Cines de verano

Mientras distraigo los ratos muertos del verano releyendo El último mohicano en la espléndida traducción de Vicente Muñoz Puelles que publicó el periódico El País en la colección de novelas de aventuras que ofreció a sus lectores en 2004, me he acordado de la primera vez que vi una adaptación cinematográfica de esta historia. Yo debía de tener no más de diez años y la película en cuestión debió de ser –he escudriñado las sentinas de Internet para encontrarla– la que protagonizó Randolph Scott en el papel de Hawkeye en 1936…; es decir, casi cuarenta años antes de que una desportillada copia de la misma llegara a la sesión infantil de un cine de pueblo y, después del inevitable rumor de decepción cuando el público comprobó que volvían a endilgarnos una viejísima cinta en blanco y negro, la magia de la historia nos atrapara y un milagroso cuasi-silencio –no total, pero sí aceptable– se extendiera por la bulliciosa sala.

1936 - El último mohicano - The last of the Mohicans (George B. Seitz) USA LOBBY CARD
Afiche de la película ‘El último mohicano’, protagonizada por Randolph Scott.

Digo “sala” porque se trataba de un cine convencional; es decir, uno de esos locales con pantalla grande y aforo para centenares de personas que hasta bien entrada la década de los ochenta era posible encontrar en cualquier población española. Pero podía haber sido, si el tiempo lo hubiera permitido, uno de esos solares urbanos en los que el muro de un edificio colindante servía de pantalla y el patio de butacas lo formaban varias decenas de hileras de sillas plegables: me refiero a un cine de verano al aire libre. Hoy día no faltan intentos –a costa siempre del erario, ay– de emular esa experiencia: se habilita un espacio –una plaza, aunque también vale una playa, pongo por caso–, se instala una pantalla y un pulcro técnico de una contrata creada al efecto proyecta, a beneficio de turistas y desocupados, alguna película para todos los públicos estrenada la temporada anterior. Pero el resultado en nada se parece, desde luego, a lo que era asistir a un cine de verano entre 1968 y 1980, por ejemplo. Ahora pienso que el mayor atractivo de estas proyecciones eran sus deficiencias; y, sobre todo, la más evidente de todas: la inactualidad. Se asistía a esas películas sin saber siquiera qué proyectaban: el caso era ocupar las primeras horas de una noche calurosa. Si la película era divertida, la distracción estaba asegurada por ese lado; y, si no, había mil maneras de divertirse a costa de la propia película, de los espectadores no avisados o incluso de la empresa que regentaba el local. A cambio, existía la posibilidad de ver de cuando en cuando una película que quedara para siempre grabada en tu memoria.

No siempre eran buenas, desde luego. Mejor sería decir que casi nunca lo eran: El Álamo, el western épico que dirigió John Wayne, al menos era espectacular en sus escenas de batalla; pero Le llamaban Trinidad y otros spaguetti westerns de aquel tiempo descreído no fueron más que parodias de parodias: mamporros, estética misérrima y una absoluta desfachatez por parte de los actores. También recuerda uno, en fin, El luchador manco, desaforada parodia del ya de por sí paródico cine de artes marciales… Etcétera.

Diré algo de la última película que vi en estas condiciones. No fue ya en un cine de verano propiamente dicho, sino en un honroso intento de recrear la experiencia. Proyectaban El piano, un antipático drama con resabios feministas y mensaje social, dirigido por Jane Campion. Hay un momento en el que la protagonista, que se ha casado por poderes con un hacendado y se traslada a la remota finca de éste llevando consigo su equipaje, incluido un piano de cola, se cae al río y está a punto de hundirse con toda su impedimenta… La reacción del público ante este momento dramático fue unánime: echarse a reír. No sé si hubiera ocurrido lo mismo en un cine techado.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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