¡Mueran los Quintero!

El último montaje escénico de Carmen nos brinda una buena ocasión para abordar lo que en este país ha sido la historia trágica del tipismo.

Al tiempo que la opéra comique de Bizet triunfaba en los escenarios europeos y americanos y precisamente el mismo año en que se reestrenaba en París y comenzaba a ganarse el corazón de los franceses (1883), aquí, en España, se publicaba la primera novela que, con vocación documentalista, abordaba la problemática del mundo obrero: La Tribuna, de Emilia Pardo Bazán. Como Carmen, la protagonista de La Tribuna, Amparo, es una cigarrera pero –a diferencia de Carmen– no es mujer de fiereza amorosa, ni es la pasión erótica que desata lo que provoca el conflicto. Amparo, trabajadora de la fábrica de tabacos de Marineda, se convierte en líder del movimiento obrero cuando, al estallar la revolución de 1868, nace a la inquietud política, alienta a sus compañeras de la fábrica leyéndoles la prensa a diario y se compromete fervientemente con el proyecto republicano.

Alejada de toda intención pintoresquista, la Amparo de Pardo Bazán no ha tenido trascendencia alguna en nuestra memoria cultural, mientras que la Carmen de Bizet ocupa un lugar privilegiado en la ensoñación en tecnicolor que nos evoca la figura de una cigarrera del siglo XIX. Ensoñación similar –no nos engañemos– a la que este santo pueblo tiene de sus piconeras, desde que en 1951 se estrenara la película Cuando las Cortes de Cádiz, basada en una obra de teatro del también santo Pemán, y protagonizada por una Juanita Reina que nos hizo creer para siempre que aquí, las vendedoras de combustible para los braseros no iban tiznadas, sino emperifolladas de moñas, puntillas, madroños y sedas de pies a cabeza… ¿Por qué ha ocurrido esto?

Cigarreras sevillanas.

Cigarreras sevillanas.

Tengo para mí que la respuesta está en la falta de criterio del pueblo español (y excluyo aquí a los pueblos no españoles, reconocibles porque tienen otro idioma, es decir, otra alma), nutrida por la indolencia y explotada (muy bien) por dictaduras y  gobiernos casposos que nos han convencido de que es mejor pensar de nosotros mismos lo que piensa el señorito que lo que realmente pensamos nosotros. Me explico.

Desde al menos el siglo XVIII la mirada extranjera sobre España (la de los viajeros románticos primero) mostró su estupefacción hacia lo exótico y salvaje de nuestra idiosincrasia. Se fue amasando así un tópico de lo español-andaluz vinculado a lo pasional, lo irracional, lo sensual, lo festivo, que se consolidó a lo largo del siglo XIX y culminó, a finales de esa centuria, en ejemplos como la Carmen de Bizet (los españoles vistos desde fuera) o como el teatro costumbrista de los Álvarez Quintero (los españoles vistos desde dentro). Los intentos de aplacar esta distorsión de nuestra realidad (léase de Unamuno, de Lorca, de Gutiérrez Solana, de Buñuel, etc.) fueron aniquilados –ya se sabe– por un régimen nacional-católico que vio en el tipismo el opio adecuado para narcotizar al pueblo. Y así triunfó Pemán y su Lola piconera, y así en 1953 –en pleno fervor de la Sección Femenina– los habitantes de Villar del Río se vistieron de gitanos e inventaron un pueblo de cartón-piedra para recibir al señorito (al americano, en este caso), a Mr. Marshall, y demostrarle que éramos tal y como el señorito nos había soñado.

“¡Mueran los Quintero!” fue lo que gritó Margarita Xirgu el 24 de junio de 1927 en el Teatro Goya de Barcelona, entre los aplausos del público, al finalizar el estreno de Mariana Pineda, de Federico García Lorca. Ella –muerta después en el exilio– lo vio posible. La historia, nuestra historia, vino a demostrarle que no era posible. Sigue demostrándonoslo. Volver a Carmen, volver a Lola, es olvidar a Amparo.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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4 Comentarios

  1. Tópico sobre “los tópicos”. Si asi estan todavia los expertos estamos apañados.

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  2. María Jesús Ruiz

    Comentario de Susana Weich-Shahak, catedrática de musicología en la Universidad de Tel-Aviv (Israel).
    Muy precioso tu articulo. Parece mentira como la solidaridad para oponerse a la explotacion ha sido completamente obnubilada (no se si es el termino exacto: algo asi como “exterminada + subyugada”) y a veces reemplazada, con malas intenciones, por “la patria” de los que dominan. Me temo que algo asi pasara aqui, o ya eta pasando.

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  3. María Jesús Ruiz

    Al hilo de la lectura de este artículo, José Pallarés me manda estas palabras: “La patria es, en España, un sentimiento sencillamente popular, del cual suelen jactarse los señoritos. En los trances más duros, los señoritos la invocan y la venden; el pueblo la compra con su sangre y no la mienta siquiera”. (Antonio Machado, Juan de Mairena).

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