Cantar y bailar la muerte

En la isla de La Gomera queda aún quien cuenta que, durante el franquismo, las más civilizadas gentes de la costa ganaron a las del interior en la batalla por desterrar ritos y costumbres más próximas a la barbarie que al blando y pulcro cristianismo que se nos acabó imponiendo.

Uno de esos ritos, hoy desaparecido, era la Vela del Angelito. Los riscos, peñascos y acantilados de la isla fueron espacio de niños montaraces que, primero a gritos y después a silbos, habitaron a su manera su paraíso. Más expuestos que ahora a la vida, algunos de aquellos niños encontraban la muerte en los precipicios y –como refieren allí- “se riscaban”. Los menores de siete años que así culminaban su suerte eran merecedores de un pormenorizado velorio, y de un entierro laico que obviaba el templo, y en el que se conducía directamente al niño de su casa al camposanto, entendiendo que un alma inocente no tenía pecados que desechar y que, por tanto, no debía rendir cuentas ante ídolos todopoderosos.

En el velorio, las mujeres fregaban con esmero el suelo de la sala donde reposaba el angelito, y lo secaban poniendo extremo cuidado de que no quedara ni una gota de agua, pues un mínimo resquicio de humedad podría atrapar un hilo del alma infantil, hecha con el material de las alas de los ángeles, impidiéndole así subir sin pereza al cielo. A la salida de la casa en dirección al cementerio, la procesión se formaba con el padre al frente, seguido de los hombres del entorno, quienes le acompañaban en el canto monótono e interminable del Baile del tambor, una salmodia secular en la que a los versos solitarios del padre respondía un estribillo coreado y unas chácaras ruidosas y solemnes. Al paso de la procesión, muchos colocaban cintas de colores sobre el cuerpo del niño. Cada cinta era un mensaje para alguien que se tenía en el más allá; había certeza de que llegaría a su destino, puesto que el niño difunto no tenía posibilidad alguna de pasar por el purgatorio y, yendo directamente al cielo, entregaría sus correos sin extravíos.

'La dansá del Vetlatori'. Grabado de Gustavo Doré.
‘La dansá del Vetlatori’. Grabado de Gustavo Doré.

Hasta bien entrado el siglo XX se practicó en la mediterránea Valencia la Dansa del vetlatori, baile fúnebre que convocaba la muerte de un albaet (niño menor de siete años muerto en el “alba” de la vida). En un rito similar al de La Gomera, familiares y vecinos se reunían en torno al infante difunto para bailar esta modalidad de fandango, comer, beber, tocar guitarras, laúdes y bandurrias y cantar versos consoladores como éstos: “En este poble s’ha mort / un albaet molt bonic, / però no ploreu per ell / que ja ha acabat de patir”.

En Cuba persiste la costumbre de homenajear al difunto con versos cantados por repentistas (trovadores populares), que improvisan sus décimas a ritmo de “punto cubano” en cada velorio, haciendo panegírico –y a veces sátira- de las virtudes del que se acaba de ir.

En la Sierra de Cádiz la fiesta de los columpios se ubicó con frecuencia en el Día de difuntos, llamado allí “Día de los tostones” o “Fiesta de los paseos”, como recuerda en este mismo periódico Manuel Ruiz Torres. En aquella fecha se subía hasta el cementerio en romería, a la entrada del camposanto cada persona dejaba encendido un farol o una vela, y se continuaba hasta el campo. Entre encinas, alcornoques y quejigos, se asaban y comían dulces boniatos y frutos secos, se bebía el nuevo mosto,  se colgaban los columpios, y se cantaban coplas al son de su mecida. No era asunto baladí: la memoria cultural de quienes eso hacían guardaba el significado ritual de ascensión que la Grecia antigua daba al columpio, instrumento para buscar por el cielo y por la tierra a los seres queridos que se fueron.

Éstos y otros ritos fúnebres vitales y necesarios de nuestra certeza de la muerte han ido desapareciendo del mapa de la Península y de cada rincón de Latinoamérica, barridos por la estandarización del dolor (americana o vaticana, para el caso es lo mismo). Queda aún, sin embargo, quien recuerda algunos versos que, para dar palabras al niño camino del cielo, se coreaban a su paso. En el Madrid rural se canta: “Agua menudita llueve / como corren los canales; / ábreme las puertas, cielo, / que soy aquel que tú sabes”.

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) y 'Poética del buceador' (Garvm, 2025) recogen sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

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