo sagrado. Queda el símbolo y “el simbolismo es independiente del hecho de que sea o no comprendido, conserva su consistencia a despecho de toda degradación, y la conserva incluso cuando ya ha sido olvidado” (Mircea Eliade). Sabemos así simbólicamente de los desvaríos de la fortuna y de lo arbitrario de la suerte cuando salmodiamos a la luna, cuyos cuartos menguantes y crecientes, cuya aparición roja y llena y cuya extinción misteriosa identificamos con nuestro imprevisible destino: “Mamita luna / dame pan y fortuna”; “Luna luna, dame cobre / que tengo visita y estoy pobre”; “Luna lunera, cascabelera, / ojitos azules, carita morena, / lunita hermosa / como crecen tus cuartos / crece mi bolsa”. Ambición de ser siempre luna llena: “Para que el niño consiga el regalo que apetece saludará a la luna desde lugar que se la vea bien, durante siete noches consecutivas; cada noche recitará tres veces la siguiente canción, inclinando la cabeza, en forma de saludo, la conclusión de cada verso: Luna lunera, / cascabelera, / los siete perritos / a la cabecera”, aconsejaba el folklorista Alejandro Guichot en 1854.

El diálogo con la luna y el sol da a entender que nuestro espíritu primordial es animista. Así lo entendió Lorca (saber mirar es comprender) en sus retratos diversos de los astros: “Por el cielo va la luna / con un niño de la mano”; “La luna vino a la fragua / con su polisón de nardos… / El sol, capitán redondo, / lleva un chaleco de raso”. Los niños lo invocan (“Sal, sol, solito / y caliéntame un poquito / para hoy y para mañana / y para toda la semana”), “por eso los niños creen que el sol los sigue. Cuando conceden espontaneidad al sol que los sigue es animismo. Cuando creen hacer avanzar al sol es participación y magia” (Jean Piaget).
Invocaciones y conjuros son bálsamo de nuestro sufrimiento, encierran en su formulación aparentemente absurda la confianza en el poder sobrenatural de la palabra, absurdamente –ahora sí– descartado de nuestra cotidianidad. Podemos sanar a nuestros hijos con ellos: “Cura sana / culito de rana, / si no sanas hoy / sanarás mañana”. La sequía es una angustia común de los seres humanos. De la conocida “Que llueva, que llueva, / la Virgen de la Cueva…” se han recogido versiones en casi todo el mundo. La musicóloga Susana Weich comenta sobre las recolectadas en Grecia y Turquía que algunos de sus informantes, al recordarla, evocaban cómo el maestro (el rabino), en tiempos de sequía, conducía a los niños de la escuela, en filas, hasta el campo o hasta el cementerio, para allí decir la oración, y aseguraban que, al regresar, venían ya empapados por la lluvia concedida. Una fe que al menos entre los propios niños se mantiene, si hacemos caso a una transmisora gaditana de seis años, que al cantar su versión me explicaba que la usaba con los compañeros de la escuela “para que llueva cortito”.

