Diez colores de teatro para ordenar el mundo

Zocar es un verbo que, en su segunda acepción, significa (en Costa Rica, Honduras y Nicaragua) “intensificar el esfuerzo”. Si le añadimos Florencio Ríos o Chencho, más Cádiz (1965), lo entenderemos mejor. Florencio Ríos (o Chencho, o Zocar), es un espíritu (y casi diría que un físico) renacentista. Pintor e ilustrador, diseñador de la Baraja de Cádiz, poeta, novelista. Lector empedernido.  Librero de viejo. Su Planeta Zocar se ha convertido en referente cultural (desde el 1 de octubre de 2015, en la plaza Vargas, 2, es la mayor librería de segunda mano de Jerez), y no solo por los más de 30.000 volúmenes que acumula entre las paredes de la antigua librería de novedades Hojas de Bohemia. Con la llegada de Florencio Ríos este espacio —aunando así sus grandes pasiones: libros, escritura, artes plásticas y música) se transformó, también, en punto de encuentro para el arte, la artesanía, los discos, la buena conversación, las tertulias, las presentaciones, los recitales, los conciertos.

En cualquier caso, toda esta información, y mucha más, la pueden hallar con facilidad si navegan por Internet. Sin embargo, en este artículo, vamos a centrarnos en su faceta de escritor y, más concretamente, en el Chencho Ríos dramaturgo.

De la mano de L. A. Ediciones vio la luz el 21 de este mes de mayo Ciclo alquímico de formas y colores, que se convierte en su tercera publicación teatral, tras De ratones y Mano negra (Dalya. 2015) y Basuracuática (Dalya. 2017).

Ciclo alquímico de formas y colores es la suma de diez piezas de micro teatro y una corta (con fotografías de Antonio Lobo y prólogos de José Antonio Bablé Fernández y Álvaro Altozano García–Figueras), y continúa, así pues, la característica brevedad de forma ya presente en sus obras anteriores.

Chencho Ríos en la puerta de su librería.

Chencho Ríos en la puerta de su librería.                                     Foto: Ana García Garrido.

Las diez piezas breves (o cuadros) se enlazan a un objeto y a un color (“El apósito azul”, “Las gafas violetas”, “Las alas amarillas”) que sirven de presentación, también en clave simbólica, de lo que a continuación se va a decir. Estos cuadros –”cada una de las partes breves en que se dividen los actos de algunas obras dramáticas modernas, según el DRAE, atenderían mejor en el caso que nos ocupa a la definición de “cada una de las partes breves en que se divide la obra dramática”– ajenos a tradiciones teatrales, no buscan el pasatiempo ni tampoco la afirmación o negación de creencias o fe alguna. Emparentados quizás con el teatro del absurdo (del que los diferencia la ausencia de “situaciones”, línea argumental disparatada o sorpresas) nos ofrecen textos de alto contenido poético que se sustentan en ideas, símbolos, metáforas, y se presentan limpios de toda escenografía teatral. Un espacio sin definir —nada hay, nada sucede, salvo el diálogo, o el monólogo— en el que la palabra es dueña y protagonista. Dos personajes (X, Y) que —tal como se acota al inicio de cada pieza— pueden ser hombres o mujeres, altos o bajos, guapos o feos, ir vestidos como deseen; el nombre de cada uno lo elegirá el actor o actriz que lo interprete. X e Y nacen de la nada y vuelven a ella —nada sabemos de su pasado ni de su futuro—, pero cumplen la función de enarbolar la palabra, y con ella la idea propuesta –por ejemplo: en “Los zapatos negros”, el sexo; en “Un butacón verde”, la alienación; en “El hilo blanco”, la muerte–, las emociones, la conversación, la confrontación de pareceres.

Sirva como ejemplo un extracto de la bellísima “La naranja naranja” (que propone las ideas de predestinación y libre albedrío):

“X—  Mira esta naranja.

Y—  Si.

X— ¿De qué color es?

Y—  Naranja.

X— ¿Y no podría haber sido de otro color?

Y—  No.

X— ¿Por qué?

Y—  Porque es una naranja”.

Por último, la pieza más extensa y con cierto peso argumental —“Ella mujer”—, dividida en cuatro diálogos, con cinco personajes femeninos, una narradora en off y una gata negra, que resulta todo un fresco con reminiscencias lorquianas acerca de un asunto tan actual (y eterno) como es el del papel de la mujer en el mundo.

Teatro pues para ser leído. Teatro, también, para ser representado. Y para ser visto y oído. El grupo jerezano Gorgona Teatro lo representará en distintos puntos y fechas que se irán anunciando. Teatro poético, limpio de adornos. Teatro de ensoñación, en el que late un impulso de transformación de lo cotidiano en símbolo, de la realidad en palabra. De ordenar el mundo y la vida para su mejor interpretación. ¿Qué otra cosa es, si no, la literatura?

José Rasero Balón

Autor/a: José Rasero Balón

José Rasero Balón (Alhucemas, 1962). Soy autor de los blogs 'E la nave va!' y 'Humanos' (www.joserasero1.com) con fotografías realizadas en Holanda, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Austria, Italia, Alemania y diversas poblaciones de la geografía española. He publicado las novelas 'Laila' (1997), 'Badián no es un anís' (2012) y 'Áticos y viento' (Ediciones Mayi. 2015), así como el poemario 'Brochazos' (2001). Vivo en La Viña.

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