Cómicas

Pensativo y desencantado iba Don Quijote sobre Rocinante el día que él y Sancho se toparon, en mitad de un camino, con una pequeña compañía de teatro ambulante. Interrogado el cochero por Don Quijote sobre la gente extraña que llevaba en el carro, respondió así: “ -Señor, nosotros somos recitantes de la compañía de Angulo el Malo; hemos hecho en un lugar que está detrás de aquella loma, esta mañana, que es la octava del Corpus, el auto de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de hacer esta tarde en aquel lugar que desde aquí se parece; y por estar tan cerca y excusar el trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamos vestidos con los mesmos vestidos que representamos. Aquel mancebo va de Muerte; el otro, de Ángel; aquella mujer, que es la del autor, va de Reina; el otro, de Soldado; aquél, de Emperador, y yo, de Demonio, y soy una de las principales figuras del auto, porque hago en esta compañía los primeros papeles”.

La inclusión de una actriz (“aquella mujer que va de reina”) en una compañía teatral española a principios del siglo XVII testimonia que, ya por esa época, la presencia femenina en los escenarios era habitual, cosa que, por ejemplo, no pudo ocurrir en Inglaterra hasta casi un siglo después.

María Calderón.

No fue fácil. Pese a que la modernidad del Renacimiento trajo consigo una incipiente incorporación de la mujer al mundo de la cultura, durante siglos el espectáculo teatral no fue considerado el mejor espacio para que lo ocupasen las mujeres. En general, el teatro se identificaba con un lugar de prostitución y varios decretos conciliares de los siglos XVI y XVII llegan a definir la actividad teatral como pornográfica y a prohibir expresamente no ya solo a las actrices, sino a los personajes femeninos (aunque fuesen representados por hombres), aduciendo que estos “cantan, danzan, se mueven por el escenario, se abrazan, se besan, cometen adulterio y hasta asesinan”. La conexión, pues, entre teatro y transgresión es evidente –y temida- desde muy temprano.

Hacer teatro, en fin,  implicó para las mujeres el rechazo social, la difamación y la clandestinidad, aunque no por ello se apartaron de las tablas, más bien al contrario: si revisamos la historia de las actrices españolas de aquella época obtenemos una impresión evidente de que su oficio las dotó de una especial valentía (o de que fueron las más valientes quienes se dedicaron a tal oficio) y de que nunca se cortaron al tomar la palabra para reivindicar sus derechos. De finales del siglo XVI data un memorial firmado por catorce actrices españolas (encabezadas por Mariana Vaca y María de la O) que protestan por las prohibiciones y las acusaciones de inmoralidad que pesan sobre ellas y suplican a Su Majestad les permita representar, pues de su oficio depende el pan de su familia.

Por lo demás, los grandes nombres de nuestro luminoso teatro del Siglo de Oro son nombres de mujer. Beatriz, la bailarina de la compañía ambulante del sevillano Lope de Rueda, a quien los moralistas pusieron el mote de “farsatriz”. Micaela Luján, la amante más ardiente (y más fértil) de Lope de Vega, con quien el autor tuvo siete hijos, la que vivió como esposa clandestina más de diez años, y a quien voces autorizadas calificaron como “prodigio de actriz” y “mujer de vivo ingenio y tono regalado”. María Calderón –“La Calderona” para la historia del teatro-, que debutó como actriz en 1627 dejando deslumbrado a Felipe IV, quien la convirtió en su amante designándole incluso un balcón en la Plaza Mayor de Madrid para ver y ser vista…

Margarita Xirgu como Mariana Pineda.

Las mujeres y el teatro, sí, se asociaron desde el principio porque probablemente compartían –siguen compartiendo- la voluntad principal de emancipación, el anhelo de expresarse en libertad. El teatro ha sido para las mujeres la opción más explícita ante la renuncia a los roles convencionales que el sistema social les asignaba: casada, viuda o monja. En el teatro, las mujeres no han sido invisibles.

En la otra gran época dorada del teatro español –las primeras décadas del siglo XX- el papel de las mujeres alcanzó cotas deslumbrantes. Seguían -pese al tiempo transcurrido desde las prohibiciones reales y conciliares- representando la transgresión y las grandes actrices de esa época –y también los grandes personajes femeninos- simbolizan no ya solo el arte de la escena, sino la voz social y política que arrastra el carro del país hacia horizontes regeneradores.

El día de San Juan de 1927 estrena Federico García Lorca en Barcelona Mariana Pineda, la epopeya teatral de la heroína romántica mártir del absolutismo monárquico (“Yo soy la libertad herida por los hombres, / yo soy la libertad porque el amor lo quiso, / amor, amor, amor y eternas soledades”). En el papel protagonista, Margarita Xirgu quien, para responder a los aplausos del público, gritó entusiasmada: “¡Mueran los Quintero!”, dando así el cerrojazo al teatro ramplón, costumbrista, complaciente y hacendoso del siglo XIX, ese que durante un tiempo quiso devolver a la mujer a sus labores domésticas.

Carmen García Antón (con bañador blanco) junto a Victor Cortezo, Blanca Pelegrín, Luis Cernuda, Mª del Carmen García Lasgoity y Manuel Altolaguirre.

Además de Mariana Pineda, Margarita Xirgu fue, sobre las tablas, Salomé, Juana de Arco, Medea y la Virgen María y, en su vida, abiertamente lesbiana y radical de izquierdas. “Margarita la Roja” (como  la llamaban los menos aficionados a su talento), la actriz cautivadora “que arrojaba puñados de fuego y jarros de agua fría sobre públicos adormecidos”, salió hacia el exilio y murió en él, como tantas otras que tomaron la palabra en aquellos momentos. Como Carmen García Antón, primera actriz de La Barraca, la compañía de teatro ambulante creada por Lorca; como las muchas estudiantes universitarias que entre 1931 y 1936 formaron parte del Teatro del Pueblo, la compañía teatral creada por las Misiones Pedagógicas para llevar el arte de la escena hasta las más remotas aldeas del país, bajo el convencimiento de que el progreso habría de pasar –antes que por cualquier otra cosa- por el conocimiento y la cultura.

En los momentos más silenciosos, en las circunstancias de mayor represión, han sido siempre el teatro y las mujeres los que han tomado la palabra, siempre aliados, confiados siempre en que, juntos, pueden agitar conciencias, horadar la roca dura de la sociedad creando espacios de reflexión, apuntalar la democracia y la igualdad, cambiar el mundo.

Nuria Espert durante su discurso en los premios Príncipe de Asturias.

Experiencias recientes siguen hablando de ello. El Teatro Yeses, la compañía nacida en la cárcel de mujeres de Yeserías en 1985, representa muy bien la poderosa herramienta de futuro que es el teatro cuando se pone en manos de mujeres. Entre otras obras clásicas y contemporáneas, las actrices del Yeses han llegado a interpretar Mal bajío, escenas de una cárcel de mujeres en dos actos, un texto creado por ellas mismas, sobre cuya representación comentaba la escritora Lourdes Ortiz: “El lenguaje de la obra, despiadado, mezcla de desvergüenza e ingenuidad, nos revela un ámbito de mujeres aplastadas que intentan desesperadamente reconstruir una normalidad de gestos, de relaciones. Cuando las presas gritan desde el escenario ¡Abajo la cárcel, reinserción social!, poco antes de que lleguen los guardias a disolverlas ferozmente, uno se da cuenta de que queda mucho por hacer”.

Hizo muy bien Nuria Espert, al recibir el Premio Princesa de Asturias de las Artes, obviando discursos institucionales (“No puedo ser yo misma más que en el escenario”) y recurriendo al discurso teatral de una mujer herida por las convenciones, Doña Rosita la soltera: “Quiero huir, quiero no ver, quiero quedarme serena, vacía…, ¿es que no tiene derecho una pobre mujer a respirar con libertad? Y sin embargo la esperanza me persigue, me ronda, me muerde; como un lobo moribundo que apretase sus dientes por última vez.”

Si el teatro –como dijo Lorca– es poner en pie la poesía, si el teatro está no para contar las cosas, sino para cambiarlas, el teatro es cosa de mujeres. Ahí, sobre las tablas, no existe el miedo, no existe el pudor, no existe la ofensa, y la palabra mierda significa suerte.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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