Las monjas cantan fados

En una manifestación feminista reciente una joven esgrimía una pequeña pancarta que rezaba: “Yo soy la mujer de mi vida”. La valiente y asertiva sentencia, antes de alegrarme el alma por su evidente declaración de independencia, me llenó de melancolía. Evoqué las vidas (leídas, oídas) de un puñado de mujeres, todas deslumbrantes, quienes, siendo cada una la mujer de su vida, habían terminado albergando esa vida absoluta en la más absoluta soledad.

A la casa que en la melancólica costa portuguesa acogió el retiro de Amália Rodrigues se accede por un serpenteante camino de tierra que las buganvillas, a trechos, hacen casi inaccesible. Durante el trayecto te invade la saudade, esa “nostalgia de lo que no se conoce” —así la definió  algún poeta— y comprendes el monjío de Amália, su hábito suicida. Intentó la propia muerte varias veces: algunas siendo niña, comiendo cabezas de cerillas, bebiendo vinagre o exponiéndose al frío para así pillar la tuberculosis y morir como La dama de las camelias; otra con poco más de veinte años, tomando matarratas cuando el guitarrista Francisco da Cruz le pidió el divorcio. Madame Bovary était-elle.

Fue también el amor esquivo —esta vez el de un rey, Felipe IV— lo que consagró a la hermosa y rebelde María Calderón como el prototipo de las muchas mujeres que, por tomar las riendas de su vida amorosa, se vieron impelidas a la renuncia extrema de la vida tomando hábito conventual. Según documenta el etnógrafo José M. Fraile, “La Calderona” debutó en la Corte como actriz en 1627. La conoció el rey entonces, cuando contaba dieciséis años, y la convirtió en su amante, designándole incluso un balcón —el de Marizápalos— en la Plaza Mayor para ver y ser vista. De esa relación nación D. Juan José de Austria en 1629 —el único bastardo real legalmente reconocido— y al poco se la exilió a un convento situado en Valfermoso de las Monjas (Guadalajara), llegando a ser abadesa de tan humilde comunidad, para morir en 1646”.

Amalia Rodrígues.

Amalia Rodrígues.

Fortunas como la de “La Calderona” (habituales en España desde antiguo y hasta incrementadas al acabar la guerra civil, cuando después del 39 los noviciados se hincharon de humildes niñas que tuvieron en aquel camino la única posibilidad de subsistir) nutrieron el repertorio tradicional de los corros infantiles de canciones  alusivas al forzado ingreso en el convento y a la desgarradoramente triste renuncia al amor y al goce los sentidos. Es probable que de ellas la más popular haya sido la conocida con el título de Monja a la fuerza, que lo relata así: “Una tarde de verano / me sacaron de paseo, / al revolver de una esquina / estaba un convento abierto. / Salieron todas las monjas, / todas vestidas de negro, / con una vela en la mano / como si fuera un entierro. / Me sientan en una silla / y allí me cortan el pelo, / me empiezan a desnudar / mis sayas y mis aseos, / mis enaguas coloradas, / mi jubón de terciopelo, / pendientes de mis orejas, / aderezos de mi cuello, / me empezaron a quitar / anillitos de los dedos; lo que más sentía yo / era mi mata de pelo”.

Hay, sí, una memoria de mujeres solas que nos enfada y nos rebela porque huele a país apolillado y a lágrimas mohosas, como las que retrata Carmen Martín Gaite en Entre visillos. Pero hay otra memoria de mujeres conventuales que solo produce melancolía y tras la que se atisban corazones abandonados y luminosos, son las historias de las locas, de las perdidas, de las “vacas sin cencerro”: “Cuando a las mujeres nos deja el marido porque se ha muerto o se ha ido con otra —que para el caso es igual—, nosotras debemos volver al lugar donde nacimos, visitar la ermita del santo, tomar el fresco con las vecinas, rezar las novenas con ellas, aunque no seas creyente, porque si no, nos perdemos por ahí como vaca sin cencerro”.

Cuando yo era pequeña mi madre me llevaba, cada septiembre, al convento de Las Mínimas, a que me confeccionaran un primoroso y cálido jersey de cara al invierno. Mientras me tomaban medidas oía cantar a las monjas en el coro. Sus voces no sonaban a salmos, sino a fados. Es el primer recuerdo que tengo de la melancolía.

Imagen de portada: Una escena de la película Las inocentes.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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