¿Cómo aborda Plan C la cultura?
Plan C surge primero como un plan cultural y circunscrito casi únicamente a este ámbito. Luego, cuando se van haciendo contactos y profundizando, nos vamos dando cuenta de que debe ir más allá de la cultura. La cultura es un cruce de caminos donde se encuentran hoy en día desde el urbanismo a la economía, el turismo… y, obviamente, lo artístico y lúdico. Para Plan C la cultura es un pilar fundamental.
Cuando se habla de cultura se suele aludir a muchas cosas diferentes, como antes has indicado. ¿Cómo se definiría la cultura dentro de Plan C?
Hemos huido de hacer una definición estricta de cultura. Para nosotros hay una idea de cultura que está consensuada en la sociedad de forma tácita. Es una definición muy amplia, porque iría desde formas de expresión populares como por ejemplo el carnaval, en nuestro caso, o el flamenco, a formas de expresión “elitistas”; pero también incluiría elementos patrimoniales, lo monumental o el patrimonio intangible. Nosotros nos hemos planteado la cultura en este sentido amplio. También desde en un punto de vista muy social. La cultura es el hecho social por excelencia. Si no hay más de dos personas, no hay cultura. Una persona sola, aislada, no la tiene. Entonces la cultura nace de las relaciones sociales y en ese aspecto nos hemos planteado la cultura de una forma muy amplia o con muchas caras. Hay quien dice, aunque la palabra no me gusta, que la cultura es poliédrica. Es una definición que funciona bastante bien.
Últimamente mucha gente se está planteando la dualidad entre la industria cultura y otro tipo de cultura.
Son ámbitos diferenciados: la cultura artístico-creativa y luego la cultura industrial. Lo que pasa es que sin cultura creativa no existiría la industria cultural. No tendría contenido sin la gente que pinta, escribe, compone… Luego hay una vertiente económica, que es la industria, gracias a la que mucha de esa gente vive y obtiene su salario, algunos muy dignos y otros más normales. Creo que no hay que plantear una oposición cultura creativa/industria cultural.
Me refería más concretamente a los productos culturales diseñados desde el márketing como pueden ser, en la literatura, los best sellers.
-Bueno, claro. Hay que tener en cuenta que la industria cultural tiene una dinámica de mercado. En este aspecto, la industria cultural mima aquellos productos más masivos. Encuentra nichos de mercados como la novela histórica, que es una novela que de repente ha tenido su boom y que puede que no responda a las expectativas de un público muy exigente o más “literario”. ¿Qué aspecto le veo yo bueno? Que la industria cultural masiva permite, en cierta medida, la pervivencia de productos no rentables. Que haya mucha gente que lea literatura histórica permite que se mantenga también el pequeño mercado de “los serios”.

En un ámbito como la Bahía de Cádiz, ¿qué deficiencias principales detecta Plan C con respecto a la cultura?
En el primer avance de diagnóstico que hemos hecho, que ahora se está validando, el principal problema que hemos detectado es la grandísima descoordinación que existe, primero entre las instituciones públicas. Hablamos de una zona en la que actúan muchas instituciones públicas. De entrada, seis o siete ayuntamientos, cada uno haciendo la guerra por su lado. Con una diputación provincial, más una administración autonómica, más aquellas intervenciones que dependa, que son menos, del Estado e incluso de la Unión Europea. Entonces hay una grandísima descoordinación. No hay un plan único, genérico, que tire de la cultura en un mismo sentido o hacia unos objetivos comunes. Y a esta descoordinación institucional se le une la descoordinación entre lo privado y lo público, que no terminan de entenderse bien. Cuando hablo de privado no me refiero solo a las industrias culturales, los profesionales de la cultura, sino también del mundo asociativo que es también un mundo importante en este ámbito y que no se ha consolidado. Ha estado bajo el ala de lo público, pero también muy descoordinado con el resto de la realidad cultural. Yo creo que ese es el principal problema.
Por poco que uno rasque, se ve la cantidad de personas, de asociaciones, de proyectos culturales que existen en el ámbito de la Bahía de Cádiz. Parece que, pese a la crisis, las personas no han dejado de hacer las cosas que les interesan en este ámbito.
Afortunadamente. El tejido cultural es más resistente de lo que creíamos porque con la bajada de recursos públicos que ha habido para la cultura, en otro sector hubiera sido una ruina. Afortunadamente, vivimos en unos territorios muy creativos con muchas ganas. Entonces la gente, por lo que yo veo, está amoldándose a la nueva realidad y tratando de sacar cabeza. La falta de gente creativa, de gente que sabe de cultura y que tiene ganas de hacer cultura no es una debilidad de la Bahía de Cádiz. Todo lo contrario, es una fortaleza.
¿Qué se podría hacer desde las administraciones públicas, y desde la sociedad en general, para reforzar este tejido cultural, para que la gente no acabe cansándose y para que haya también más diversidad?
Habría que darle una vuelta total a las políticas culturales que hemos mantenido hasta ahora porque son políticas agotadas. No me gustaría ejercer de profeta, sobre todo porque aún nos queda mucho trabajo en Plan C, pero creo que, entre otras cosas, tenemos ahora mismo una red de infraestructuras culturales muy buena, pero que están gestionadas con modelos muy antiguos, cerrados y poco participativos. Esos teatros, museos, bibliotecas, casas de cultura, que tenemos de sobra, ahora mismo están infrautilizados y mal gestionados hay que abrirlos a la gente. A todos: a los voluntarios, al movimiento asociativo, abrirlo a lo privado a los empresarios que necesitan espacios y que no se los pueden pagar. Se trata de construir un nuevo consenso con qué tenemos, qué queremos y qué podemos hacer. Entiendo que esto es muy genérico pero por ahí podría ir las cosas.
Plan C también habla de recuperar espacios públicos para la cultura. ¿Es esto en concreto a lo que se refiere?
Sí, en parte. Estos espacios que se han construido, la gran mayoría, con dinero público y están con las puertas cerradas. Y también otro tipo de espacios públicos: parques, plazas… que no son referentes de la vida ciudadana y que hay devolver a la gente. Y la cultura puede ser una herramienta para devolver a la gente el disfrute del espacio público.
También la cultura tiene una vertiente económica que puede ser interesante, incluso para los incrédulos de su valor como herramienta de transformación social.
Eso ya no lo duda nadie ni en Europa, ni en América ni en Asia. En todos lados te encuentras multitud de estudios de impacto económico de las actividades culturales. En una zona como es la Unión Europea, desde hace ya muchos años, se conocen estadísticas que te demuestran que la cultura genera un número considerable de empleos y unos ingresos muy generosos aparte de otros beneficios muy prácticos. Hace algunos meses escribía en El País Timothy Garton Ash que para el Reino Unido la autora de Harry Potter era más importante que dos o tres portaaviones de su armada, siendo como es la armada británica todo un símbolo del poder de ese país.
No sólo es ya el aspecto económico, que es muy importante, sino que, simbólicamente, la cultura es un ariete que representa a mucha gente, a muchas comunidades y a muchas naciones.
Plan C está ahora mismo en la fase de diagnóstico pero, ¿hay algún tipo de propuestas ya? Porque el Plan C es un proyecto eminentemente práctico, ¿no es así?
Sí. Al final lo que habrá será un documento con una batería de propuestas concretas en todos los ámbitos, también en el cultural. Ahora mismo lo que estamos haciendo es validar esa parte de diagnóstico, la estamos consultando con la gente, estamos preguntándole su opinión. Ya casi se ha empezado con asociaciones y profesionales de la cultura. Mañana hay una jornada de validación de la gente que estamos en el entorno más inmediato de Plan C y luego en mayo habrá otra jornada de validación abierta a toda la ciudadanía. Y de ahí saldrá el diagnóstico ya cerrado. Es cierto que todo diagnóstico ya apunta a posibles soluciones, a posibles propuestas. Necesitamos mayor coordinación, consolidar estructuras empresariales y de público de la cultura, esto es muy importante. Hay que interiorizar que estamos en una zona patrimonialmente muy rica y que ese recurso no está suficientemente bien explotado, en el sentido social y en el sentido económico… Por ahí van las cosas: que este es un territorio muy rico pero que no está bien desarrollado en lo cultural.
Has hablado de la creación de públicos para la cultura. Es un tema importante porque de eso depende que funcionen las iniciativas o no. ¿Qué se puede hacer en este aspecto?
-Los públicos se trabajan de dos formas. Primero con educación, si el sistema educativo no integra el contacto de los niños y de las niñas con lo cultural será muy difícil crear público. El sociólogo francés Pierre Bourdieu ya lo demostró hace ya veinte años en un libro maravilloso que se llama La distinción. Ahí él decía que la experiencia infantil condiciona la experiencia del adulto. El sistema educativo es esencial para tener público cultural y lo segundo es la perseverancia. Un proyecto, un equipamiento, tiene que tener una oferta mantenida en el tiempo y con una cierta coherencia para crear un público. Porque un día no hace verano.
¿Puede influir también un tercer factor como es la falta de prestigio de lo cultural?
Hay un peso excesivo de la cultura popular. Me parece que la cultura popular está muy bien e incluso puede ser el soporte desde el que se desarrolle otro tipo de cultura. Pero sí es cierto que en nuestro entorno está sobrevalorada la cultura popular. Hay cosas de la cultura de élite que se valoran bien, por ejemplo el arte contemporáneo, y otras que, por ejemplo la poesía, se valoran mal. Por lo general, es mi opinión personal no la de Plan C, se sobrevalora la cultura popular y no se le da su sitio a la otra cultura más elaborada o de minorías.
¿Los modelos de éxito no tienen como referente a la cultura?
Le pasa un poco a la cultura como a la ciencia. Hay mucha gente trabajando seriamente pero no terminan de tener un reconocimiento general. La gente se reconoce más en otros modelos más televisivos, más mediáticos… Pero no lo veo problemático. El problema es que los modelos televisivos sean excesivamente banales.
¿Dónde puede estar el límite entre la divulgación de la cultura y la banalización de la cultura?
Es un difícil equilibrio. La frontera está en el contendido pedagógico. Si un divulgador enfoca pedagógicamente bien, la divulgación está bien. Pero si lo que hace es vulgarizar, cambiar los lenguajes o los simplifica tanto que los caricaturizas, entonces sí estamos banalizando.



Una cita de Luis Díaz Viana, catedrático de antropología del CSIC, para la reflexión: «La cultura popular es un invento, una construcción más que una realidad, pero no necesariamente una mentira»