Un aquelarre en el patio de mi casa

Cuando empezaba a oler a primavera podíamos salir a jugar al patio. Las tardes se alargaban y preveían las del verano, geniales, quietas, sin viento. Esas tardes las voces del corro restallaban contra las paredes de cal y, más allá, se oían en todo el barrio, hasta entre los ciruelos del huerto en el que habíamos robado a la hora de la siesta.

Corrían los años sesenta del siglo pasado y, a esas alturas, los niños habían sido desterrados de los corros infantiles por las disciplinas desintegradoras de la escuela franquista, de modo que solo a las niñas les estaba reservado el gozoso derecho de cantar con las manos entrelazadas o construyendo un pasillo de arcos bajo el que, una a una, iban pasando mientras invocaban a “la víbora del amor”.

El corro y sus canciones, sin embargo, habían sido durante siglos asunto de hombres y mujeres, y asunto también de niños y adultos. Así lo atestigua la danza prima, hoy solo conservada en el folklore asturiano: un corro-caracol en el que los participantes se entrelazan por el dedo meñique y ejecutan un baile primordial donde la cohesión entre humanos y el tiempo paralizado (un paso atrás por cada paso adelante) sostienen la magia del círculo. De hombres y mujeres fueron también los corros que por mayo se celebraron en muchísimos pueblos y aldeas hasta mediados del siglo XX. Corros en torno al árbol-mayo que, lanceando el cielo, aglutinaba todos los anhelos sensuales de emparejamiento amoroso de quienes le cantaban; canciones para despedir a los quintos sorteados, canciones para galantear a quien, por fin, la rueda permitía dar la mano: “Para ser una dama / del todo hermosa / has de tener cabales / las siete cosas: / la nariz afilada, / los ojos negros, / estrecha de cintura, / larga de dedos, / el andar menudito, / ancha de frente / y los cabellos rubios, / ya están las siete”.

Arrinconada la danza prima a un rincón exótico del Norte, crucificados los mayos primaverales por los travesaños con que la Iglesia los convirtió en cruces, a las niñas que llegamos a los últimos corros nos quedó un repertorio pequeño y aparentemente casto de canciones de atardecer. Alrededor de la elegida, en la rueda cantábamos Santa Catalina, evocando intuitivamente la santidad de la mártir que ascendió a los cielos tras la llamada del ángel (“En la baranda del cielo / hay una dama sentada / vestida de azul y blanco / que Catalina se llama…, / sube, sube, Catalina, / que Jesucristo te llama”; o La tórtola herida, sospechando también intuitivamente la desolación del desamor que podría aguardarnos: “Mi abuela tenía un peral / cargado de peras finas / y en la ramita más alta / cantaba una tortolita, / por el ala echaba sangre / y por el pico decía: / malhaya de las mujeres / que de los hombres se fían”.

Árbol de mayo.

Pese a todo, en nuestras ruedas de la infancia las mujeres españolas, burlando a la castidad impuesta, reencarnamos por última vez a las brujas y hechiceras prohibidas y paseamos con el demonio en sus postrimerías. Convocamos las ancestrales reuniones femeninas que –en palabras de la folklorista Mari Cruz Garrido “festejaban los ciclos vitales, los solsticios, con su consiguiente despliegue de vitalidad y sensualidad…, juegos que fueron progresivamente criticados por los moralistas de la época, como Santo Tomás, Isidoro o Leandro de Sevilla, para ser después censurados y finalmente prohibidos, como en el Concilio de Elvira (años 300-306)”. Los decretos explícitos en contra de la danza profana fueron incesantes por parte de la Iglesia en sucesivos concilios, incluso llegaron a recibir condena papal, como la de León IV, quien argumentaba que “la danza es el círculo cuyo centro es el diablo y conduce a todos al mal”.

No le faltaba razón al pontífice: ¿Qué otra cosa sino un círculo de aquelarre, habitado en su centro por el diablo, reproduce ese corro de niñas que tensan sus brazos hasta el extremo cuando, al final de la popular canción de El patio de mi casa, exclaman: “¡A estirar, a estirar, que el demonio va a pasar, uuuuuuuhhhhh!”?

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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