Amberes, la estación de los sueños

Como en aquella canción de Sabina, también yo, cuando era más joven, viajé en sucios trenes que iban hacia el norte. Después, aunque siempre he sentido igual fascinación por ellos, pasé mucho tiempo sin hacerlo, al menos de aquella manera regular y continuada, hasta que hace unos años, de nuevo, recorrí Bélgica saltando de estación en estación. Claro que para entonces ni yo era tan joven ni tampoco sería justo calificar de sucios a los pulcros ferrocarriles belgas. Desplazado por otros medios de locomoción más modernos, el tren mantiene, no obstante, el mismo poder de evocación que tuvo en el pasado, especialmente cuando tenemos la suerte de caer en alguna de aquellas estaciones de la época dorada del ferrocarril, como la soberbia estación de Amberes. Desde el mismo momento en que se desciende al andén parece uno estar en aquella otra estación de Gerardo Diego: “Disimulada y frágil como un nido / eres desde la paz de tus andenes, / libre de humo y carbón, limpia de ruido / la estación de los sueños y los trenes”.

Conviene recordar que Bélgica fue, junto con Gran Bretaña, uno de los primeros países europeos en desarrollar una extensa y densa red ferroviaria. Hacia mediados del siglo XIX ya estaban construidos más de 900 kilómetros de vías férreas, que unían las ciudades del país entre sí y conectaban Bélgica con Francia y Alemania. Al contrario de lo que ocurrió en Inglaterra y otros países del continente, donde el desarrollo del ferrocarril estuvo desde el principio en manos de capital privado, en Bélgica fue el Estado quien se ocupó del impulso de este nuevo medio de transporte, por entonces deficitario. Sin embargo, en cuanto empezaron a obtenerse beneficios económicos, los intereses particulares no dudaron en criticar el monopolio estatal hasta que obtuvieron —“es el mercado, amigo”, que diría quienes ustedes saben—, la concesión y explotación de diferentes líneas.

Fachada del andén de la Estación Central de Amberes.                                                                                 Foto: Gonzalo Durán.

Por aquellas fechas, en España el ferrocarril era prácticamente desconocido. Aunque no siempre se recuerda, el primer proyecto se remonta a 1829, cuando el gaditano, José Díez Imbrechts, de padre español y madre inglesa, obtiene permiso para construir una modesta línea de seis kilómetros entre Jerez, donde poseía unas bodegas, y el río Guadalete en El Portal, donde habría de construirse un muelle para las barcazas que habrían de terminar de conducir el vino hasta el muelle de Cádiz, destino a Inglaterra. El proyecto no se llevaría a cabo, por la falta de financiación y el desinterés de las autoridades locales.

Habría que esperar hasta 1837, cuando se construyó la línea La Habana-Bejucal, en la isla de Cuba; y hasta 1848 para que se hiciese lo propio en la península con la línea entre Barcelona y Mataró. Así pues, no puede extrañar la impresión optimista y poética de la modernidad que le causa al escritor Mesonero Romanos las estaciones belgas durante un viaje al país. Después de describir con asombro la precisión y organización con que se acometen todas las operaciones de subida y bajada de viajeros, de equipajes, del trasiego de oficinas y mercancías, concluye rendido de admiración: “Realmente es sorprendente para la imaginación tan asombroso espectáculo, y los señores poetas que afirman que el siglo actual carece de poesía, pudieran situarse conmigo por unos minutos en el establecimiento central de Malinas, donde acaso tendría el placer de hacerles variar de opinión […]; verían, repito, el más variado cuadro que la civilización moderna pudiera ostentar, mirando llegar por todas partes, partir en todas direcciones continuamente máquinas gigantescas, despidiendo el resplandor vivísimo del fuego que las alimenta, dejando en pos de sí una faja negra y espesa de humo que marca su camino, despidiendo un mugido bronco y monótono, y avanzándose o alejándose con mágica celeridad”. (R. MESONERO ROMANOS, Viaje por Francia y Bélgica en 1840-1841).

Escalera de la estación de Amberes.                                                              Foto: Gonzalo Durán.

Una de las primeras líneas en construirse fue la que unía, a través de Malinas, Bruselas,  la capital, con Amberes, el principal puerto del país y, en el último tercio del siglo XIX, el segundo en importancia de Europa, solo superado entonces por Londres. El crecimiento del puerto exigió importantes obras de infraestructuras, mediante la construcción de canales y muelles a lo largo del estuario del río Escalda,  y por supuesto, su conexión con ferrocarril. A través de él se introdujeron en el país gran parte de los beneficios obtenidos tanto por la explotación colonial del Congo, como del comercio de los diamantes, que aunque gozaba de una larga tradición en la ciudad, se va a intensificar tras el descubrimiento de las minas de Kimberley en Sudáfrica. La brutalidad del colonialismo belga en el Congo, propiedad personal del rey Leopoldo II, ha sido puesta de manifiesta por los historiadores que cifran en unos diez millones las víctimas por la violencia y los abusos cometidos.

La gran fortuna amasada por el rey sirvió también para financiar la construcción de la fastuosa estación de Amberes. El encargo de construirla recayó en Louis de la Censerie (1838-1909), un arquitecto belga que supo moverse con acierto y soltura entre los historicismos que dominaron la arquitectura europea de la segunda mitad del siglo XIX, lo que le hizo merecedor de la admiración de sus contemporáneos. Las obras comenzaron en 1895 y duraron hasta 1905, y dieron como resultado una joya del eclecticismo y el mejor trabajo de toda su carrera.

En la estación se distinguen dos zonas bien diferenciadas pero unidas entre sí. El edificio de la estación propiamente dicho fue diseñado por L. de la Censerie como un auténtico palacio, digno de acoger al exclusivo público que por entonces podía permitirse hacer uso  del ferrocarril, y que vestidos con sus mejores galas, subían a los vagones entre el humo y el estruendo de las máquinas, para vivir la experiencia de un acontecimiento único. A lo largo de su carrera de la Censerie mostró una clara inclinación por el estilo neogótico del que dejó numerosos ejemplos en Brujas, como el Palacio Provincial; sin embargo, en la estación de Amberes predominan los elementos barrocos sobre los que superpone elementos propios de otros estilos históricos, como las claraboyas, inspiradas en el renacimiento francés, o los chapiteles góticos en las salidas a las vías.

La fachada, imponente, mide 185 metros de largo y se ondula para abrir paso a dos torreones que flanquean el cuerpo central. Sin embargo, lo más logrado resulta el vestíbulo interior, cubierto de mármoles,  coronado por una gran cúpula de cristal que se eleva hasta los 75 metros de altura, y una majestuosa escalera de tipo imperial que permite el acceso a la zona de las vías. El espectáculo es tan soberbio que bien pudiera estar uno en un salón de baile o a la entrada de la ópera.

Vestíbulo de la estación.                                                                                                                                 Foto: Gonzalo Durán.

La zona de las vías, por su parte, compuesta por una enorme marquesina curvada, nos ofrece un buen ejemplo de la arquitectura de hierro y cristal que se empleaba habitualmente en estas estructuras. El diseño, muy avanzado para la época, se debe al ingeniero Clement Van Vogaert, que empleó una marquesina de vigas metálicas curvadas del denominado tipo “Dion”. El nombre se toma del ingeniero Henri de Dion, quien había diseñado para la Exposición Internacional de París de 1878 unas vigas de celosía capaces de soportar grandes pesos sin necesidad de tirantes, lo que daba la posibilidad de cubrir espacios muy amplios de manera diáfana, como es el caso de Amberes. La cubierta de cristal es, además, lo suficientemente larga para que los convoyes quedaran totalmente a cubierto, y al mismo tiempo de una gran altura, ya que alcanza los 43 metros. De esta forma se consigue evitar que el vapor generado por aquellas locomotoras de carbón cayera sobre la gente.

Aunque el paisaje humano de la estación es hoy muy diferente de aquel del siglo XIX, puede decirse, en cambio, que la idea romántica de viaje, de ilusión y de aventura se mantiene casi intacta entre los muros de la vieja estación.

Gonzalo Durán

Autor/a: Gonzalo Durán

Gonzalo Durán es profesor. Desde hace varios años se dedica a la divulgación del arte a través del blog 'Línea Serpentinata' y colaboraciones en diferentes medios de comunicación.

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